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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 388 | Julio 2014

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Centroamérica

Grandes y chicos huyen de la geografía del miedo

“Niñas y niños centroamericanos cruzan solos la frontera para entrar a Estados Unidos…” La noticia es diaria y causa gran impacto. Vienen huyendo de territorios “calientes” y buscan lugares “frescos”. No debemos olvidar que son sólo la quinta parte de quienes, ya mayores, siguen cruzando masivamente esa misma frontera buscando trabajo, asilo, refugio y huyen de este territorio “calentado” por tantas violencias, también la sexual, que fue y sigue siendo Centroamérica.

José Luis Rocha

Centroamericanos en busca de asilo: suena a titular de primera plana de un periódico de los años 80. Los acuerdos de paz que las fuerzas en conflicto firmaron entre 1988 y 1996 parecen haber desplazado la figura del refugiado al rincón de los cachivaches anacrónicos. La “Contra” y el FSLN inauguraron en Sapoá la racha de acuerdos. La Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) y el gobierno de Guatemala cerraron el ciclo con el “Acuerdo de paz firme y duradera”, cuyo nombre pomposo y esperanzador remachó la retórica apertura hacia una época inédita, donde sería ya irrelevante seguir hablando de refugiados.

Pero, contra todo pronóstico, la búsqueda de asilo ha regresado. La compulsión expulsora atribuida a la mano invisible del mercado está cediendo protagonismo a la visible -aunque impredecible y por ello más peligrosa- mano armada de militares, narcos, sicarios, delincuentes comunes y mareros.

ALERTA HUMANITARIA:
MENORES SOLOS EN LA FRONTERA

El refugio es Estados Unidos. Los que huyen son hondureños, guatemaltecos y salvadoreños. Entre ellos están los niños. Las evidencias de esta tendencia son contundentes. ACNUR y la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos no son los únicos, pero sí los más conspicuos actores que han tomado nota del abrupto salto en la cantidad de menores de edad no acompañados que fueron detenidos por las autoridades migratorias estadounidenses: de 6,800 entre 2004-2011 a 13 mil en 2012 y a más de 24 mil en 2013. En 2014 se esperan entre 60 y 90 mil, según un memo de la Border Patrol que llegó a “The New York Times”.

A inicios de junio de 2014 el arribo de menores indocu¬men¬tados fue de tal magnitud que, habiendo desbordado la capacidad de las instituciones que habitualmente los reciben, el Pentágono habilitó las bases militares de Fort Sill (Oklahoma), San Antonio Lackland (Texas) y Ventura County (California) para alojar a 1,800 menores no acompañados. Apremiado por el súbito incremento, el Presidente Obama convocó a un esfuerzo federal coordinado para hacer frente a la que llamó urgent humanitarian situation.

En 2008-2013, el 54% de esos menores no acompañados aprehendidos fueron guatemaltecos, hondureños y salvadoreños, un peso porcentual cuya desproporción sólo se hace patente al contrastarlo con el 29% que -en el total de remociones- representan los deportados de esas nacionalidades. Entre 2008 y 2011 el número se mantuvo relativamente estable: entre 4,357 y 3,933. En 2012 saltó a 10,146 y en 2013 se duplicó hasta llegar a 20,805.

El incremento de menores no acompañados -aunque mucho menos abrupto- también fue registrado por el Instituto Nacional de Migración de México entre los centroamericanos que deportó desde su territorio: de 1,946 en 2009 a 5,389 en 2013. El total de menores deportados en ese lapso pasó de 3,985 a 8,180, el 44% procedentes de Honduras. El peso de los menores en el total de deportados saltó de 6 a 11% y la proporción de menores no acompañados entre el total de menores subió 17 puntos: de 49 a 66%. El país con mayor índice de menores no acompañados sobre el total de menores es Guatemala, con 74% en 2013.

HUYEN DE LA VIOLENCIA

Existe una correlación entre la migración de menores y la polimorfa violencia que actualmente afecta a Honduras, Guatemala y El Salvador. Un informe de la Conferencia de Obispos Católicos reveló que en 2010 más del 50% de los menores de esos tres países detenidos por las autoridades estadounidenses declararon haber migrado para huir de la violencia. El mismo informe reveló que entre 2007 y 2011, según una muestra aleatoria, el 25% de los menores puestos al cuidado de Migration and Refugee Services de la Conferencia de Obispos Católicos había sido testigo directo de crímenes violentos, generalmente cometidos con armas de fuego. Entre los menores hondureños esa tasa llegó al 50%.



El informe también menciona un incremento de migración femenina de guatemaltecas a Estados Unidos, atribuible a la necesidad de escapar de la violencia, la violación sexual y la tortura, tendencia que UNICEF detectó en 2009: el crimen organizado y las maras causan pánico y angustia entre menores de 18 años. En 2013 la Conferencia realizó un nuevo sondeo entre los menores detenidos y envió una delegación -encabezada por el obispo de El Paso, Texas- a México y Centroamérica para realizar entrevistas y visitas a los albergues de migrantes. La delegación encontró que, de un total de 140 menores de México, Guatemala, El Salvador y Honduras que en 2011 se beneficiaron de los servicios de reunificación familiar de la misma Conferencia de Obispos, 41% dijo haber migrado para huir de la violencia.

Estos hallazgos se topan con la persistencia con que en Centroamérica se insiste en una migración económica. Por ejemplo, un sondeo de opinión del ERIC (Equipo de Refle¬xión, Investigación y Comunicación) de los jesuitas en Honduras, reveló que el 55.1% de los jóvenes encuestados no desea emigrar, frente un 44.8% que sí desea hacerlo.

Entre quienes indicaron su preferencia por emigrar al extranjero, las mujeres (78%) y los hombres (82%), señalaron que la causa es “la mala economía y la falta de oportunidades para mejorar sus ingresos en el país”. Una encuesta de OIM y UNICEF, aplicada en 2010, encontró que el 51.7% de los guatemaltecos migró para mejorar su situación económica, el 37.2% en busca de empleo y apenas el 0.6% por la violencia.

¿POR LA ECONOMÍA O POR LA VIOLENCIA?

El interesante estudio “La esperanza viaja sin visa”, de la UCA de El Salvador y el Fondo de Población de Naciones Unidas, señala que los salvadoreños migran por “carecer de oportunidades de trabajo, de una vida digna y de estudios y la violencia no se presenta siempre como un factor expulsor directo, sino más bien como un factor condicionante macro”.

Esta visión fue parcialmente corroborada por el número de Americas Barometer Insights (2014), dedicado a violencia y migración en Centroamérica. Aunque el texto concluye que la delincuencia parece contribuir a la ola migratoria, sobre todo si hay un incremento de personas que la experimentan de forma directa, también señala la reducida victimización de los hondureños, su bajísima propensión a sentirse inseguros en los barrios que habitan y sus mínimas intenciones de migrar: 23.2%, 18.9% y 11.4% en 2012.

Paradójicamente, según este informe la victimización en Honduras es apenas ligeramente superior a la de Costa Rica (17.5%), país que con un 29.7% supera en 6.5 puntos porcentuales la percepción de la inseguridad en Honduras.

De no ser tan completamente inverosímil este contraste entre el país que en 2013 ganó la triste reputación de ser el más violento del mundo (Honduras, con 90.4 homicidios por cada 100 mil habitantes) y el país reputado como “la Suiza centroamericana” (Costa Rica, con 8.5 homicidios por cada 100 mil habitantes), habría que tener a los hondureños por el pueblo más irresponsablemente desaprensivo del planeta y a los costarricenses por el más quisquilloso.

CIFRAS DE LA GEOGRAFÍA DEL MIEDO

Estas encuestas pueden estar mal diseñadas. O, por un prurito de representatividad estadística, no diseñadas para dar cuenta de la geografía del miedo. Los promedios nacionales de percepción suelen ser engañosos porque la violencia tiene una incidencia geográfica muy desigual. Aunque ahora Guatemala y El Salvador -con 39.9 y 41.2 homicidios por cada 100 mil habitantes- aparecen muy distantes de la guadaña de la parca que se cierne sobre Honduras, hay que tomar en cuenta que las tasas en sus capitales, las ciudades de Guatemala (116.6 en 2010), Tegucigalpa (102.2 en 2011) y San Salvador (89.9 en 2011), son muy altas y nada disímiles. Por eso es razonable suponer que muchos salvadoreños y guatemaltecos también migran para escapar de la violencia, y que los promedios nacionales maquillan una distribución desigual de la violencia.

Por lo que toca a Honduras, la priorización de una muestra territorialmente balanceada en las encuestas puede encubrir que la violencia se concentra en lo que la narcojerga denomina “plazas calientes”. Por esta razón, una muestra donde San Pedro Sula sólo sea ponderada según su peso demográfico, y no por su victimización y su peso en el flujo migratorio, producirá una imagen incompleta del espectro de la violencia y su influjo sobre las migraciones.

Con 187 homicidios por cada 100 mil habitantes, San Pedro Sula aseguró en 2013 su posición, por tercer año consecutivo, como la ciudad más violenta del mundo. Emplazada en la costa norte y considerada como la capital económica de Honduras, San Pedro Sula alcanzó el primer lugar en 2011 con 125 homicidios por cada 100 mil habitantes, lo mantuvo en 2012 subiendo a 174 y ascendió aún más en 2013.

Su reputación le gana -y se alimenta de- tenebrosos titulares en diarios de circulación mundial: “San Pedro Sula convulsiona de violencia”, “Siete de la noche, la hora más peligrosa en San Pedro Sula”, “Capital del secuestro en Centroamérica”, “Un infierno terrenal llamado San Pedro Sula”, “Una ciudad convertida en morgue”...

SAN PEDRO SULA:
“PLAZA CALIENTE”

La población no podía permanecer indiferente al “calentamiento” de San Pedro Sula. De ello tenemos algunos indicios. Por ejemplo, de los 238 hondureños atendidos en el comedor de la Iniciativa Kino para la Frontera -en Nogales, Sonora- entre septiembre de 2013 y marzo de 2014, el 21% (51 migrantes) provenían de esa ciudad, una cifra donde los sampedranos están sobrerrepresentados, puesto que las proyecciones con base en el último censo procesado nos dicen que en San Pedro sólo habita el 9% de los hondureños.

Existe una correlación entre esa sobrerrepresentación y otra: el hecho de que en San Pedro Sula se ubicaran en 2005 el 27% del total de armas registradas en Honduras. Otro indicio de la correlación entre violencia y migración -esclarecida por la geografía del miedo- la tenemos en el hecho de que las procedencias con más peso entre los hondureños atendidos por la Iniciativa Kino para la Frontera coincida con los departamentos más violentos que la socióloga hondureña Julieta Castellanos identificó en 2011, ordenados según la cantidad de asesinatos por cada 100 mil habitantes: Atlántida (149), Cortés (127), Copán (114), Colón (103), Ocotepeque y Yoro (97) y Francisco Morazán (88).

CIFRAS DE HOMICIDIOS POR SEXO Y EDAD

Otra razón por la que los promedios nacionales de la opinión pública o incluso de la victimización requieren un análisis desagregado para rastrear su impacto en las migraciones reside en la muy diversa distribución de la victimización y los riesgos por sexo y grupos de edad. En 2005, en El Salvador, la tasa de defunciones para varones de 15 a 29 años era de 392 por cada 100 mil habitantes. En contraste, las mujeres de ese rango presentaban una tasa de 84 por cada 100 mil habitantes. Esta diferencia se torna más acusada cuando se examinan las tasas de las defunciones por homicidios: 223 y 20, para varones y mujeres respectivamente. Cuando en El Salvador la tasa de homicidios era de 62.2, los varones de 15-29 años eran asesinados a razón de 223 por cada 100 mil habitantes. En Honduras, jóvenes -hombres y mujeres- de 15-24 años fueron en 2007 el 25.7% del total de las víctimas de homicidios.

EL TERROR TAMBIÉN TIENE ROSTRO DE VIOLADOR

En toda América Latina los homicidios se concentran en jóvenes de 15 a 29 años. El rango de edad de quienes tienen más probabilidad de morir asesinados y de quienes más migran es el mismo. Pero no sólo los adolescentes tienen motivos relacionados con la violencia para migrar: el terror no sólo tiene rostro de sicario y revólver en mano. También tiene rostro de violador, pocas veces superpuesto al de pandillero, más a menudo camuflado bajo la apariencia protectora de padre, padrastro, primo o tío. O tiene rostro de proxeneta. Y en ese caso las niñas y las adolescentes son las víctimas más frecuentes, aunque se barrunta que el machismo amordaza las denuncias de los varones.

En El Salvador la mayoría de las víctimas de abuso y explotación sexual comercial son niñas y adolescentes de 10 a 17 años. Solamente en Tegucigalpa, se registraron en 2010 dos casos diarios de violación sexual a menores de 14 años. A esto se suma que, de los casos denunciados en 2011 -una pequeña porción de los cometidos- sólo el 31% llegaron a requerimientos fiscales y procesos de investigación. Guatemala ofrece un cuadro muy parecido, según un informe de Médicos sin Fronteras: el 93% de quienes sobrevivieron a la violación sexual atendidas en 2011 fueron mujeres y el 64% adolescentes de 12 a 17 años para quienes la violación fue su primera experiencia sexual.

Ésas son justamente las edades de las menores no acompañadas que llegan en gran número a Estados Unidos. Dado que los países centroamericanos se están “calentando”, el bono demográfico -en el que tan cacareadas como vanas esperanzas ponen los tecnócratas- se muda en busca de lugares “frescos”.

Por lo que toca a la subestimación de la relación migración/violencia, concluyo que no se pueden ponderar con la balanza de los porcentajes nacionales las variables que se pretende correlacionar con la migración, un fenómeno cuyos protagonistas no son representativos de los promedios nacionales, sino de cierto perfil que están cincelando los múltiples rostros de la violencia y ciertas oportunidades.

TRES MOTIVOS DISTINTOS
CONVIVEN EN UN MISMO EMIGRANTE

Los mismos sujetos migrantes son puestos en un aprieto cuando son conminados, por encuestadores armados de boletas cuyas variables no son mutuamente excluyentes, a identificar con exclusividad simplificadora una sola causa de su salida del país.

Entre los migrantes que durante siete meses (septiembre 2013-2014) fueron atendidos por la Iniciativa Kino para la Frontera apenas entre el 4% y el 7% dijeron migrar por causa de la violencia. El resto mencionó sobre todo la falta de trabajo y la reunificación familiar. Pero la conversación directa, larga y tendida, con jóvenes migrantes me mostró allí, en ese lugar, que se repite una historia arquetípica: el plan de reunirse con su madre que hace años vive en Los Ángeles o Maryland, ya que en Guatemala u Honduras tienen más probabilidades de conseguir un balazo en la frente, como varios de sus conocidos, que un empleo decente, como casi nadie.

Las tres motivaciones pueden convivir en un mismo migrante: evitar la violencia, el desempleo y la separación familiar. Y algunos motivos pueden estar trenzados hasta imbricarse en uno solo, como observa Jeremy Slack, investigador de la Universidad de Arizona, al señalar que es casi imposible delimitar con nitidez las motivaciones. La extorsión -el impuesto que distintos grupos cobran- es un sable de doble filo que traslapa la violencia y lo económico.

ENTRE VIOLENCIA Y MIGRACIÓN
SÍ HAY RELACIÓN

Otras fuentes corroboran el nexo actual entre violencia y migración de centroamericanos. Children on the run, informe de ACNUR sobre niñez migrante no acompañada de Centroamérica y México, basándose en un sondeo entre 404 adolescentes migrantes no acompañados de 12-17 años bajo la custodia del Office of Refugee Resettlement, reveló que el 44% de los hondureños dijo haber sido amenazado -o ser víctima directa- de delincuentes armados, incluyendo mareros, cárteles y asaltantes.

En situación semejante se encontraba el 66% de los salvadoreños, quienes quizás, como el 35% de los salvadoreños atendidos por la Iniciativa Kino para la Frontera, provenían de San Salvador, la ciudad más violenta del Pulgarcito.

Es obvio que el método de ACNUR para establecer el vínculo entre violencia y migración es más efectivo que los sofisticados modelos estadísticos del Americas Barometer Insights. ACNUR recogió el testimonio de quienes ya migraron, y no la percepción de quienes permanecen en el país y se auto-atribuyen intenciones de migrar. Su diseño se hace cargo de la pluralidad de motivos para migrar.

LOS TESTIMONIOS QUE ESCUCHÉ
EN MI RECORRIDO

Recorrí la frontera mexicano-estadounidense desde Brownsville hasta San Diego, pasando por Harlingen, McAllen y El Paso en Texas y Nogales en Arizona, incluyendo, del lado mexicano, Ciudad Juárez en Chihuahua, Nogales en Sonora y Tijuana en Baja California. En todos estos lugares recogí muchos testimonios que dan cuenta del impacto de la violencia sobre la migración centroamericana. Durante las visitas a comedores y albergues para migrantes, abogados pro-bono y bufetes especializados en migración, nuevos y viejos activistas, organizaciones de base y de cúpula -grassroots y grasstop organizations-, sacerdotes y religiosas, laicos y funcionarios públicos, fui inundado con datos de primera mano de migrantes y de personas que tienen contacto con centroamericanos que recién cruzaron la frontera huyendo de la violencia.

El director de Casa Ozanam, en Brownsville, Víctor Maldonado, ha encontrado un aumento de centroamericanos que huyen del reclutamiento de los cárteles y de otros peligros. La abogada Kimi Jackson, de la South Texas Pro Bono Asylum Representation Project en Harlingen, señala que los menores escapan de la violencia en la familia o buscan reunificación familiar porque viven con tíos o abuelos que no pueden protegerlos de los pandilleros.

También experimentan persecución quienes son homosexuales, aunque en el caso de los niños no siempre es posible identificar ese motivo porque “tienen mucho miedo de hablar de eso”. Con más frecuencia sucede que los niños fueron testigos y denunciantes del asesinato de un hermano o de otro familiar y, en consecuencia, tienen buenas razones para temer una venganza.

HUYEN DE LAS PANDILLAS
Y DE LOS CÁRTELES DE LA DROGA

Katie Anita Hudak, directora de la ONG de abogados pro bono Las Americas, en El Paso, ha identificado que -desde 2012 o antes- adolescentes centroamericanos llegan a Estados Unidos porque huyen de las pandillas. La Washington Office on Latin America (WOLA) declaró en un informe de junio que los centroamericanos huyen de la tortura, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales.

WOLA hizo eco de un comunicado de la Comisión Interame¬ricana de Derechos Humanos (CIDH). En él se denuncia que entre 2010 y 2013 al menos 458 niños hondureños menores de 14 años murieron en circunstancias violentas. También recoge el informe de Casa Alianza: 271 jóvenes y niños con menos de 23 años de edad fueron asesinados en Honduras en los primeros tres meses de 2014. En atención a estas situaciones, la Diocesan Migrant and Refugee Services de El Paso tiene un programa para llevar casos de víctimas de la violencia que solicitan asilo.

Unos organismos identifican que la violencia como motor de la migración se destaca desde 2009, el año del golpe de Estado en Honduras. Otros señalan 2011, cuando las guerras entre cárteles se hicieron más cruentas en algunas áreas de Centroamérica. Todos coinciden en la dificultad para llevar los casos de asilo hacia el puerto del éxito.

ESTADOS UNIDOS: MECA PARA BUSCADORES CENTROAMERICANOS DE ASILO

Según un informe de ACNUR de 2013, de las 612,700 peticiones de asilo registradas en 2013 en los 44 países industrializados, 88,400 solicitudes en Estados Unidos convierten a ese país en el segundo más buscado por los aspirantes al asilo, después de Alemania. El 25% de las 17,590 solicitudes con que 2013 superó a 2012 se debió a los hondureños.

ACNUR informa: “Alrededor del 30% de todas las peticiones de asilo en Estados Unidos fueron presentadas por solicitantes de México y Centroamérica. La violencia generada por el crimen organizado transnacional, la violencia relacionada con las pandillas juveniles y los cárteles de la droga en algunas partes de Centroamérica pueden estar entre los factores contribuyentes que derivan en persistentes altos números de individuos de esta región que requieren el estatus de refugiado en los Estados Unidos de América”.

UNA MECA MUY POCO GENEROSA

Tasado según sus dimensiones demográficas, echando mano de un indicador del ACNUR que refleja la voluntad de acogida, Estados Unidos no resulta ser un muy generoso y hospitalario anfitrión. En 2009-2013 recibió un solicitante de asilo por cada mil habitantes, cifra que lo coloca en el lugar 29 de un ranking encabezado por Malta, con 20.2 aplicantes por cada mil habitantes, seguido por Suecia con su 19.2. Desde el ángulo de otro índice basado en las dimensiones territoriales, la posición de Estados Unidos no mejora: tuvo 28 refugiados por cada mil kilómetros cuadrados, una cifra nimia comparada con Malta (26,351), Líbano (12,968), Jordania (3,359), Ruanda (2,300), Holanda (2,049), Pakistán (1,869), Bangladesh (1,686), Alemania (1,657), Burundi (1,545), Suiza (1,233), Luxemburgo (1,114), Kenya (966), Uganda (816), Bélgica (720), Serbia (649), Austria (618), Inglaterra (614), Yemen (563), Ecuador (481),Togo (411), Turquía (342), Etiopía (332), Panamá (231), Suecia (208), Noruega (134), entre muchos otros países grandes y chicos, pobres y ricos, con alta o baja densidad poblacional, que han actuado con mayor largueza, sobreponiéndose a la presión territorial, demográfica o económica, para conceder refugio.

Los migrantes centroamericanos que huyen de la violencia se han arrimado a un árbol que a pocos refugiados cobija. Y el respaldo que sus pretensiones reciben de los organismos internacionales es peligrosamente variado. Sus esperanzas reciben una de cal y otra de arena.

La portavoz de OIM Niurka Piñeiro declaró que la OIM promueve campañas “para informar, tanto a los padres como a los jóvenes, de los peligros y de las verdades de Estados Unidos. Y eso significa que no va a haber tal amnistía”. En otra postura, ACNUR informa que el 56% de los menores que entrevistó requieren protección internacional. Los centroamericanos siguen llegando. Niños y niñas son cada vez más numerosos. ¿Tienen perspectivas de ver satisfechas sus esperanzas? ¿La violencia en Centroamérica y sus raíces ofrecen asideros para sus demandas de asilo? Lo veremos en un próximo texto.

MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO. INSTITUTO DE SOCIOLOGÍA DE LA UNIVERSIDAD PHILIPPS, MARBURG.

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