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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 448 | Julio 2019

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Nicaragua

40 AÑOS DE LA REVOLUCIÓN NICARAGÜENSE Cómo la vivieron las mujeres de un lado y del otro

Desde una escucha atenta y empática, la autora entrevistó a nueve mujeres, madres y esposas de combatientes de la Resistencia Nicaragüense, a cuatro mujeres, madres de combatientes sandinistas y a once mujeres, esposas y madres que participaron activamente en la Revolución. La autora dedica el libro, con estos relatos, a todas las mujeres de un lado y del otro. Y “a la juventud nicaragüense, con el deseo de que valoren y respeten a las mujeres de su historia”.

María Dolores Ferrero Blanco

Hubo una manera femenina de vivir la revolución? La respuesta es afirmativa. Sí, la hubo y fue muy diferente si nos referimos a las mujeres del entorno de la Resistencia Nicaragüense o si lo hacemos desde el lugar de las mujeres sandinistas…

Tanto las mujeres que se sintieron perjudicadas por la Revolución como aquellas que la protagonizaron o sufrieron en ella conscientemente, tienen sobre sus hombros vivencias y pérdidas que han querido compartir. Han alzado su voz y han decidido romper su silencio.

LAS FAMILIAS EN LAS ZONAS DE GUERRA


Tras el triunfo de la Revolución las primeras medidas económicas del nuevo gobierno, especialmente las confiscaciones a los “allegados” al somocismo fueron consideradas agresivas por gran parte del mundo rural. Las torpezas o bajezas de ciertos sandinistas, que llegaban a las zonas de montaña sin la adecuada preparación y con capacidad de mando, promovieron la unión de los grupos descontentos que conformaron los primeros brotes de la Contra, los Milpas, que se unieron a los ex-guardias nacionales después, y que después recibieron apoyos en Honduras y en Miami.

Lo que habían sido choques o ataques esporádicos contra algunos alfabetizadores, ya en 1980, y a algunas cooperativas en los inicios del malestar campesino, se convirtieron en una guerra abierta que se recrudecería entre 1982 y 1983.

Como los frentes de guerra se habían situado a ambos lados de la frontera hondureña, afectaron a las comunidades rurales de las zonas norte, central y atlántica de Nicaragua, todas de vida enteramente campesina. Allí, los varones –hijos o esposos de las mujeres de esas zonas– se fueron integrando de manera creciente a la Contra, y muchos pueblos casi se vaciaron. La población restante, mujeres, ancianos y niños, no pudieron permanecer en sus viviendas habituales y se trasladaron a lugares que les ofrecían mayor seguridad, obligados a cambiar radicalmente de vida en dos modalidades diferentes, según se fuera familiar de soldados rasos de la contra o de los comandantes o jefes militares.

En el primer caso, huyeron a las montañas más profundas del país enfrentando el peligro del fuego cruzado en pleno escenario de los combates y soportando las miserias propias de la guerra: haciendo su vida en champas rústicas de campaña, cultivando lo que podían en esos lugares de asentamiento temporal y, si era posible, aproximándose a las bases militares de los suyos. Para llegar hasta ellas, tuvieron que pasar por puntos ciegos y de difícil acceso, caminando grandes distancias y, una vez allí, desde la base se les atendía cuando se podía, lo que no pudo evitar el hambre y otras carencias cuando tardaban en llegar los aprovisionamientos.

Algunos, que pudieron llegar hasta Honduras, trabajaron en el campo, en fincas y haciendas, o estuvieron en refugios humanitarios facilitados por ACNUR, aunque no sin problemas, porque los hondureños de la frontera veían con muy malos ojos a los nicas refugiados. Los consideraban causa de combates de una parte o de otra y los asociaban con situaciones de peligro e inestabilidad. En consecuencia –según los que se asentaron allí–, todo aquel que podía ocultarlo se abstenía de decir que era nicaragüense.

En la segunda modalidad –las familias de comandantes y de ciertas categorías de jefes militares que pudieron salir de Nicaragua, con mayor prestigio y mejores posibilidades económicas– se instalaron en pueblos o ciudades de Honduras. Allí pasaron la guerra, en lugares próximos a las bases militares, o en las mismas bases, y tuvieron por lo general sus necesidades materiales bien cubiertas, hasta el punto de que sus hijos pudieron ir a escuelas en la propia base o en pueblos cercanos.

“SE LOS LLEVARON A LA FUERZA”


Tanto unas como otras, las mujeres de la Contra fueron afectadas fundamentalmente por quedar solas para mantener a los hijos. Viudas, o alejadas de los esposos, y con hijos muertos en la guerra, todas las entrevistadas, a medida que iban recordando, expresaron haber sufrido grandes padecimientos. Algunas, porque habían sido pobres y dependientes del trabajo del esposo ausente o fallecido. Otras, en mejor situación económica, porque sintieron amarguras similares por la pérdida de esposos o de hijos, o de ambos a la vez. Todas, por el alejamiento de sus lugares de residencia y por el abandono forzoso de sus pertenencias que, en general, encontraron destrozadas a su regreso. Las secuelas de la guerra fueron especialmente duras para las madres cuyos hijos mayores habían marchado a los combates o que habían quedado solas al cuidado de los pequeños.

Sobre el reclutamiento, la queja de las madres fue unánime, fuera cual fuese su nivel económico, cuando en septiembre de 1983 se implantó el servicio militar obligatorio sandinista. Y el malestar se incrementó cuando, a la par que se intensificaban los combates, se empezó a comprobar que se enrolaba a muchachos de catorce y dieciséis años, sólo porque su aspecto físico los hacía parecer útiles.

Había que presentar a los hijos de esa edad en una base des¬tinada a ese efecto, y si no se les llevaba, los detenían donde los encontraran. Así, abundan expresiones como “se los llevaron a fuerza, y al que no quería ir, lo llevaban amarra¬do”, “los agarraron dentro del colegio”, “a la salida del cine”… Las madres trataban de esconder a los hijos pequeños, simulaban que estaban enfermos, o los mandaban lejos con algún familiar.

En muchos casos, por ese rechazo a la obligatoriedad militar sandinista, hubo una gran oleada de adhesión a las filas de la Contra de muchachos de familias campesinas, que habían sido antes políticamente indiferentes o, incluso, de filiación sandinista, o simpatizantes de ellos. Se integraban en el bando contrario al que les quería reclutar por la fuerza. Después de que se iban los hijos, el resto de la familia huía a las montañas o los seguían a Honduras, en un desfile interminable de madres de combatientes, nueras, nietos... en larguísimas filas de mujeres y niños.

SIN VER A LOS HIJOS MUERTOS


Con el paso de los años, las muertes fueron in crescendo, y si el hijo moría en la guerra, las madres se enteraban, generalmente con retraso, por un cable de algún conocido o por un compañero que se había enterado o había sido testigo. Fue algo normal no poder ver al hijo muerto y darle sepultura en un lugar conocido, o no saber siquiera dónde le habían enterrado sus compañeros. En circunstancias óptimas, si finalmente supieron dónde estaban y pudieron darles un enterramiento en familia, fue después de años, cuando pudieron exhumarlos, y sólo en casos contados.

Los hijos fallecidos durante la guerra marcaron un hito tan especial en sus familias que hasta sus nombres de pila perdieron significación en estos relatos. Así se aprecia en el discurso de sus madres, donde es muy frecuente que se refieran a ellos por los seudónimos que tenían en aquel tiempo, o que los nombren como “el comandante…”. A la costumbre de oírlos llamar así por todo el mundo durante años, parecía añadirse el sentimiento de orgullo de las madres por el prestigio alcanzado por los hijos y la mitificación de sus logros y hazañas en los años de combate.

Otro efecto a más largo plazo se produjo entre quienes eran niños pequeños durante los años de guerra. Gran cantidad de hijos quedaron largo tiempo con las abuelas porque sus madres, jóvenes, se habían marchado con sus esposos al frente, o porque al morir el marido, las mujeres se emparejaban de nuevo y los hijos del matrimonio anterior ya no se integraban en el nuevo núcleo familiar. En todos estos casos se quedaban con alguna abuela, que asumía el rol materno. A ve¬ces los visitaban esporádicamente las madres ausentes, aunque no vivieran con ellos. Otras veces perdían el contacto por completo, al no ser aceptados por la nueva pareja de la madre o porque ella se había distanciado por alguna otra razón.

LAS MADRES DEL LADO SANDINISTA


Las familias de los sandinistas tuvieron mucha menor movilidad que las de la Contra durante los años de guerra, porque en su mayoría eran de procedencia urbana, estuvieron lejos de la frontera y no tuvieron que desplazarse de sus ciudades.

El grueso de la guerrilla, y más tarde los militantes sandinistas de segunda y tercera generación, así como los que tuvieron que ir al servicio militar obligatorio de 1983, fueron jóvenes estudiantes, universitarios y hasta de secundaria, empleados, profesionales y de numerosos oficios u ocupaciones, casi todos de Managua, Masaya, Granada, León, Chinandega…

Aunque los hijos se marcharan a la guerra, el resto de la familia pudo permanecer en sus hogares. Lo que sí compartieron con las madres de la contra fue la preocupación lógica por la suerte del hijo y por el elevado número de muertes que se conocían a diario.

Entre las madres sandinistas, el servicio militar obligatorio fue recibido de muy diferentes formas. Hubo algunas que lo aceptaron estoicamente, y sus familiares o hijos jóvenes se enrolaron con la ilusión de participar en un gran proyecto, con espíritu patriótico, militante, y afrontando la peligrosidad real. Expresiones como “empezaron las noches de insomnio”, “cada llamada de teléfono era una tortura”, representan el sufrimiento de esas madres que querían ser coherentes con un compromiso profundo con la justicia social y con la defensa de la Revolución.

Otras, y la unidad familiar en general, rechazaron rotundamente el servicio militar y muchos jóvenes terminaron siendo reclutados a la fuerza, igual que en las zonas rurales. Un buen número de padres que tuvieron posibilidades se marcharon a Estados Unidos, a Venezuela o a Costa Rica para que sus hijos no fueran a la guerra.

LAS PAREJAS EN LA REVOLUCIÓN


Las relaciones de pareja se vieron perjudicadas tanto en el tiempo de la insurrección contra Somoza como en el de la guerra para defender la revolución. Las madres se fueron implicando cada vez más a través de sus hijos: comenzaban ayudándoles para protegerlos y facilitarles las tareas en las que se habían comprometido, y terminaban siendo militantes o arriesgándose igual que ellos en la ejecución de distintas tareas. En la inmensa mayoría de los casos ocultaron sus colaboraciones a sus esposos, para evitar que las frenaran o les prohibieran seguir, con las lógicas consecuencias de distanciamiento afectivo o separación de la pareja.

Ya en la década de 1980, durante el gobierno sandinista, el machismo imperante en la sociedad en general, del que no estaban exentos los varones militantes, afectó intensamente las relaciones de pareja. Los hombres no encajaron bien las ausencias de las mujeres por causa de la absorbente dedicación que precisaron las tareas políticas de aquel momento. Fue frecuente que, aun compartiendo los mismos ideales, los maridos o compañeros se quejaran de las largas jornadas de las mujeres –lo que no se daba a la inversa, según los testimonios femeninos– y que las discusiones se fueran incrementando con el tiempo.

En otros casos, los varones desvalorizaban la entrega de las mujeres a su trabajo político si era poco relevante, recriminándoles que se aprovechaban de ellas por lo poco o nada que cobraban y comparándolas con sus propios puestos, mucho mejor remunerados o de mayor prestigio.

Hubo separaciones por falta de sintonía política, incluso cuando no se acompañara de actitudes machistas o posesivas. La entrega vital de algunas mujeres a la causa, no compartida por sus compañeros o esposos, ocasionó en numerosos casos un distanciamiento insuperable que terminó en divorcio.

“BUSCANDO MUJERES BURGUESAS”


Hubo separaciones motivadas por las circunstancias cambiantes de antes y después del triunfo de la Revolución. Durante los años previos, los sandinistas clandestinos sólo se relacionaban con guerrilleras, y con ellas se daban las uniones más frecuentes.

Una vez en el poder el FSLN, el abandono de la clandestinidad condujo a que muchos cambiaran de pareja. Algunas entrevistadas se lamen¬tan por el hecho de que la mayoría de los jefes guerrilleros dejaron a sus compañeras por otras “compañeras de apellido”, práctica que ya se había dado antes del triunfo. Se buscaron “mujeres burguesas”, atraídos secretamente por aquello que antes decían combatir. De igual modo, hubo un buen número de muchachas de la burguesía que “en el último año, o ya desde el mismo 20 de julio de 1979 se vistieron el uniforme verde olivo y se fueron a meter a los cuarteles, aunque esas muchachas no eran la Claudia Chamorro”, la guerrillera histórica que cayó en un encuentro con la Guardia Nacional en 1977 y que pertenecía a la aristocracia de Granada.

Al parecer, después del triunfo de la Revolución, ser guerrillero fue un atractivo añadido para algunas jóvenes de posición social elevada. Esto se mencionó con frecuencia en mis entrevistas.

UNA GENERALIZADA
“CULTURA DEL SILENCIO”


Un tema espinoso que salió a la luz en varias ocasiones en las entrevistas fue que algunos de los más destacados dirigentes tuvieron una vida doble o triple con respecto a sus parejas. Y hasta se enviaba a los maridos a misiones al exterior para poder abordar a las mujeres que quedaban solas.

En otros casos, para deshacerse de las compañeras supuestamente “oficiales”, eran ellas las enviadas fuera de Ni¬ca¬ragua, a la montaña, o a perfeccionarse en tal o cual tarea. La mayoría de las mujeres que soportaron estos comportamientos se resignaron. Las que no lo hicieron sufrieron como consecuencia una triste y profunda decepción ante la reacción de sus superiores o sus compañeros.

Durante la investigación detecté la existencia de una generalizada violencia intrafamiliar, encubierta bajo la “cultura del silencio”, como la ha llamado la sicóloga Martha Cabrera. Varias mujeres sandinistas, capacitadas y conscientes de la violencia doméstica que existía en el país, se propusieron abordar los problemas de abusos familiares o acosos que les daban a conocer otras mujeres menos preparadas que ellas en reuniones privadas y círculos de confianza. Pero cuando los quisieron hacer visibles a las instancias oficiales del partido, no fueron atendidas, y la iniciativa nunca fue aceptada.

Son muchas las mujeres que afirman que el acoso fue intenso, sobre todo de parte de los altos cargos militares hacia las que estaban en puestos inferiores. A ello contribuyó, según las entrevistadas, la normalidad con que los restan¬tes compañeros sandinistas contemplaban y consentían el acoso.

Se hace también presente en estas historias el “país multiduelos”, del que también habló Martha Cabrera. Por todas las rendijas de los relatos se cuela el dolor por las pérdidas de guerra, por la violencia de género de diversa índole, nunca reconocida ni manifestada, y por las decepciones resultantes del desencanto político o personal de los líderes antes admirados.

PORQUE “ERAN NUESTROS HIJOS”


Las repercusiones de la militancia de padres y madres, y de la guerra, en sus hijos difiere mucho de unas familias a otras, aunque de forma mayoritaria todas se sintieron afectadas.

Ha sido complicado clasificar a las mujeres, como “madres” solamente o como “madres con participación política”, porque en la mayoría de los relatos las madres sandinistas siempre apoyaron de alguna forma la implicación de los hijos. Unas cedieron sus casas para esconder amigos o armas, y casi siempre terminaron teniendo implicaciones serias por el afán de protegerles y permanecer a su lado, como admite una de las entrevistadas: “Ofrecíamos las casas como casas de seguridad y sabíamos a lo que nos exponíamos, pero eran nuestros hijos”. Otras veces, como “colaboradoras reconocidas” –prestando diversos tipos de ayuda, pero sin ser militantes– y, las menos, llegando a ser miembros del FSLN de la primera generación.

En todos los casos, incluso las muy implicadas motu proprio, sacaron a la luz constantemente el rol materno como algo primordial en sus sentimientos y recuerdos, incluso en su balance de lo que fue en esos años su vida y su actividad. Los hijos se mencionan una y otra vez. En los hijos, los efectos de la entrega política de sus madres se entrelazan con sus vivencias militantes.

“ME DICE QUE LO ABANDONÉ”


En los recuerdos que tenían estos hijos, que han revelado después a sus madres, hay disparidad entre quienes quedaron casi absolutamente al cuidado de las abuelas en las etapas de la insurrección y el post-triunfo, y entre los nacidos después, durante la década de 1990, cuando ya fueron atendidos directamente por sus madres.

Es también significativo que en muchos hijos se da una especie de sublimación del recuerdo de la década de 1980. Una curiosa mezcla de reproche a las madres, junto a un deseo de justificarlas. Una tendencia a minimizar los efectos que las propias madres reconocen que fueron evidentes en aquellos momentos.

Entre los nacidos en las etapas en que las madres estaban más enfrascadas en su labor política también hay actitudes de rabia o de rencor contenido que salen involuntariamente, o expresiones abiertas de envidiar a los hermanos nacidos después del triunfo de la Revolución. Se muestran resentimientos, sensaciones de abandono e incomprensión por la dedicación de las madres a “eso” que las sacaba de la casa y las alejaba a menudo de la ciudad o del país. Frases de las madres como “lo vivió en plena adolescencia y me lo viene sacando todavía”, “tiene un resentimiento muy grande y toda¬vía no lo acepta”, “me dice que lo abandoné”… son muy frecuentes en las narraciones, unas veces aceptadas ya con serenidad, y otras con sentimientos de culpa.

En algunos casos excepcionales fueron las madres las que influyeron en los hijos y los integraron al Frente San¬di¬nis¬ta, incluso ambos pudieron estar integrados sin saberlo respetando la clandestinidad siempre tan observada. Su grado de identificación con la lucha contra la Contra fue tan grande que sorprende el recuerdo de algunos hijos sobre las reacciones de muchas de ellas cuando fueron convocados para el servicio militar obligatorio: sus madres no lloraban al despedirlos, sino que los animaban “a no comportarse como co-bardes”.

Igualmente, los tiempos de las peores injusticias, de la persecución violenta de los jóvenes, de muertes por ra¬zones nimias, provocaban en las madres más indignación que tristeza. Y cuando les llegaba la fatal noticia de la muerte de un hijo, aguantaban incluso las lágrimas y procuraban no desmoronarse, en un último acto de rebeldía y dignidad “por no dar gusto a los guardias”.

Entre tantos testimonios desgarradores es frecuente encontrar entereza para no mostrar desfallecimiento o debilidad, pensando que de ese modo estaban más a la altura de los hijos, en sintonía con el pensamiento de ellos, seguras de estar en el lado correcto.

LAS MARCAS QUE QUEDARON EN LOS HIJOS


Las madres sandinistas recuerdan en la actualidad el tiempo sin límites que dedicaban a sus tareas políticas, antes o después del triunfo de la revolución. No sólo lamentan las muer¬tes de los hijos, sino las secuelas posteriores que marcaron de por vida a los que sobrevivieron. Los hijos que eran pequeños durante la guerra, al cabo de muchos años, incluso en plena adultez, siguieron culpando a las madres por su ausencia, o porque, siendo ellos adolescentes, tuvieron que desviar sus trayectorias o dejar sus estudios.

Resulta frecuente el reproche a las madres por las estancias fuera de Nicaragua antes o después del triunfo de la Revolución, por las largas jornadas de trabajo fuera de casa, y más todavía si esas ausencias eran durante los fines de semana, o si el trabajo consistía en atender a otros niños o jóvenes. Ese sentimiento de abandono por vivir en el exilio, por la militancia absorbente o por las ausencias cotidianas fue casi la norma.

Hubo también casos en los que los hijos nunca se involucraron en los ideales de sus progenitores. Forzados o de mala gana les escuchaban o les acompañaban a los actos del Frente Sandinista. Pasados los años, los reproches venían porque a la intensa ocupación de alguno de los progenitores se había añadido la separación de la pareja. O en casos más minoritarios, tanto en las zonas rurales como en la capital, algunos jóvenes no pudieron sustraerse a la influencia del alcohol o de las drogas. No encontraron en ese entonces su propio camino y buscaron a su modo compensaciones o evasión por falta de autoestima, por el desengaño de sus líderes o por carecer de intereses motivadores.

Las madres confiesan que tuvieron fallos, pero por lo general los justifican. Se volcaron en sus trabajos porque sentían que eso era lo que debían hacer. Hacen hincapié en que hicieron comprender a los hijos que esa entrega era su deber y era además la oportunidad de dejar un mundo mejor justamente para ellos. Aun así, se observa un sentimiento bastante compartido: cuando tuvieron hijos en la etapa revolucionaria no dudaban de que el trabajo político era prioritario, pero cuando tuvieron otros después de la década de 1990, es muy común la expresión “me pegué mucho más a ellos”. Entonces, expresan mayor o menor culpabilidad al comparar el escaso tiempo que dedicaron a los primeros.

Todo esto no obsta para que existan datos de satisfacción intensos en momentos especiales. Un altísimo número de jóvenes, sobre todo en los inicios del triunfo de la Revolución –hijos de sandinistas o no– se integraron eufóricos en tareas voluntarias para las que se convocaba al país entero, como los cortes de café o la campaña de alfabetización y, por lo general, guardan buenos recuerdos de esas vivencias. Muchos otros expresaron a sus madres que recordaban aquellos años como muy buenos, y con admiración por la entrega materna, pese a que las propias madres piensen que ese recuerdo no está exento de cierto empeño en edulcorar una época para ellos difícil.

EL EMBRIÓN DE TODOS LOS ERRORES


Los testimonios de estas mujeres contienen también críticas sobre los años previos y posteriores a la Revolución. Muchas manifestaron expresamente su deseo de que salieran a la luz para que las nuevas generaciones conocieran los errores cometidos y pudieran evitarlos en un futuro.

Una de las cuestiones en las que incidieron las entrevista¬das, y que reconocen que más les costaba todavía aceptar, fue la existencia de los abusos que cometieron muchos de los que se autodenominaron “sandinistas”, aunque ellas no los consideraron dignos de ese calificativo.

Lo atribuyeron, por una parte, a la falta de personas de demostrada preparación y honestidad para cubrir tantos puestos de responsabilidad, pues se había llegado al triunfo de la Revolución sin haber tenido tiempo de organizar cuadros que respondieran con garantías a las necesidades institucionales y administrativas. Por otra parte, a la extrema juventud e inexperiencia de los dirigentes, con una edad promedio de unos veinte años. Y en muchas ocasiones, a la ambición de algunos que vieron en el cargo que iban a ocupar una ocasión de enriquecerse –conducta que habían presenciado durante los más de cuarenta años de la dictadura somocista–, lo que tendría consecuencias en muchos casos dramáticas.

Los jóvenes que habían conseguido derrotar a la dictadura, “los muchachos”, tuvieron que pasar en muy poco tiempo de ser guerrilleros a gobernar un país pobre y destrozado por la guerra. Y la victoria había llegado mucho antes de lo que habían podido imaginar los más optimistas.

De repente, se encontraron con el poder en las manos. Y eso fue el embrión de casi todos los errores, entre los que se cuentan los tres más extendidos: la represión “para proteger la Revolución”, los excesos en las confiscaciones de la reforma agraria y el servicio militar obligatorio.

“LLEGÓ GENTE A OFENDERNOS”


Desde el lado de la Contra, se criticó la cantera social que ali¬mentó los frentes de guerra de ambos bandos, afectando más a los pobres. Los que se metían en la Contra eran hijos de campesinos. “En los dos bandos, la guerra fue el campo contra el campo, o el campo contra la ciudad, porque había dos posiciones. Pero aquí no murió ni el 0.5% de personas adineradas ni de políticos en ninguno de los dos lados. Fue una guerra de campesinos y de obreros”, según me dijo Guillermo Miranda, ex-guardia nacional y ex-miembro de la EEBI y de la Contra.

Las mujeres de la Contra criticaron enfáticamente la inadecuación de los nuevos mandos del sandinismo llegados a sus poblaciones a ocupar puestos de responsabilidad, crítica corroborada por algunas mujeres sandinistas. Ambas coincidieron en que con una formación a veces muy escasa o nula fueron elementos que dañaron el proceso revolucionario.

A medida que la guerra se intensificaba los sandinistas pro¬curaban encontrar por todos los medios información sobre el enemigo. Se alcanzaron así cotas increíbles de brutalidad, como muestran los hechos ocurridos en Pantasma, Jinotega, en 1983, de los que las entrevistadas responsabilizaron al secretario político del Frente Sandinista en la zona, un hombre que sin conocer la mentalidad ni la lógica de la sociedad campesina había decidido que si alguien le rendía obediencia absoluta era leal, y si no, era contrarrevolucionario. La actitud del secretario político de Yalí –César Barquero–, que cita una de las entrevistadas, suscitaba también el mayor re¬chazo de la población.

Sin llegar a casos tan dramáticos son frecuentes las expresiones de denuncia de las mujeres contras al referirse a las nuevas autoridades sandinistas: “llegó una gente mal preparada a ofendernos”, “nos sacaban de las casas”, “nos molestaban y nos amenazaban”...

LAS CONFISCACIONES ABUSIVAS


También fue de suma gravedad lo arbitrario de muchas confiscaciones de propiedades. Con la teoría doctrinaria preconcebida de que lo colectivo era siempre superior a lo individual, y la realidad de la pésima distribución de la propiedad agraria en el país, se promulgaron pronto decretos de confiscación, dando lugar a confiscaciones masivas que obedecían a las interpretaciones particulares de los responsables.

En algunos lugares, como Matagalpa y Matiguás, alcaldes y concejales sandinistas de aquel período aseguran hoy que allí se abusó mucho del decreto número 38, el que confiscaba a “los allegados” al somocismo, que afectó a fincas tanto de tres mil manzanas como de cincuenta. Y no fue debido al carácter contrarrevolucionario de sus propietarios, puesto que muchos sandinistas, incluso antiguos guerrilleros o combatientes en los frentes de guerra creados en la guerra contra la dictadura de Somoza, se vieron igualmente perjudicados.

En Matagalpa hubo propietarios confiscados que llevaron sus escrituras al Instituto Nicaragüense de Reforma Agraria (INRA) para que las revisaran porque no creían estar incluidos, y cuando regresaron a comprobar cómo iba su gestión, sus propiedades estaban ya a nombre del INRA. En algunos de estos casos, los artífices se excusaron en las deudas contraídas anteriormente por estos propietarios, siempre injustificables para los afectados.

LA CORRUPCIÓN ANTES Y DESPUÉS DEL 79
Y “LA PIÑATA” DESPUÉS DEL 90


La corrupción fue otro aspecto reiteradamente mencionado por las mujeres entrevistadas. Se reveló en muy diferentes ámbitos de la vida cotidiana y se fue extendiendo como una mancha de aceite a lo largo de la década de 1980. La crisis económica, junto a una laxitud evidente en cuanto a exigencias de limpieza administrativa, derivó en la generalización de hábitos lamentables.

Cuando en 1990, tras la sorpresa de la pérdida del FSLN en las elecciones se empezó a reflexionar seriamente sobre las causas de esa derrota, arreciaron las críticas al comportamiento anterior de muchos de los líderes. Varias ex-militantes o ex-guerrilleras, desengañadas desde hacía años relataron, que desde los inicios de la Revolución, hubo ese comportamiento. Hubo, por ejemplo, “gente haciendo guardia” a las puertas de las embajadas de Nicaragua en varios países, que se turnaban día y noche para ver qué puestos podían obtener si la Revolución triunfaba. Cuando Somoza salió del país y su personal desocupó las embajadas, los que habían estado a la espera se encerraron a cal y canto en los edificios y no dejaron en¬¬trar a nadie más hasta que lograron que esos puestos fueran suyos. A ello se añadió que las cuantiosas donaciones que llegaban de varios países fueron custodiadas por ese personal, lo que provocaba serias sospechas.

No ocurrió esto en todas las embajadas, y abundan casos ejemplares, pero cuando hubo abusos se estaban cometiendo mientras los jóvenes combatientes y colaboradores vivían en la ciudad con miserables salarios, o en los frentes de guerra, su¬friendo todo tipo de miserias.

Durante los años del gobierno sandinista fue frecuente también que parte del personal de aquellas embajadas se ufanara de sus viajes, incluso en familia, a diferentes países y de haber hecho compras carísimas –nunca antes se las habían podido permitir–, todas cargadas a gastos de representación.

Otro hecho denunciado insistentemente tanto por mujeres contras como por mujeres sandinistas fue la apropiación de casas, empresas o tierras de las personas que se exiliaron o que huyeron al triunfar la Revolución. Años después, cuando el FSLN perdió las elecciones en 1990, a los dos meses de la derrota, la cúpula del partido dio comienzo a un sorprendente reparto de propiedades, que se denominó “la piñata”.

La sorpresa fue enorme al ver a miembros notables del Frente Sandinista ocupar casas recién abandonadas, con todos sus enseres dentro, haciendas y fábricas de donde sus dueños habían salido precipitadamente. El argumento más repetido por muchos altos cargos para justificar ese proceder fue que “no podían perderlo todo por la derrota electoral. Habían sufrido durante demasiados años y se habían expuesto hasta la muerte, por lo que debían ser compensados”.

En términos generales, la tolerancia e indiferencia del sandinismo gobernante hacia la corrupción fue uno de los grandes malestares de la década de 1980. Además de los excesos de ciertos mandos del FSLN, quedó patente también la insuficiente vigilancia de los subalternos.

“NO ME DIERON NADA”


También queda reflejada en algunos de los testimonios la inercia de los malos hábitos. Por ejemplo, cuando pregunté a algunas de las entrevistadas cómo se portó el Frente Sandinista con los de sus filas al llegar la pérdida de las elecciones, una de las respuestas, que sintetizaría otras varias, fue: “Conmigo muy mal, porque no me dieron ni una casita ni una tierra para sembrar y se las dieron a muchos otros”.

Muchos militantes de base –y no sólo los casos conocidos de altos cargos– se hubieran quedado satisfechos y conformes con las apropiaciones individuales si a ellos les hubiera correspondido una parte del montante, sin poner reparos a la indiferenciación entre patrimonio del partido y propiedad individual. Emergía así la arraigada cultura clientelar y el nepotismo político, vividos como algo normal durante tantos años. La concepción de que la lealtad al partido gobernante iba ligada a la posibilidad de obtener algo extra se demostró visiblemente incrustada en el imaginario colectivo tras la dictadura somocista.

De ese reparto no participaron todos los altos cargos, pero sí muchos, y el personal más cercano a ellos. Era natural, en esas circunstancias, que los más pobres se sintieran desplazados, aunque la crítica fuera en ocasiones tan poco modélica como causada porque no habían tomado parte en el reparto.

Uno de los asuntos merecedores del mayor desagrado general fue el del pase a retiro de los militares, hecho de manera arbitraria y desordenada. Unos en función de la antigüedad, otros del rango, y con distintas formas de indemnización según diferentes planes. Los privilegios que el Frente Sandinista otorgó a los militares se han prolongado hasta la actualidad, en una implícita alianza para el mutuo beneficio. Pensiones desmesuradas para los altos cargos y exhibición inadecuada de los niveles de vida que mantienen.

SE IMPUSO “EL ESTILO CUBANO”


Todos estos errores fueron abriendo una brecha enorme entre los altos dirigentes y el pueblo, agrandada por el comportamiento servil de auxiliares y cargos intermedios. Muy especialmente, los “nueve comandantes” que constituían la Dirección Nacional, fueron objeto de una inmunidad y reverencia antes inimaginable. Tanto políticos relevantes del nuevo Estado, como la población en general, mantuvieron ante ellos una actitud de reconocimiento y sumisión que se tradujo en un encumbramiento muy perjudicial para las relaciones. Sumamente expresiva, como muestra del acatamiento a su autoridad, fue la máxima popular con que se les hacía referencia: “¡Dirección Nacional, ordene!”.

Estos dirigentes se rodearon de asistentes que los reverenciaban y los separaban de la gente de a pie debido –según varias de entrevistadas– al ansia de imitación de las costumbres cubanas, que tanto incidieron en aquella época. La admiración por los servicios secretos de los cubanos y de la Alemania Oriental, ambos países obsesionados con la seguridad de sus autoridades, fue un factor determinante.

En numerosas entrevistas se mencionó de una u otra forma “el estilo cubano” que, al decir de la mayoría, lamentablemente se impuso. Hasta entonces, la relación de los militantes con sus dirigentes había sido horizontal, pero en numerosos casos, la influencia cubana propició que se adoptaron formas no conocidas antes en el Frente, en el trato entre compañeros, y todo cambió.

“Fulano era fulano y no había ni “comandante”, ni “coronel” ni “mayor”. Carlos Fonseca era Carlos Fonseca, y Turcios era Turcios, y no te ponías de pie cuando entraba nadie y le decías lo que te daba la gana… Todo eso cambió. Llegaron los cubanos y nos empezaron a traer otras formas, unas reverencias increíbles... Entraban, y todos a una, ¡arriba! Y se levantaban todos por el que entraba, y uno pensaba: Pero ¡¿qué pasa?! ¡si es un ser humano!... y yo lo conocí de antes… Si se ponen así, voy a actuar yo como una mujer conservadora ¡y que se pongan de pie ellos cuando yo entre! Si no les decías “comandante” ¡qué irrespetuosa! Yo pensé: Esto no sé quién lo va a enderezar…”.

No fue sólo la distancia formal o protocolaria que fueron imponiendo o consintiendo los comandantes para con sus bases, sino que se mostraban cada vez más atraídos por una vida de lujos que no habían tenido hasta entonces.

En algunos dirigentes se fue manifestando un interés por aparecer como integrantes de una clase social superior a la suya, un deseo de “gustar a la burguesía”. Esto es claramente apreciable en una anécdota que se nos relató, trivial, pero significativa: ciertos viejos capitalistas o intelectuales, simpatizantes o afines a la Revolución, montaron “escenarios” en restaurantes con camareros y ambientes selectos para enseñar a los comandantes a comportarse, a imitar las costumbres y detalles protocolarios propios de las clases altas, “a aprender modales”.

Todos estos defectos, consecuencia de la ambición de poder y dinero y de las rémoras autoritarias que los dirigentes no fueron capaces de erradicar ni reconducir, aparecen en las entrevistas.

UNA AUTOCRÍTICA SIN ECO Y SIN CONTINUIDAD


Ante la conmoción que supuso la pérdida de la Revolución en las elecciones de 1990, hubo algunos intentos de hacer una autocrítica que pudiera ser útil para el futuro.

En 1990 se celebró la primera Asamblea de Cuadros del FSLN en El Crucero. Después, el primer Congreso del FSLN en 1991, y el segundo en 1994. En todos estos foros se reconoció que en Nicaragua no sólo había habido una guerra de agresión, sino también una guerra civil, motivada por causas endógenas del propio proceso. También se pretendió hacer una autocrítica oficial sobre el modelo político de poder de la década de 1980 y se logró admitir que había sido objetivamente autoritario. Fue lamentable que sólo una parte del FSLN aceptara esas conclusiones, que no tuvieron el necesario eco ni continuidad.

La tendencia autoritaria ha permanecido y, actualmente, en recientes trabajos de investigación sobre el proceso nicaragüense se ha puesto de manifiesto la instauración progresiva de un sistema político hiper-presidencialista, legitimado con la reforma de la Constitución de 2014.

EPÍLOGO


Han sido muchos los relatos de mujeres que he escuchado en estos años… Del lado de las sandinistas demuestran que la entrega excedía con mucho lo que es la militancia política: “Integrarse en el Frente era un proyecto de vida”, “Mi divorcio fue doloroso, pero la derrota de 1990 fue devastadora”…

Del otro lado, de las mujeres de la Contra, los lamentos y el recuerdo de los miedos: “Cuando llegó la Revolución hubo personas que realizaron masacres”, “Le pediré al Señor perdonar para que me perdone a mí, porque no puedo olvidar”. En ambos grupos, el dolor, las rupturas familiares y las muertes…


La revolución “por dentro”, la personal, tan necesaria, sólo será posible si finalmente comprendemos que el cambio sustancial llegará sólo de la mano de la educación. Desde la infancia, desde la escuela. Sin olvidar valores, sin tolerar abusos. Atendiendo la insoslayable necesidad de que aflore la verdad de las víctimas, de todas las víctimas, para que puedan sanar sus heridas.

Es necesario que no impere la destructiva cultura del silencio, o los duelos quedarán inconclusos. Que se escuche a las afectadas y se ofrezcan soluciones que no sean proyectos de papel. De no ser así, la experiencia nos enseña que no es posible seguir adelante. Hay que mirar a la cara el pasado para evitar su repetición y superarlo.

HISTORIADORA. AUTORA DE “LA NICARAGUA
DE LOS SOMOZA” Y DE OTROS TEXTOS SOBRE
LA REVOLUCIÓN SANDINISTA.

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