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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 377 | Agosto 2013

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Nicaragua

El Canal y la ilusión del desarrollo

Los economistas nicaragüenses están reflexionando sobre lo que significaría el Canal por Nicaragua. “Yo soy de los escépticos sobre la capacidad del Canal para sacarnos de la pobreza. Me coloco en el bando de quienes exigimos participar activamente en la clarificación de este proyecto, que puede terminar en algo positivo o en una aventura. Me inclino por lo último porque el proceso de realización habla de una improvisación alarmante. Se trata de una transformación del país, en términos ambientales, jurídicos, económicos, de Hacienda Pública y la forma como se ha hecho parece una broma”, dice en entrevista con “La Prensa” el economista Julio Francisco Báez. Escuchemos la voz, también alarmada, de otro.

Adolfo Acevedo

La clave del desarrollo de un país se encuentra en un proceso de permanente cambio dinámico de la estructura productiva y de la estructura del empleo. En ese proceso, los factores productivos, incluyendo la fuerza de trabajo, se van reasignando hacia actividades de cada vez mayor productividad, mayor valor agregado, de rendimientos crecientes a escala, de elevados encadenamientos hacia atrás y hacia adelante y de alto dinamismo de la demanda.

DÉCADAS SIN HACER ESE ESFUERZO

La asociación entre estructura productiva y crecimiento económico conlleva, como es obvio, implicaciones profundas de política económica. En la medida en que el desarrollo de un país esté íntimamente ligado a cambios en las estructuras productivas, una tarea esencial de la política económica es garantizar la capacidad de la economía de lograr una transformación productiva dinámica.

Los únicos países que desde mediados del Siglo 20 hasta hoy efectuaron el tránsito de países en desarrollo a países desarrollados, lográndolo en el lapso de unas cuantas décadas, lo consiguieron con un esfuerzo deliberado, sostenido y persistente de cambio estructural, que se mantuvo a lo largo del tiempo, avanzando tenazmente de un grado de intensidad tecnológica del aparato productivo a otro superior. No hay nada que sustituya ese esfuerzo.

En Nicaragua ni siquiera se contempla llevar a cabo un esfuerzo sostenido de desarrollo de largo aliento como ése. Al parecer, se considera que no rinde frutos suficientemente rápido, aun cuando la evidencia muestra que no hay nada más “rápido” que desarrollarse en apenas treinta años, como lo hicieron los tigres asiáticos.

Mientras en nuestro país han transcurrido décadas sin que se lleve a cabo ningún esfuerzo deliberado y sostenido de cambio estructural, se ha seguido alimentando la ilusión de que el desarrollo llegará con algunos megaproyectos que, casi de un día para otro, como por arte de magia y por sí solos, convertirían a Nicaragua de un país atrasado y pobre en un país desarrollado y próspero.

EL CANAL: UN ENCLAVE PRIVADO

Estamos en la obligación de esclarecer si un megaproyecto como el del Canal interoceánico está en capacidad de contribuir al proceso de desarrollo. Es cierto que el proceso de construcción de las obras de un Canal interoceánico tendría como efecto un importante auge temporal de la actividad económica, aunque de ese auge debe excluirse el impacto de la maquinaria y de todo el componente importado que suponen obras tan grandes, que podría llegar a superar el 70% de la inversión.

Por el efecto directo y multiplicador de las inversiones efectuadas, ese auge temporal de ninguna manera resultará equivalente a un esfuerzo de desarrollo del país que sea autosostenible en el tiempo. Y ese auge acabará inevitablemente al culminar la ejecución de las obras de construcción.

Cuando acaben las obras, el Canal quedará reducido a un poderoso enclave privado relativamente autosuficiente, capaz de abastecer al propio personal que labore en él, como ocurre en el caso de la Zona del Canal de Panamá. Será un enclave separado para todo propósito del resto de nuestro país, sin muchos encadenamientos con el resto de la economía. Además, cuando ya esté funcionando, por ser una empresa altamente intensiva en capital, el Canal no demandará mucha fuerza de trabajo para operarlo.

LO QUE NOS QUEDARÁ

Hay otro problema. Si la fase de construcción del Canal se acompaña de los efectos de la conocida “enfermedad holandesa” -lo que será inevitable por la magnitud de las entradas masivas de capital-, esto implicará que las actividades transables -la actividad agropecuaria, la agroindustrial y la industrial- dejarán de ser competitivas por la masiva revaluación cambiaria que se producirá. Esa masiva revaluación cambiaria es diametralmente opuesta a lo que se requiere para promover un proceso positivo de reestructuración productiva. Se opone también a la necesidad que tiene Nicaragua de transformar el tipo de inserción que tiene hoy en la economía internacional.

Para lograr la transformación que necesitamos, Nicaragua requiere mantener un tipo de cambio real alto y relativamente estable que promueva la orientación de los recursos hacia los sectores exportables y hacia los que sustituyen importaciones. Con una permanente “enfermedad holandesa” -un tipo de cambio real que impida la competitividad externa de la mayoría de las actividades económicas nacionales potencialmente transables-, el proceso de cambio estructural de la economía quedaría bloqueado. Y, como resultado, en vez de un proceso de permanente diversificación de la estructura productiva y del empleo hacia actividades de cada vez mayor productividad, de mayor valor agregado, hacia un elevado dinamismo de la demanda interna y externa y hacia una alta densidad de encadenamientos intersectoriales, lo que tendríamos sería un gigantesco enclave de alta tecnología, con muy limitada generación de empleo, en medio de una economía rezagada, dependiente de las migajas que nos deja el Canal.

ENTRAMPADOS EN UN CÍRCULO VICIOSO

Pero hay más. Al terminar el auge temporal, a la economía del país -a la que el enclave canalero privado no se integraría-, podría sobrevenirle una depresión y un agudo estancamiento. Es lo que ha ocurrido en tantos otros lugares del mundo a lo largo del tiempo. ¿Quién recuerda hoy la ciudad boliviana de Potosí, que en el siglo 16 tenía calles empedradas de plata durante su fase de auge?

Ningún país se ha desarrollado a partir de enclaves de alta tecnología. Ese tipo de enclaves, precisamente por su elevada densidad de capital, generan una cantidad muy limitada de empleos. Y cualquier aumento en la productividad de un número tan limitado de trabajadores se ve contrarrestado por la presión a la baja de la productividad que el enclave provoca en la mayoría de la fuerza de trabajo, que seguirá ocupada en actividades de muy baja productividad.

Por sus limitados encadenamientos, estos enclaves tampoco tienen capacidad de arrastrar tras de sí y de manera dinámica al resto de la economía. Y como en ese resto de la economía la mayoría del empleo seguirá siendo generado por actividades de baja productividad, la economía en su conjunto continuará entrampada en el círculo vicioso que ahoga su desarrollo.

DEBEN EXPLICAR POR QUÉ

En estas condiciones, Nicaragua ni siquiera podría apropiarse de la renta diferencial internacional resultante del aprovechamiento de la ruta canalera. Un Canal interoceánico, ciertamente, abarata los costos del transporte marítimo internacional. El dominio de un recurso así, que reduce el costo del transporte por debajo del que tendría si no existiera el Canal, puede generarle una ganancia extraordinaria al país que ofrece las condiciones naturales para que esa obra se realice. Quien posea en monopolio, y como base de esta obra la geografía que permite abrir el canal, puede apropiarse de ese beneficio como renta. El país que tenga en patrimonio esas condiciones naturales puede capitalizar esos beneficios. Si la demanda de un nuevo Canal interoceánico es tan sentida como se argumenta, el país que posee el recurso geográfico para abrirlo tiene la posibilidad de licitar la concesión para su construcción negociando con los inversionistas que participarán en la obra los mejores términos para el país.

Pero cuando se entrega a terceros, con apresuramiento y sin licitación, el derecho exclusivo de propiedad, posesión, explotación y usufructo de la ruta del Canal, se le otorgan de antemano condiciones extremadamente onerosas y, sin mayor justificación, se renuncia a una participación adecuada en la renta del recurso natural que es patrimonio nacional. Debería existir una explicación muy convincente de por qué el gobierno de Nicaragua ha renunciado con tanta facilidad a aprovechar en su máximo beneficio la explotación de un patrimonio que podría representar una fuente clave de recursos para financiar el esfuerzo de desarrollo del país.

UNA ENTREGA DE LA SOBERANÍA

En el acuerdo suscrito por el gobierno de Nicaragua se le ha otorgado al concesionario el derecho a los beneficios totales de la operación y se le ha eximido de pagar cualquier impuesto por un siglo. Nicaragua no compartirá la renta de su patrimonio porque el acuerdo establece que esa renta será apropiada íntegramente por los concesionarios, libre absolutamente de cualquier gravamen. En términos de beneficios compartidos, a duras penas el acuerdo marco firmado por Nicaragua establece que el concesionario “procurará” que se entregue a la Autoridad del Canal un 1% de las acciones del mismo anualmente, sin que eso signifique contraer la obligación expresa de transferir efectivamente esas acciones, más allá de “procurar” que así se haga.

No existe tampoco ninguna garantía de que eso ocurrirá. Porque en el acuerdo suscrito el concesionario no le otorga a Nicaragua absolutamente ningún tipo de garantías por los daños y costos ambientales, sociales o de cualquier índole que pueda imponerle a nuestro país. Tampoco asume el concesionario ningún tipo de responsabilidades, ni económicas ni civiles ni penales, mientras que sí recibe del Estado nicaragüense todo tipo de garantías. El Estado, incluso, renuncia irrevocablemente a la inmunidad soberana ante el concesionario.

Entregar derechos exclusivos y totalmente discrecionales a inversores privados sobre los principales cuerpos de agua de Nicaragua para su explotación, desviación, reducción, o lo que fuese necesario, debería ser una de las mayores preocupaciones ante lo que ha ocurrido. Resulta claro que esta disposición compromete gravemente nuestras futuras fuentes de agua potable. Y sabemos ya que en el futuro, el agua potable será un recurso mucho más escaso y valioso que cualquier infraestructura canalera. Disponer de agua es un derecho indisolublemente ligado a la vida en lo que esta tiene de más esencial y fundamental, porque sin agua no hay vida.

Llama también la atención que, antes de definir siquiera la zona geográfica que abarcará la concesión y la franja del territorio que cubrirá, y antes de que existan estudios de factibilidad y de impacto, se hayan otorgado derechos exclusivos a ejercerse con total discrecionalidad del concesionario privado, no sólo sobre cuerpos de agua, también sobre el resto de recursos naturales, sobre el espacio aéreo, terrestre y marítimo, sobre activos y propiedades públicas y privadas. Llama la atención que en el acuerdo el Estado nicaragüense renuncie incluso al papel exclusivo del Ejército en la defensa y protección del territorio del país, según establece la Constitución, cediéndole ese papel a quien el concesionario estime conveniente y a su entera discreción. Llama la atención que el Estado nicaragüense comprometa reformas a la propia Constitución en todo lo que el concesionario considere conveniente según sus intereses.

También resulta muy llamativo que, aunque no haya antecedentes que demuestren que la empresa del concesionario tiene reputación y experiencia internacional en la construcción y operación de obras similares, aun así se le concedan derechos que equivalen a la exclusividad soberana.

DEBEMOS PREOCUPARNOS

Un proyecto de esta magnitud no puede evaluarse exclusivamente desde la óptica de los limitados intereses privados y desde las oportunidades de riqueza privada que este proyecto trae aparejadas. Un proyecto de semejante envergadura y alcances tiene implicaciones mayúsculas, presentes y futuras, que exceden con mucho cualquier interés privado. Nos corresponde, pues, a todos los ciudadanos y ciudadanas preocuparnos muy seriamente por las implicaciones que para la sociedad en su conjunto tiene ya hoy el acuerdo canalero. Y muy en particular, nos corresponde preocuparnos por las consecuencias que tendrá para nuestro futuro como país y como sociedad.

ECONOMISTA INDEPENDIENTE.

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