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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 146 | Marzo 1994

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Nicaragua

Agricultura orgánica: más racional, más amorosa

¿Se podría considerar inteligente a una persona que para alcanzar más fácilmente una manzana cortase el árbol? ¿O se podría considerar tonto al que, por conservar el árbol, se tomase el trabajo de ir a buscar una escalera y encaramarse en ella para cortar la manzana?

Raquel Fernández

El gobierno sandinista dio a la agricultura nicaragüense el segundo empujón de la revolución verde, que en los años 50-60 se vendía como solución a todos los problemas de hambre o de producción de la humanidad. Y a pesar de que ya se palpaba el desastre que supuso la primera acometida de esta "revolución" en los años 50, la revolución sandinista la implementó sin vacilaciones.

La Revolución Verde - con su pretensión de incrementar espectacularmente las cosechas con el uso masivo de fertilizantes, plaguicidas, semillas híbridas, riego, alta mecanización y elevado consumo de energía - resultó ser menos verde de lo que parecía. Por su agresividad contra los suelos, más bien fue la Revolución Amarilla, porque desertizó, o casi, las tierras sobre las que se extendió.

A esta alturas, y a costos ambientales incalculables, se ha descubierto que la Agricultura Convencional, producto de la revolución verde, es pan para hoy y hambre para mañana. Solución a corto plazo que genera problemas de cada vez más difícil solución. En respuesta, está introduciéndose en el ámbito agrícola, en todas partes del mundo y también en Nicaragua, poco a poco, sin hacer ruido, pero cada vez con mayor firmeza, la Agricultura Sostenible o Agricultura Ecológica.

Analfabetos científicos

La agricultura sostenible es un complejo sistema que tiene como objetivo lograr el mayor rendimiento posible de la naturaleza. En este sentido, la agricultura convencional y la agricultura sostenible persiguen el mismo fin. La diferencia consiste en que, mientras la agricultura convencional entra en la naturaleza como el caballo en la cristalería - de cualquier manera, destruyendo, con absoluta ignorancia de lo que deshace -, la agricultura sostenible maneja la naturaleza contemplando todos sus diversos factores, sus interrelaciones, las causas de las cosas y las consecuencias de cada operación.

O dicho de otra manera, la agricultura convencional trabaja con absoluta ignorancia, con conceptos analfabetos, aunque la promuevan profesionales de mucho prestigio o hasta de universidades de renombre internacional. Mientras, la agricultura sostenible trabaja con criterios científicos, aunque los científicos sean campesinos desdentados, de manos callosas y piel curtida.

Recuerdos del futuro

La agricultura ecológica comienza a gestarse en Europa en los años 70, al observar los estragos que estaba produciendo la revolución verde. La formulación se hizo en base a las técnicas agrícolas tradicionales, mejoradas mediante la investigación y la experimentación científica - científica de verdad -, para obtener rendimientos óptimos sin agredir al medio ambiente. Más aún, mejorándolo, restaurándolo, porque ése es el objetivo último de la agricultura sostenible: rejuvenecer este planeta nuestro que se nos está llenando de arrugas.

En Europa fue algo complicado iniciar la agricultura sostenible. La agricultura convencional se había ido imponiendo poco a poco desde el siglo XVIII y con el advenimiento de la revolución verde reinó como única dueña y señora avasallando todo. Fue difícil recordar.

Pero en nuestras tierras latinoamericanas, la agricultura tradicional se transmite todavía de padres a hijos, desde los tiempos precolombinos. La agricultura convencional es desconocida en enormes extensiones del continente. A pocos kilómetros de cualquier capital comienzan los cultivos tradicionales y los trabajadores de grandes fincas donde se aplica la agricultura convencional, trabajan sus parcelitas con métodos de agricultura tradicional. Quienes trabajan con métodos de la agricultura convencional son hijos o nietos de campesinos que manejaban diferentes formas de agricultura sostenible. En sus casas o en las de sus abuelos vieron de pequeños cómo realizar faenas agrícolas que incrementan la cosecha y respetan la naturaleza. Los indígenas y los campesinos pobres fueron y son todavía los privilegiados depositarios de la agricultura más progresista y avanzada.

Un negocio asesino

Fue bastante fácil recuperar la memoria, salir de la amnesia producida por la publicidad, los bancos y los técnicos de la ciudad que parecían saberlo todo. Relativamente fácil, porque la inercia ya había afectado al campesino y el campesino es terco, difícil de convencer. Pero la realidad es aún más terca. En oposición a todas las hermosas palabras vertidas para convencer, la agricultura convencional no tiene como objetivo acabar con el hambre en el mundo. La prueba es que abundantes cosechas son anualmente quemadas o echadas al mar para mantener los precios. El objetivo de la revolución verde es enriquecer a los de siempre a costa de los de nunca.

El mecanismo es muy sencillo. El campesino pide un crédito y el banco se lo otorga, pero con una condición: el 60% del préstamo deberá ser utilizado en adquisición de insumos agrícolas (abonos, pesticidas) y sólo el 40% restante se utiliza en mano de obra. Pero no adquiere cualquier insumo agrícola, sino el que establece la carta tecnológica del banco.

El campesino que solicita un préstamo no tiene el derecho de aplicar o no los insumos, ni de decidir cuánta cantidad aplica. Tampoco puede optar entre las diferentes marcas que se ofertan en el mercado. Si quiere el préstamo tiene que asumir todo el "paquete tecnológico" y si no, no hay dinero. Y la necesidad obliga a aceptar "libremente" cualquier cosa. El campesino se encuentra ante el banco como los peones esclavizados de las grandes haciendas, que cobran sus salarios en bonos que sólo tienen validez ante el comisariato de la misma hacienda.

El negocio es redondo, porque el fabricante de insumos tiene un mercado cautivo que no sólo compra veneno al precio que quieran imponerle, en dinero contante y sonante, sino que además paga intereses. Porque bancos y fabricantes de fertilizantes y agroquímicos andan tan juntos y revueltos que no se sabe dónde empiezan unos y dónde terminan otros.

El agricultor pierde así la soberanía sobre su finca. Y cuando este fenómeno se extiende a la casi totalidad de las fincas de un país, es el país el que se esclaviza, porque los agroquímicos se fabrican en los países desarrollados del Norte o con fórmulas cuyas patentes se pagan en divisas. Así, los químicos venenosos generan una poderosa corriente de dinero que sale desde el empobrecido Sur hacia el Norte rico y rapaz.

¿Y qué gana el campesino?

Las consecuencias económicas y políticas del uso de insumos convencionales son graves. Pero también hay consecuencias ecológicas. De todos de los insectos, hongos y microorganismos que habitan las capas superficiales del suelo agrícola, el 90% es benéfico o, por lo menos, inocuo. Sólo el 10% es dañino para la agricultura. Pero los agroquímicos no captan esas sutilezas. Arrasan con todo. Y con un inconveniente: los microorganismos e insectos benéficos mueren, mientras que los patógenos logran mutarse, adaptándose y haciéndose cada vez más resistentes y más agresivos, por lo que es necesario incrementar más y más las dosis de plaguicidas. Es una espiral que sólo termina cuando la tierra, totalmente exhausta, queda convertida en un desierto útil para nada.

Además, los agroquímicos vuelan por los aires y permanecen activos mucho tiempo. Arrastrados por las lluvias, llegan a los ríos y a los mares, contaminándolos. Y penetran profundamente en la tierra hasta llegar a las aguas subterráneas y envenenando la capa friática.

Tienen un efecto aún más inmediato y más dramático: el envenenamiento de los seres humanos. Un minúsculo error en el manejo de estos químicos puede costar la vida. No hay arma más mortífera. Porque las armas están rodeadas de mecanismos de seguridad para evitar accidentes fatales y los químicos, no. Algunas instrucciones, el dibujo de una calavera y dos huesos en la etiqueta y eso es todo. La mayoría de los agroquímicos utilizados en el Sur están prohibidos en el Norte por su alta peligrosidad.

Nicaragua y la Revolución Verde

La Revolución Verde llegó a Nicaragua en los años 50, de la mano del algodón. Los Estados Unidos necesitaban extensos algodonales para abastecer su industria textil. La tierra de la fértil Chinandega les pareció la mejor. Y se arrasó sin contemplaciones una tierra rica de producción diversificada, llena de árboles frutales, para transformarla en un desierto a punta de despale, fertilizantes, pesticidas y abonos químicos.

Los campesinos dueños de las pequeñas y productivas fincas de esa región fueron expulsados de ellas y empujados hacia la frontera agrícola de Nueva Guinea. La erupción del volcán San Cristóbal contribuyó a la tarea: ya los cuidadores de los intereses extranjeros no arrebataban las tierras para sembrar algodón, sino para "salvar" la vida de los campesinos. Los desastres ecológicos resultantes del boom algodonero fueron dos: la desertización de los occidentales departamentos de León y Chinandega y el avance de la frontera agrícola a costa del bosque tropical húmedo.

En Occidente hubo otras producciones además del algodón: banano, caña de azúcar y ganadería de exportación, con sus correspondientes pastizales. Y durante 25 años, nada más. Cuando triunfó la revolución sandinista nada cambió. Sin ninguna conciencia ecológica, el gobierno del FSLN se lanzó a implementar más de lo mismo: más revolución verde, sin reflexionar sobre las desastrosas experiencias de aquellos años.

En Carazo, el proyecto de renovación del café implementado por la revolución para "mecanizar y modernizar" los cultivos, arrasó con la flora y la fauna de 11 mil hectáreas, provocando cambios climáticos y secando los ríos. Situaciones similares se dieron en el norteño Valle de Sébaco con el cultivo de hortalizas, en el Ingenio azucarero Victoria de Julio, y en todos los demás lugares donde se intentaron gigantescas y altamente mecanizados proyectos agroindustriales, que ahora están paralizados y se conocen como inútiles "elefantes blancos".

La banca estatal sandinista condonaba sus deudas a los campesinos, porque las deudas agrícolas son impagables dentro de la lógica de la revolución verde. Y la producción seguía siendo pensada sólo para la exportación. En eso llegó el neoliberalismo. A la lógica exportadora y destructora de la naturaleza, los neoliberales añaden otra desgracia: la banca no presta ni a medianos ni a pequeños y jamás condona deudas. La dura realidad neoliberal, donde no hay salida, ha abierto los ojos de muchos campesinos. Sólo la agricultura ecológica les permitirá sobrevivir, comer, producir y ahorrar divisas. El neoliberalismos es un "renglón torcido" donde se empieza "a escribir derecho".

Una experiencia democrática

La Cooperativa José Elías Díaz se encuentra a unos 40 kilómetros al sur de Managua, cerca de Masatepe. A principios de 1986 fue fundada por 14 socios, de los que dependen casi 100 personas. La finca tiene unas 30 manzanas, históricamente dedicadas al cultivo de café. Cuando los 14 socios llegaron, se encontraron que les habían dado tierras en muy malas condiciones. Largos años de trabajo según la agricultura convencional habían esquilmado los suelos, que permanecían en abandono. Los cafetos, con una vida útil muy definida, habían envejecido y la finca era un potrero. Además, tenían pendiente una deuda que los nuevos propietarios se tuvieron que comprometer a pagar.

En esas condiciones, los animosos agricultores pusieron manos a la obra siguiendo rutinariamente las normas de la agricultura convencional. "Pero cuando terminamos la cosecha vimos que no nos quedaba casi nada, porque todo se lo llevó el banco", explica Santos Humberto García, uno de los socios. "Por eso, al año siguiente, decidimos arreglárnoslas nosotros solos, sin comprar insumos". Los 14 cooperativistas son gente de campo, de gran experiencia y con especialidad en el cultivo del café. Empezaron abonando los cafetales como lo habían visto hacer a sus abuelos, muchos años atrás: estiércol de gallina y cáscara de arroz, fermentados juntos. Y los cafetos respondieron.

Poco después conectaron con el Movimiento Ambientalista Nicaragüense (MAN), que tiene un Programa de Agricultura y Medio Ambiente (PAMA), dedicado a asesorar en agricultura sostenible. Los profesionales del MAN empezaron a reunirse con los cooperados para que transformaran su finca convencional en una finca sostenible. Porque la agricultura sostenible no consiste sólo en no usar agroquímicos. Es todo un trabajo profundo, con una filosofía muy compleja, que el hombre de ciudad, con su tiempo milimetrado, no comprende muy bien, pero que resulta muy comprensible para el campesino, que mide el tiempo y la vida en cosechas.

El diseño de la finca

"No se podía destruir totalmente lo que había aquí para empezar todo desde el principio según los diseños ideales de la agricultura sostenible", dice Silvio Cepeda, técnico del MAN. " Y ahora, aunque los cultivos ya se hacen dentro de los criterios de la agricultura sostenible, el diseño de la finca todavía no responde totalmente a los criterios de una finca sostenible modelo. La transformación tiene que hacerse de manera paulatina porque si no, los cooperativistas pasarían grandes dificultades económicas durante varios años".

Y la filosofía de la agricultura sostenible contempla todos los aspectos, incluyendo los sociales. Y las decisiones se toman democráticamente, entre los campesinos y los asesores, sin imposiciones. "Yo vengo a aprender en las fincas que asesoro" - asegura Cepeda - . No nos imaginamos cuánta sabiduría y cuánta ciencia se acumula en cada uno de los campesinos".

A pesar de que el diseño sostenible todavía no está logrado totalmente, entre los cafetos ya se ven árboles leñeros que dan la necesaria sombra y facilitan leña para la cocina y chagüites que también dan sombra y plátanos. También se cultivan árboles de leguminosas que fijan el nitrógeno al suelo y aportan materia orgánica que contribuye a mantener la fertilidad de la tierra. La mala hierba es controlada con cobertura vegetal como la Arachis Pintoi (maní perenne) y la Cannavalia sp (huevo de gallo), que además de impedir el crecimiento de las malas hierbas, producen en sus raíces nódulos que también fijan el nitrógeno. Los insectos son ahuyentados con plantitas de ruda ubicadas estratégicamente. Los cafetos demasiado viejos no se arrancan, sino que se cortan a determinada altura para que retoñen. De esta manera, la Madre Tierra se ahorra los nutrientes necesarios para producir las raíces y una parte del tronco y sólo los necesita para alimentar los retoños, con lo que la nueva producción comienza al año siguiente.

"En coordinación con los cooperativistas ya estamos elaborando el diseño para que la finca se cultive totalmente mediante los principios de la agricultura sostenible. Y cada pequeño cambio que se hace es en función de que cada vez se acerque más al modelo ideal", señala Arnulfo López, también técnico del MAN.

Cada planta es un laboratorio químico y una farmacia capaz de producir todo lo que necesita ella para vivir y para curarse. En la naturaleza raramente se ven asociaciones de plantas de una misma especie muy cerca unas de otras. Esto se debe a que una concentración de plantas de la misma especie atrae a los parásitos ya los microorganismos enemigos, que tienen la oportunidad de reproducirse hasta convertirse en una plaga. En la naturaleza, entre dos plantas iguales hay otras que sirven de barrera natural a los seres nocivos.

El diseño de la finca ecológica trata de reproducir el mismo esquema en los cultivos. Pero además, tiene en cuenta la composición de los suelos, la luz solar, las lluvias, los factores económicos y sociales. En fin, todo.

Otro dato: una planta consume lo que la otra produce. Por eso conviene tener cultivos de diferentes especies en la misma parcela, para que las plantas se alimenten y defiendan unas a otras. Y para que defiendan al campesino, porque al tener diversificada la producción - los huevos en diferentes canastas - cuenta con mayor seguridad económica. Su finca produce diferentes cosas y siempre está en condiciones de vender algo al mercado.

Todo se aprovecha

Las fincas sostenibles no producen basura, sino abono. Es una visión diametralmente opuesta a la que tiene la agricultura convencional. Las hojas, los desechos, el estiércol se incorporan a la tierra, directamente o mezclados con cal o ceniza y fermentados. La pulpa del café - que tantos problemas ambientales provoca - se recoge de los beneficios y también se reincorpora al suelo, enriqueciéndolo. Al caminar entre los cafetos de la finca José Elías Díaz, los pies se hunden blandamente en un suelo mullido y suave. A pesar de que la estación seca dura ya varios meses, se siente la humedad de la tierra, protegida por la gruesa capa de las hojas de cafeto caídas. Sin duda, las raíces de los árboles se abren camino con facilidad en esa tierra y encuentran en ella todos los nutrientes necesarios.

"Mire, veya, esta tierra estaba dura como la piedra", recuerda Justo Velázquez, segundo responsable de producción de la cooperativa. "Y ahora está bien suavecita, fíjese". Y mientras habla, hunde sin dificultades su filoso machete varias pulgadas en la tierra. "Antes esto no se podía hacer. Rebotaba el machete".

La finca necesita estiércol de gallina para ser abonada, pero aún no tiene gallinas. De momento, los socios tienen que adquirir el estiércol en una granja avícola cercana, pero ya se plantean invertir en un gallinero que, además de producir abono, les dé huevos y carne para el autoconsumo y excedentes para la venta. Será otra fuente de ingresos. Porque la filosofía de la agricultura sostenible contempla que la finca sea tan independiente como sea posible, que se autoabastezca, que sea libre y soberana.

¿Se gana o se pierde?

En las primeras plantaciones de café, cuando se inició en Nicaragua su cultivo, en los tiempos de Zelaya, los cafetos se sembraban a una distancia de 3x3 varas - unos 2.70 metros - de distancia entre dos árboles, en cualquier dirección, lo que daba una densidad de mil o mil 110 cafetos por manzana - 0.70 hectáreas -, dependiendo de la inclinación de los suelos.

Así, los árboles se desarrollaban en espacios amplios, tenían ramas que se llenaban de frutos y cada árbol era productivo durante 18-20 años. La variedad borbón era la que más frecuentemente se sembraba, por su larga vida y el exquisito sabor de su grano. Ahora, en las plantaciones convencionales y en algunas fincas se siembran en cada manzana 3, 4 y hasta 5 mil cafetos. Esta densidad es insostenible para la tierra, que necesita de cantidades cada vez más grandes de fertilizantes para producir cada vez menos.

En las plantaciones antiguas el árbol crecía demasiado, lo que dificultaba la cosecha. Actualmente se realiza una poda permanente del árbol, lo que resuelve este problema. Es cierto que en los cultivos convencionales se obtiene más café en la cosecha pico de una plantación, pero la inversión en tiempo y dinero para obtener esa cosecha es tan enorme, que casi se come las ganancias.

En un cultivo convencional, un árbol puede producir mucho en un año, pero si la plantación no es atendida con fertilizantes y plaguicidas - comprados con divisas -, ese mismo año ya hay que cortarlo. "Es lo que ocurre con la variedad caturra, que fue diseñada en laboratorio para su cultivo convencional", ejemplifica Silvio Cepeda. "Da una cosecha enorme al quinto año de siembra y después no vuelve a dar nada. Hay que arrancar el árbol y renovar la parcela. Y, ¿sabes cuánto cuesta renovar una manzana por procedimientos convencionales? ¡Dos mil dólares! Y mediante la agricultura sostenible, unos 600 dólares".

"Y algo más - añade el técnico del MAN -: los químicos para renovar por métodos convencionales son importados todos, pagados en divisas que no tenemos. Y las pocas que hay, las necesitamos para otras cosas. En la agricultura orgánica todo se produce en Nicaragua: la semilla, el abono, todo".

En cuanto a la ganancia o a la pérdida, las cosas son muy complejas. Los cafetales orgánicos nunca dan cosechas enormes, pero mantienen un nivel de producción estable durante varios años y el promedio por cosecha es superior. De hecho, en las diferentes fincas orgánicas de Carazo dedicadas al cultivo del café, los resultados son muy alentadores. Las cosechas se han duplicado y hasta triplicado respecto de la época en que cultivaban convencionalmente. Y si la cosecha no es tan buena, el campesino no queda en la ruina: la finca está diseñada para producir diferentes cosas. Si el café falla un año, se comercializan los cítricos, o los plátanos, o la leña, o cualquier otro producto. Y el campesino sale adelante. En cualquier caso, todo lo que gana es para él y no para pagar impagables deudas al banco. Además, el café obtenido por métodos orgánicos tiene mejor sabor y aroma que el convencional. Y lo mismo ocurre con otros productos agrícolas obtenidos mediante cultivo orgánico.

Comercializar para todos

Nicaragua produce actualmente unos 7 mil quintales de café orgánico para la exportación. Empresas de comercio alternativo lo transportan a Europa y a Estados Unidos, donde la demanda de productos de la agricultura orgánica se incrementa de año en año.

El mercado de productos orgánicos tiene la característica de que no está sometido a las tremendas oscilaciones de precios que sufre el café convencional. Quizá nunca alcanzará ya aquellos precios astronómicos de los años mejores, pero su mercado tampoco se desploma. En estos tiempos difíciles para el café, el orgánico se cotiza entre 132-144 dólares el quintal oro, mientras el precio del convencional oscila entre 76-78 dólares (precio de marzo). La agricultura orgánica no hace millonarios. Es para personas pacíficas y serenas, no para codiciosos y agresivos depredadores de la Tierra, los seres humanos, la flora y la fauna.

Las diferentes cooperativas productoras de café orgánico en Nicaragua han formado asociaciones para comercializar su café, con lo que obtienen mayores beneficios. La cooperativa José Elías Díaz integra la Empresa Cooperativa de Café Orgánico de Nicaragua, que comercializa todo el café orgánico que se produce en el Departamento de Carazo, sin recurrir a intermediarios.

"El propósito es que las fincas cafetaleras que desarrollan su actividad productiva bajo el enfoque de la agricultura sostenible no sean rentables por el sobreprecio que reciben, sino por la eficiencia productiva que los socios de la cooperativa desarrollen", explica Jaime Picado, técnico del MAN. "Otra aspiración es tener pronto en las diferentes ciudades de Nicaragua centros de venta de productos procedentes de la agricultura ecológica para que la población se alimente más sanamente y comprenda que con este tipo de agricultura gana el productor, el comsumidor, el medio ambiente y Nicaragua".

La opinión del campesino

"Lo único que yo tengo verdaderamente mío y que necesito para todo lo demás, es mi vida", dice Marvin Rivas, presidente de la cooperativa Leslie Dávila, ubicada casi en la cumbre del Mombacho, cerro que custodia la ciudad de Granada. "Yo necesito mi vida y esta forma de cultivar me la cuida", dice. Y recuerda casos de campesinos muertos o gravemente enfermos por el uso de agroquímicos.

Y no siempre por descuido o mal manejo. Evoca el caso de una joven que después de esparcir por los cultivos un producto llamado Counster, se lavó minuciosamente las manos, tomó todas las precauciones necesarias y se fue a comer. Y al segundo bocado, cayó muerta. En uno de sus dedos, debajo de la uña, habían quedado adheridos unos granitos del producto. Al tocar la comida, se envenenó y la joven murió instantáneamente.

Se da también la muerte lenta por contaminación. Muchos de los pesticidas que se emplean en la agricultura convencional están disueltos en material graso para lograr una mejor adherencia a la planta. Al ser inhalados o penetrar de algún modo en el cuerpo humano en cantidades no letales, se van acumulando en el tejido adiposo. Y años después, el campesino muere de cáncer a los 40 años. O tiene hijos con deformidades congénitas graves. O queda estéril. O padece antes de tiempo cualquier otra enfermedad mortal.

En la cooperativa Pancasán del Mombacho, que no tuvo que asumir deudas ajenas, a los dos años de manejar su finca con los principios de la agricultura orgánica, lograron viviendas para 12 de sus 14 socios, adquirieron un camión que, además de servir a la finca, presta servicio a la comunidad, y construyeron una escuela a la que el Ministerio de Educación no fue capaz de enviar un maestro.

En otra cooperativa, la Alejandro Mercado, que se inició recientemente en estos métodos y que ha acopiado todavía poco café, porque sus árboles son muy jóvenes, sus socios ya han podido comprar un radio y una bicicleta cada uno, y se proponen construir viviendas en la próxima cosecha, que esperan sea bastante buena. Los campesinos están satisfechos. No se envenenan, tienen mejor nivel de vida, más salud y se sienten dueños de sus tierras. Pero su satisfacción no les hace egoístas, sino todo lo contrario. Las diferentes cooperativas de la Empresa Cooperativa de Café Orgánico de Nicaragua se pusieron de acuerdo para donar 2,800 dólares a los campesinos de Río Coco, en la frontera con Honduras, para que también transformen sus cultivos hacia la agricultura sostenible.

Los inconvenientes

La agricultura sostenible es una agricultura minuciosa. Cada planta deber ser constantemente cuidada, supervisada. La finca cultivada orgánicamente es como un jardín: hay que mimarla. Las plantas productivas, las plantas que sirven de barrera, las que se utilizan como subproductos o como fertilizantes vivos, todas necesitan cuidado diario. Hay que vigilar las plagas y fumigar con preparado de hoja de nim o de papaya, dependiendo de la plaga. Hay que estar al tanto de todo. La finca agroecológica no se maneja como una fábrica o como una máquina a la que se echa cierta cantidad de materia prima y ya no hay que preocuparse durante horas. No. La finca agroecológica se cultiva con pasión de enamorado, pendientes de cada detalle. La naturaleza devuelve después el fruto del trabajo y el amor.

Ese es el inconveniente. El amor necesita tiempo, no entiende de prisas. Por eso, la finca agroecológica necesita de una mayor cantidad de mano de obra. Pero, ¿puede considerarse eso como un inconveniente en un país con más del 60% de los trabajadores en el desempleo y sin esperanza de encontrar un quehacer? Los detractores de la agricultura orgánica aseguran que la diferencia entre los dos modos de producción es como la que hay entre ir a Estados Unidos a caballo o en avión. Pero esa es una comparación muy relativa y muy falsa. ¿Y si el viaje es en un caballo con alas, en un Pegaso mágico?

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