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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 375 | Junio 2013

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Panamá

Un retrato de la juventud ngäbe que emigra de la Comarca

Durante tres años atravesé una y otra vez la frontera entre Panamá y Costa Rica, de ida y de regreso, y visité una y otra vez las colonias del pueblo ngäbe asentadas en distintas ciudades panameñas, para conocer los cambios que están experimentando los ngäbe, y muy especialmente las ngäbe, al migrar. De todo eso da cuenta esta investigación, de la que aquí presentamos algunos hallazgos.

José Idiáquez

El grupo étnico más numeroso en Panamá (59.3% de la población indígena panameña) es el pueblo ngäbe. En muchos textos se habla de los ngäbe-buglé como si fueran un único grupo étnico, pero son dos pueblos indígenas con idiomas distintos, mitos e historias diferentes, que viven en un mismo territorio: la Comarca Ngäbe y Buglé, territorio deslindado en 1997 de las provincias de Bocas del Toro, Chiriquí y Veraguas.

La represión oficial contra la población ngäbe, que en julio de 2010 y febrero de 2011 y 2012 luchó para evitar que mineras e hidroeléctricas se establecieran en la Comarca afectando su medio ambiente, y la xenofobia de algunos sectores panameños contra la población inmigrante no son acciones accidentales o “errores” coyunturales. Se trata de un continuo, de un engranaje diseñado a lo largo de las diferentes etapas históricas y socioeconómicas que ha vivido Panamá. En la actualidad, la resistencia ngäbe continúa y la emigración forzada, hacia Costa Rica o desde su Comarca hacia otras ciudades panameñas, como su estrategia de sobrevivencia, es una nueva expresión de la cultura de este pueblo.

UNA POBREZA ABISMAL

Desde el tiempo de la Colonia española el pueblo ngäbe habitaba en los actuales territorios de Panamá y de Costa Rica. Con el Tratado Arias-Calderón (1941) se definieron las fronteras entre ambos países. Los ngäbe asentados en el lado de Costa Rica enfrentaron muchas dificultades para ser reconocidos como ciudadanos costarricenses. Y los ngäbe ubicados en el lado de Panamá siguen experimentando rechazo y abandono como ciudadanos de segunda.

La pobreza en las áreas en que habitan los pueblos indígenas en Panamá sólo se puede describir como abismal si tomamos en cuenta que más del 95% de los residentes en esas áreas sobreviven en condiciones que los colocan por debajo de la línea de la pobreza. La exclusión social, la pobreza y la no rentabilidad económica según la visión empresarial configuran la triple cruz que violenta la vida de las comunidades indígenas en Panamá.

LA FRONTERA
ES PUNTO DE ENCUENTRO

20 mil ngäbes se movilizan anualmente de Panamá hacia Costa Rica. Esa movilización inició con la decisión de “aventurarse” a cruzar la frontera. Hay 28 “rutas” o caminos por donde la gente ngäbe “baja” para ir a los cortes de café en el país vecino. Dependiendo del lugar desde el que inician la travesía tardan en llegar entre 5 y 24 horas. Se calcula que esta travesía les cuesta unos 20-25 dólares por persona. Coto Brus y Los Santos son las dos áreas principales de destino.

El pueblo ngäbe emigra a un país, Costa Rica, en el que la mayoría de la gente ignora la presencia indígena. Tanto los ngäbe panameños o los guaymíes costarricenses son vistos por la población no indígena de Costa Rica como gente atrasada y, por eso, son discriminados.

A través de la historia, y en la actualidad, en las olas migratorias transfronterizas hacia Costa Rica, el indígena ngäbe fue siempre catalogado como mano de obra barata, un trabajador dócil, fácil de manipular, analfabeto, para ser contratado temporalmente. La población ngäbe se incorpora al mercado de trabajo costarricense con desventajas, no sólo ante los nacionales, también ante otros inmigrantes. En Costa Rica sólo tienen acceso a atención básica en salud, pero no a seguridad social. Están insertos laboralmente e invisibles socialmente.

No llegan “a quitarle el plato de comida” a los costarricenses. Más bien, aportan a su economía -son agentes de desarrollo- y fortalecen la diversidad cultural de esa sociedad, que se ve obligada a repensar conceptos políticos fundamentales: ciudadanía, convivencia, identidad y la gestión del espacio público.

Para los ngäbe, como para quienes habitan a ambos lados de ella, la frontera no es sólo una barrera, es también un punto de encuentro. Para la juventud ngäbe la frontera se ha convertido en una nueva identidad que se consolida a través de idas y vueltas entre la Comarca ngäbe en Panamá y las áreas cafetaleras de Costa Rica. Después de años de este ir y venir muchos jóvenes se sienten vinculados a ambos lugares. Ese sentimiento es más fuerte cuando tienen familiares que han decidido quedarse en Costa Rica. No sucede lo mismo con los ngäbe adultos, que mantienen una vocación agrícola y están muy apegados a sus tierras en la Comarca.

IMPORTANTES CAMBIOS CULTURALES

El fenómeno migratorio hacia Costa Rica y las migraciones desde la Comarca hacia la capital de Panamá y a otras ciudades panameñas están influyendo significativamente en cambios importantes en la cultura del pueblo ngäbe en áreas tan sensibles como la familia, el matrimonio, el protagonismo de las mujeres, la educación, la política, la religión…

La experiencia migratoria a Costa Rica, la inserción laboral en las áreas urbanas de Panamá y la incorporación a estudios universitarios de las mujeres ngäbe les ha posibilitado adquirir nuevos conocimientos sobre la sexualidad, el embarazo, el matrimonio…También han adquirido una mayor conciencia de los derechos de los pueblos indígenas y de los derechos que tienen como mujeres migrantes e indígenas. Esta toma de conciencia explica el rechazo generalizado que muestran hoy las jóvenes ngäbe contra el machismo, el alcoholismo y la violencia en los hogares y el liderazgo que algunas mujeres ngäbe ejercen en la lucha por abrirse espacios en el mundo urbano.

No es tarea fácil, ni en el entorno de la Comarca ngäbe ni en el ámbito nacional ni en el espacio de la migración transfronteriza, construir una convivencia social donde se respeten los derechos de las mujeres y de la juventud indígena, como tampoco es fácil la convivencia de las jóvenes y las mujeres con la tradición de su pueblo.

EMIGRAN POR FALTA DE OPORTUNIDADES

Panamá es un país pluricultural, plurilingüe y multiétnico, en el que habitan siete grupos étnicos: Ngäbe, Buglé, Guna, Wounaan, Emberá, Naso (Teribe) y BriBri. Según los resultados -bastante cuestionados- del XI Censo Nacional de Población y VII de Vivienda del Instituto Nacional de Estadística y Censo (INEC) de la Contraloría General de la República, realizado en mayo 2010, la población total panameña es de 3 millones 405 mil 813 personas. De ese total, un 12.7% (417 mil 559 personas) son indígenas y un 9.2% (313 mil 289 personas) son afrodescendientes.

En teoría, el Estado panameño reconoce a casi todos los territorios indígenas y a su administración a través de la legalización de las Comarcas. Pero en la práctica, y a pesar de la obligación constitucional, el Estado panameño ignora esas normas jurídicas y no cuenta con una política que asuma con seriedad el desarrollo productivo y social, la cultura, la educación, la salud y los derechos de los pueblos indígenas. Una muestra clara de esa ausencia de voluntad política de las autoridades gubernamentales es la falta de oportunidades que fuerza a emigrar, fundamentalmente, a niños, niñas, adolescentes, a jóvenes y a mujeres ngäbe. Los flujos migratorios internos y la emigración hacia Costa Rica ponen en evidencia la exclusión, la discriminación, el estado de abandono y la pérdida de derechos impuesta al pueblo ngäbe por los gobiernos de turno.

“A LAS CHOLITAS NGÄBE
LAS VES POR TODOS LADOS”

En la capital, como en las capitales de otras provincias panameñas, asistimos al surgimiento de una población indígena urbana con una visibilidad indiscutible, a pesar de los obstáculos que han tenido que enfrentar para ser aceptados. Carmen, empleada de una tienda en un centro comercial muy concurrido de Panamá, lo expresa así: Tengo quince años de trabajar en esta tienda y hace tres años no se veía por aquí tanta cholita ngäbe con su traje. Ahora las ves en los supermercados y hasta en el aeropuerto y las encuentro cuando me toca trabajo en la tienda que está en Tocumen.

El mayor porcentaje (51%) de quienes migran de la Comarca a la ciudad oscila entre los 15-34 años. Un 23%, con 5-14 años es también porción significativa entre la fuerza de trabajo recolectora de café que cruza la frontera hacia Costa Rica.

El joven o la joven ngäbe que se traslada a la ciudad siente que vive entre dos mundos: el de la ciudad, que le permite un mayor acceso a medios de comunicación (Internet, cine, celulares, ipod, televisión) y a bienes de consumo, y el de su etnia, que quedó en la Comarca. Cultura e identidad difícilmente se pueden separar. Una característica fundamental de la identidad es su capacidad de permanecer en el tiempo y el espacio. La identidad de esta juventud enfrenta la tensión entre la continuidad y la discontinuidad, entre la permanencia y el cambio. El abandono de ciertos elementos culturales no implica necesariamente la renuncia a su identidad étnica. Puede ser una estrategia de sobrevivencia para ser aceptados en su nuevo entorno o una exigencia para su inserción laboral.

La mayoría de adultos y jóvenes que entrevistamos nos han transmitido su orgullo de ser indígenas del pueblo ngäbe. Sin embargo, no es nada fácil luchar por los derechos culturales y la identidad étnica en un mundo que les es hostil. De ahí la importancia de distinguir entre cultura objetiva -vestimenta, comidas, utensilios de trabajo- y cultura subjetiva, que hace relación a lo invisible, a lo simbólico, a lo menos tangible, pero que es lo más poderoso por ser el corazón y el alma de la persona y de su grupo étnico. Por eso, la defensa de sus normas de conducta, sus valores, su religión, su lengua, está en la base de los malentendidos entre la cultura nacional y la cultura de los pueblos indígenas del istmo y de los problemas de incomunicación que a menudo terminan en actos violentos.

“TIENEN COSTUMBRES EXTRAÑAS”

La población ngäbe es numéricamente minoritaria en relación a la población nacional no indígena que también emigra a las barriadas marginadas de la capital panameña. A pesar de ser minoría, la presencia ngäbe adquiere una relevancia especial cuando interactúan con otros grupos étnicos. Es el caso de un barrio marginado del oriente de la ciudad de Panamá. A un sector de esa barriada se le conoce como “la Comarca”. Cuando preguntamos por qué nos dijeron: Porque ahí viven cholos ngäbe, buglé y gunas. Entre y verá que todos son indios. Nos pareció interesante concentrar nuestra investigación en esa zona. Siguiendo la ruta ngäbe, constatamos que ese mismo proceso de interrelación étnica, con sus variantes, se da también en barriadas marginales de Veraguas, Chiriquí y Bocas del Toro.

En otra pequeña área urbana capitalina encontramos interactuando a población guna, ngäbe, buglé, a afrodes¬cendientes de la provincia de Colón y Bocas del Toro, a chinos y a campesinos que han emigrado de las provincias centrales, de Herrera, Los Santos, Veraguas y Coclé.

Don Ramón, quien trabaja en una sastrería y que hace veinte años emigró a Panamá desde Guararé, provincia de Los Santos, es un buen representante de la visión que la población campesina tiene sobre la población ngäbe: Estos cholos van y vienen. Los indios siempre se mueven de un lado al otro. No paran todo el año. Así es el modo de ellos y ahora los encuentras por todas partes. Tienen costumbres extrañas. Las mujeres se visten diferente, no se les entiende lo que hablan.

Los ngäbe que habitan en las barriadas comparten con el resto de la población pobreza, desempleo, violencia y los conflictos cotidianos que se viven en la ciudad, pero el resto los considera “extraños”. En Panamá, algunas palabras -chombo, indio, cholo, ngäbe, guna, machigua, inmigrante, refugiado- se han codificado y convertido en etiquetas con una fuerte carga emocional, generando automáticamente fobias y respuestas prejuiciosas.

“HUELEN MUY MAL”

La experiencia de opresión y discriminación étnica y de clase puede ser personal o grupal. Es el caso de la población ngäbe que ha emigrado a Isla Colón en la provincia de Bocas del Toro.

En el barrio “La Solución” vive una población de unas 30 mil personas entre indígenas teribes, campesinos bocatoreños, chiricanos y población afro. Los ngäbe son un 75% de los pobladores. Sus casas están ubicadas en un manglar, condenados a respirar el fuerte olor a basura de un vertedero que pudre sus contenidos en el agua, en la que abundan excrementos humanos y de animales. Tienen que caminar sobre tablones y si pierden el equilibrio no pueden evitar el contacto con aguas contaminadas. Durante nuestra investigación, es ésta la población ngäbe que encontramos sobreviviendo en las peores condiciones.

En una casa, un grupo de mujeres ngäbe, en su mayoría jóvenes de 18-25 años, se reúnen para alimentar a sus niños y comentar los problemas que diariamente enfrentan para sobrevivir. Además de las luchas diarias, les preocupa la posibilidad de ser desalojadas. Emilia nos explica: Bastantes años atrás se dice que van a desalojarnos porque quieren hacer aquí algo para el turismo. Y algunas familias ngäbe tienen veinte años de estar aquí.

El hecho de vivir en un manglar convertido en vertedero y junto a una fosa séptica provoca discriminación. Cuando se pregunta por el barrio “La Solución” inmediatamente se relaciona a los ngäbe con la inmundicia, con lo que contamina. Un empleado del Ministerio de Salud de Isla Colón nos dijo: En el barrio La Solución están los ngäbe. Allá empiezan y terminan las enfermedades contagiosas. Algo parecido escuchamos en el corregimiento de Volcán, en la provincia de Chiriquí, mientras esperábamos un bus que nos trasladara de Volcán a David. Cuando llegó, la gente nos aconsejó: Si quiere llegar con piojos y hediondos a humo tome ese bus, ahí sólo van indios ngäbe, esos cholos que cortan café. Tienen muchos piojos y huelen muy mal.

DERECHOS CULTURALES Y ECONÓMICOS

En su libro “Pureza y peligro”, la antropóloga británica Mary Douglas analiza los conceptos de contaminación y tabú. Y con mucha agudeza nos hace ver cómo las creencias en el peligro de la contaminación están presentes en las deslegitimaciones y reivindicaciones sociales. Si trasladamos esa reflexión al mundo de los ngäbe de “La Solución”, su desalojo no será visto como una injusticia por el resto de habitantes. Desalojarlos para construir un Centro Marítimo para turistas implicará el fin de un foco de contaminación. Para los inversores, pequeños comerciantes y para la población desempleada significará oferta de empleo y buenos negocios. Y sobre todo, significará limpieza y orden.

En ningún momento se toma en consideración el fenómeno migratorio interno como expresión de la injusta distribución de la riqueza en Panamá. Ni mucho menos se ve el desplazamiento de los indígenas ngäbe como un correctivo a la desigual distribución de los bienes, teóricamente destinados a toda la población del istmo. De ahí la importancia que tiene conectar siempre los derechos culturales en los que se reivindica la política de la diferencia con la apuesta por los derechos económicos que buscan una política de la igualdad. Y para realizar este ejercicio es necesario vincular el lenguaje de los derechos con el lenguaje de la discriminación, desenmascarando el hecho de que, a pesar de tener derechos similares, los indígenas ngäbe no tienen en Panamá las mismas posibilidades de movilidad social ni de ubicación pública que tienen los no indígenas.

“NO SOMOS PARA EL ESTUDIO”

El traje ngäbe simboliza suciedad. Para librarse de esa suciedad es mejor evitar el contacto. Hilda, una joven mujer ngäbe, describe así la experiencia de rechazo que ha vivido: Los ngäbe estamos acostumbrados a escuchar que los indios no somos civilizados, que somos borrachos, haraganes y sucios. Y que por eso siempre somos pobres. Esas ofensas las escuché desde que vine por primera vez de la Comarca. Me sentía nerviosa. No entendía el español. Vine a trabajar como doméstica a Santiago con gente que tiene mucho dinero.

Yo estaba callada cuando la patrona hablaba mal de los ngäbe. Ella me hizo el favor de darme trabajo y dormía y comía en su casa. Cuando le dije a la patrona que quería estudiar me dijo que mejor aprendiera a cocinar y a lavar bien. Que aprendiera a vestirme, porque las mujeres ngäbe siempre andamos con la misma ropa y sucio el cabello. Me dijo que en la escuela iba a perder el tiempo, porque los ngäbe no sabemos hablar bien español, no somos para el estudio. Y que por eso nunca progresamos. Me decía que regresaría de la escuela con una panza. A los ngäbe nos tratan como que fuéramos un capacho, esa ave que vive y duerme en el suelo, que vuela bajo y pone los huevos en el suelo.

EL PODER DE LA VIOLENCIA SIMBÓLICA

Para la patrona de Hilda, la mujer ngäbe está muy lejos de alcanzar los parámetros de sociabilidad considerados ideales para la clase dominante panameña. En sus juicios racistas se relaciona la pobreza con supuestas faltas de disciplina o con debilidades de carácter. Y al mismo tiempo que considera que deben enseñarles cómo sustituir sus inadecuados patrones culturales, la patrona mantiene para la mujer indígena un mínimo de inclusión que permita utilizarla: debe de aprender a cocinar y a lavar bien.

En esta relación está presente el concepto de “violencia simbólica” que emplea Pierre Bourdieu. Es esa violencia que genera sumisiones que ni siquiera se perciben como tales, es esa violencia que se ejerce con la complicidad del dominado. Hilda reconoce que le molestan los comentarios de la patrona y es consciente de que hay algo anómalo, pero se calla porque la persona que descalifica a su etnia tiene todos los poderes de los que goza la clase social dominante. Además, se siente en deuda con ella por el generoso favor que le hace al darle trabajo y permitirle comer y dormir en su casa. La bondad de la patrona permite que la violencia que ejerce sobre su empleada ngäbe no la vea ella como violencia.

La violencia simbólica tiene la fuerza de transformar las relaciones de dominación y de sumisión en relaciones afectivas. Para que sea exitoso, el poder simbólico requiere que los que están sometidos crean en su legitimidad y en la de quienes lo ejercen. Para Bourdieu, la violencia simbólica, más que la violencia física o cualquier otra forma de represión, se convierte en el principal mecanismo de reproducción social y en el medio más poderoso para el mantenimiento del orden.

MUJERES QUE ESTÁN CAMBIANDO

Se afirma que la feminización de los flujos migratorios internacionales está provocando cambios entre los inmigrantes en general y entre las mujeres en particular. Esto sucede también en las migraciones internas que están sucediendo en Panamá.

La inmigración femenina está produciendo cambios de identidad y de percepción de las mujeres sobre sí mismas, sobre las relaciones de género y sobre los roles familiares. Realizar el proyecto migratorio en solitario o con su pareja, desligarse del núcleo familiar y abandonar la vida de la Comarca, contar con una nueva experiencia laboral, tomar la iniciativa en la búsqueda de recursos, construir nuevas relaciones, emprender luchas por defender los derechos de sus hijos en la escuela y sus derechos en los centros de salud, entre otras actividades, están revelándoles a las mujeres ngäbes -en muchos casos minusvaloradas- nuevas facetas de sí mismas y de sus capacidades personales.

Los análisis del PNUD que aparecen en el Atlas de Desarrollo Humano y Objetivos del Milenio 2010 indican que en Panamá, a pesar de los avances, continúan las dificultades para alcanzar un desarrollo integral. En 2010, entre 169 países estudiados, Panamá mejoró su índice de desarrollo humano situándose en el escalón 54, pero al medir la desigualdad de género el país cae al puesto 81.

“ELLA CONOCE MÁS GENTE QUE YO”

El estereotipo social mujer–ama de casa y hombre–figura pública de poder sigue teniendo mucho peso en la sociedad panameña. En el sector rural ese estereotipo se encarga de hacer invisible la sobrecarga de trabajo que tienen las mujeres en la parcela y en el hogar. Esa sobrecarga es común en la estructura familiar y productiva de la población ngäbe, donde las mujeres son productoras de alimentos, reproductoras biológicas y reproductoras socio-culturales transmitiendo la lengua y los valores, hábitos, destrezas y capacidades que van formando una sólida identidad étnica.

El proceso migratorio se está encargando de acabar con el estereotipo social de la mujer ngäbe como ama de casa porque en los espacios urbanos está surgiendo un nuevo modelo familiar en el que las mujeres asumen un papel público y visible y los hombres han tenido que encargarse de los asuntos domésticos. La joven Madenays comenta: En la Comarca usted no ve a un hombre haciendo trabajo en el fogón, eso es sólo para las mujeres. Pero aquí en Panamá mi esposo tiene que calentar la comida y algunos domingos lava ropa de la niña que tenemos. Y su esposo, Bernardo, añade: Aquí en la ciudad nada es fácil. Yo crecí en el campo y allá todo es diferente. Mi compañera conoce más gente y lugares que yo de aquí en la barriada y de Panamá. Yo sólo conozco del trabajo a la casa. Y la mujer camina por todos lados.

Como reconoce este joven ngäbe, su compañera tiene más posibilidades de contacto con la población de acogida, lo que la convierte en una excelente agente que propicia la integración y mediación entre la familia que migra y el nuevo entorno urbano. Bernardo nos da un ejemplo muy concreto: Un hermano de mi esposa tiene problemas con el alcohol. Y ella habló con unos señores del grupo de Alcohólicos Anónimos de la barriada. Y ahora mi cuñado está con ese grupo. Y ha parado con el licor.

“NOS UNIMOS ONCE MUJERES”

Aunque toda la familia, como el resto de inmigrantes, vive entre dos culturas, las mujeres asumen la responsabilidad y el encargo de establecer nexos entre ambas. Eso las obliga a reinterpretar su función dentro y fuera del núcleo familiar. Y como promotoras de la integración intercultural tienen que ser agentes de su propia cultura y convertirse en puentes para tener acceso a la nueva cultura.

Este proceso de integración en los espacios urbanos está plagado de conflictos que las mujeres ngäbe deben superar para conjugar lo propio y lo nuevo de ambas culturas. La experiencia que nos narra Leonor lo ilustra de forma excelente: En la escuela a la que va mi hijo la maestra me llamó para decirme que no habla bien español. La maestra piensa que es mejor que mi hijo estudie en una escuela de la Comarca o en Chiriquí. Mi hijo estudia tercer grado en la escuela pública de este corregimiento.

Yo también tuve ese problema cuando estudié. Mi lengua es el Ngäbere. Ahora mismo estudio Licenciatura en Educación en la Universidad, aquí en Panamá. Yo le expliqué a la maestra que mi hijo está estudiando español en un programa que tienen las monjas en la parroquia en la que vivo. Ese programa es todos los sábados. Le dije que poco a poco mi hijo se irá adaptando a vivir en Panamá. Luego me enteré de que otras mujeres ngäbe han tenido el mismo problema con sus niños. Entonces, nos unimos un grupo de once mujeres. Algunas de ellas también van a la universidad y conocemos de las exigencias académicas. Y hablamos con la directora. Le dijimos que nuestros hijos tienen derecho a estudiar en cualquier escuela pública del país porque nacieron en Panamá, como todos los niños que viven en esta barriada. Ésa será una lucha para nosotras. Para las maestras es fácil decir que, como son ngäbe, entonces los niños no entienden las explicaciones. Y hay que echarlos de la escuela. Eso es discriminación porque somos indígenas.

Es novedoso y esperanzador la actitud de las mujeres ngäbe que se han atrevido a luchar por los derechos de sus hijos. Más novedoso aún descubrir que entre esas once mujeres que luchan, tres están estudiando en la universidad Trabajo social, Educación y Derecho.

LA ESCUELA QUE DISCRIMINA

Por propia iniciativa, y ante acciones excluyentes del sistema educativo, estas madres ngäbe se han convertido en mediadoras interculturales. Norma, una joven de 22 años, nos explica: Ahora mismo encontramos el camino para ayudar a nuestros hijos en la escuela. Y dijimos que si tenemos un problema iremos juntas a hablar con la maestra. Juntas nos sentimos acompañadas y con fuerza. Y las que no saben leer y tienen miedo de hablar van también y todas nos apoyamos. Para una ngäbe nada es fácil. Pero vamos aprendiendo que tenemos derechos y tenemos que hablar.

En el sistema educativo panameño no son pocos los docentes que funcionan con estereotipos y prejuicios sobre las minorías culturales que encuentran en el aula. Sus prejuicios sesgan sus impresiones, evaluaciones y modos de actuar con respecto a los estudiantes minoritarios.

La escuela, como una institución que es parte de un proyecto global de sociedad, tiene una cultura de referencia: la cultura del sector dominante panameño. Esa cultura de referencia es la que construye e impone las normas para decidir cómo se presenta la realidad panameña. Es la que decide qué hacer con el currículum y los procedimientos operativos para tratar con las personas y las cosas. Los factores socioeconómicos y políticos aseguran que los profesores estén en la misma frecuencia de la cultura de referencia.

Los conflictos surgen cuando esa cultura de referencia es diferente de la cultura de los alumnos, como sucede con los niños y niñas ngäbe. En este caso, la organización y el currículum no sólo son inapropiados, sino que los profesores, como personas formadas con los esquemas de la cultura de referencia, no cuentan con la suficiente preparación para comunicarse con los alumnos inmigrantes o indígenas, y no están capacitados para actuar con flexibilidad ante sus necesidades.

Autores como Henry señalan “la utilidad económica de producir grandes grupos de alumnos que se vean a sí mismos como fracasados y pasen sin quejarse a las posiciones más bajas de las estructuras del trabajo burocrático e industrial”. En nuestros países centroamericanos, un buen número de esos jóvenes son quienes encontrarán empleo en las maquilas o se verán obligados a realizar estudios técnicos -soldadura, mecánica, carpintería, costura, panadería- porque no cuentan con recursos económicos o porque se les ha dicho que no tienen capacidad para realizar estudios superiores.

LA ETNOGRAFÍA DEL AULA

Diversos estudios sociolingüísticos han mostrado que lo que califica a unas lenguas o estilos lingüísticos como inferiores o superiores es el estereotipo social y no los hechos objetivos. Dice el lingüista Dell Hymes: “Cuando se rechaza el habla de un niño, probablemente se le comunica ese rechazo al niño… Siempre se ha creído, y aun parecerá razonable para muchos, que el individuo estigmatizado es el que ha de realizar la adaptación. Cuando vemos las grandes limitaciones de este enfoque, lo que podríamos considerar su fracaso a gran escala, encontramos razonable insistir también en la adaptación de los que estigmatizan…Las actitudes son fundamentales, pero es obvio que la voluntad no lo es todo. El mejor profesor puede transmitir inconscientemente su rechazo a un niño negro mientras favorece a un niño blanco, simplemente a través de las diferencias en sus indicaciones a la hora de pedirle o prestarle atención… De ahí surge la necesidad de la etnografía del aula”.

La negación de la igualdad de oportunidades en la educación para los diversos sectores de la población es posiblemente la clave para entender los déficits de la educación en América Latina. Panamá no es la excepción. Cuando los etnógrafos han centrado sus investigaciones en las relaciones entre el personal de los centros educativos y en las formas en que se expresan los presupuestos, valores y estructuras de la cultura en las aulas, la escuela aparece como el espacio en el que se perpetúa la estratificación social basada en las clases sociales y en la etnicidad. Y han mostrado las dinámicas que limitan la igualdad de oportunidades. Una de esas dinámicas es la que Leonor explica cuando la maestra le aconseja que mejor se lleve a estudiar a su niño a la Comarca.

“SIN MI LENGUA ESTOY MUERTO”

El problema para el ngäbe urbano no se reduce al aula. La lengua Ngäbere se devalúa no sólo en la educación primaria, también en los espacios universitarios y en el mundo del mercado. La experiencia de Rodrigo, un estudiante de Educación, es significativa: Le dije a un profesor que quiero trabajar mi tesis sobre mi lengua Ngäbere. Yo quiero regresar a la Comarca y trabajar allá. El profesor me preguntó: ¿Qué vas hacer con tu lengua si sólo se habla en la Comarca? Aprende bien el español y el inglés. Entonces, sí que tendrás oportunidades de ganar buen salario. Con el Ngäbere, ¿quién te va a ofrecer un salario si ni se conoce? Sólo entre ustedes.

Eso me dolió porque me acordé de mi abuelo. Entonces dije al profesor que si me olvido de la lengua de mi abuelo estoy muerto. Allá en la Comarca cuando estudié primaria, los maestros que no eran ngäbe nos prohibían hablar Ngäbere. Nos decían que era una falta de respeto. Y no podíamos hablar ni en el recreo. Y yo no entendía eso porque tenía ocho años. Y yo no encontraba palabra en español y todo me salía en Ngäbere. Y me ponía nervioso cuando me preguntaba el profesor en español. Me sentía extraño y se reían los que no eran ngäbe. Algunos ngäbe ya no le quieren enseñar la lengua a sus hijos. Algunos ngäbe se sienten rebajados si utilizamos lo de nosotros los ngäbe. Y no tenemos que sentir vergüenza de cargar lo nuestro. Yo quiero morir hablando Ngäbere.

LA LENGUA NGÄBERE

La defensa que hace Rodrigo de su lengua está relacionada con su lucha por mantener su identidad ngäbe. Cada lengua es un sistema de interpretación de la realidad que posibilita la comprensión de la experiencia humana desde una visión del mundo (lo cósmico), desde lo humano (lo antropológico) y desde lo religioso (la trascendencia). El idioma no es simplemente un grupo de fonemas y morfemas, una forma de articular palabras, una forma de llamar a las cosas con un nombre. El idioma expresa la visión del mundo que tiene un pueblo.

En un cuestionario que aplicamos en un grupo focal a 34 jóvenes de último año de bachillerato y estudiantes universitarios, las mujeres ngäbe aparecieron como un bloque unánime en su deseo de continuar hablando su lengua y de transmitirla a sus hijos y a sus hijas. También valoraban la importancia de aprender el español como medio eficaz para defenderse en el mundo urbano. Los jóvenes varones no mostraron esa unanimidad.

Las lenguas de las minorías étnicas son las que disponen de mercados interiores reducidos, y por esa razón sus culturas son las que se encuentran más indefensas y expuestas a la penetración cultural. Es posible que esto esté en las mentes de los sociolingüistas que hacen pronósticos pesimistas para las décadas futuras, calculando que de las 6 mil lenguas que todavía se hablan en el planeta la mitad podría desaparecer en los próximos 50 años.

El Ngäbere (idioma ngäbe) proviene del llamado “tronco chibcha”. De los más de 260 mil indígenas ngäbe que hay en Panamá, según el censo de 2010, probablemente dos tercios hablan el Ngäbere. Con la imposición del español en las escuelas y la ausencia casi absoluta de la educación bilingüe, el manejo del idioma materno ha ido decayendo. La mayoría de jóvenes y niños lo hablan poco fuera de sus casas y casi ninguno lo lee o lo escribe. Con un panorama así, aun¬que en 2010 se promulgó una ley que oficializa la escritura de los idiomas originarios y obliga a la educación intercultural bilingüe, el futuro del Ngäbere es sombrío, por decir lo menos. La inmensa riqueza que guarda esta lengua se irá perdiendo poco a poco.

“SI VIVES LEJOS ES PEOR”

En la sesión 45 del Comité de la Convención de Naciones Unidas para la Eliminación de la Discriminación Contra la Mujer (CEDAW), celebrada en febrero de 2010 en Ginebra, una indígena ngäbe tomó la palabra para hablar a favor de que las mujeres indígenas obtengan mejor calidad de servicios cuando acuden a una institución de salud, ya que por su etnia son discriminadas.

Según datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Población, una de cada cinco mujeres embarazadas en Panamá es adolescente, lo que representa un 20%. En la Comarca es una de cada tres, lo que significa un 33.3%.

María, líder comunal de Müñüni, Kankintú, expresa su preocupación porque ha visto mujeres indígenas embarazadas que mueren por no tener atención médica ni buen control de su embarazo: Para las mujeres que viven muy lejos es peor. Se dan cuenta cuando se avisa por la radio. Marta, líder de la zona de Jelerabitdi (Müñä), añade: Hay lugares en la Comarca en que no tenemos centros de salud desde quince o veinte años atrás. Cuando una va se encuentra con una asistente que le ofrece algo para la gripe o una cosa así, pero si llega con algo urgente como que lo pica una víbora o algo así entonces se puede morir.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) señala que anualmente 5 millones de personas sufren mordidas de serpientes y unas 100 mil mueren por eso. En Panamá, el Ministerio de Salud en el año 2009 reportó 2 mil 203 casos de picaduras de serpiente, con una incidencia de 48 afectados por cada 100 mil habitantes.

“YA NO ME QUEDO CALLADA”

La discriminación en los centros de salud afecta a las migrantes ngäbe, particularmente a niños y mujeres, tanto en Costa Rica como en Panamá. En Costa Rica, en Coto Brus, una de las estrategias para enfrentar y dar soluciones -desde la diversidad étnica- a la mortalidad materno-infantil de las mujeres ngäbe fue recurrir a la medicina intercultural, haciendo participar a parteras en la atención a las labores de parto. Pero, por desconocimiento de la diversidad cultural y por recelos profesionales, esta iniciativa fue rechazada por el personal de obstetricia del hospital costarricense. En contraste, la escuela de enfermería de la Universidad de Costa Rica tiene un programa de interculturalidad y apoyan esta iniciativa, aunque no sin tensiones e incompren¬siones.

Rosa, una joven ngäbe de 20 años, comenta su experiencia en Coto Brus: Nosotras sabemos que hay gente que no nos trata bien, pero aquí en Costa Rica aprendimos que tenemos derecho a que atiendan a la mujer. Aquí escuchamos muchas charlas sobre nuestros derechos. Y vamos aprendiendo que se debe respetar nuestra cultura ngäbe. Y por eso vamos sin miedo a los centros de salud, aquí en Coto Brus o en Los Santos. Y cuando estamos juntas las mujeres nos animamos.

Lo que sucede en Costa Rica no es diferente de lo que las mujeres ngäbe viven en los hospitales y centros de salud de Panamá. Dominga, una joven de 23 años, comenta: Después que nació mi segundo hijo yo no quería nada en hospital ni centro de salud. Yo estuve muy grave y casi muero. Pero me sentía mal cuando una doctora me dijo que las mujeres ngäbe no hacíamos caso y no entendemos a lo que se nos dice en centro de salud. Y así se perdía el tiempo atendiendo a los ngäbe. Que por las cosas que hacemos en la Comarca, entonces tenemos infecciones.

Yo no entendía algunas palabras que la doctora decía de mi enfermedad. Yo le hablé de mi primer parto, que fue a las dos de la madrugada y que mi abuela que es partera me ayudó. Lo hizo todo en oscuro. Y solo tenía un poquito de alcohol, un poco de agua, una cuchilla y una paila. Y estaba lloviendo. Pero yo le dije a la doctora que en la Comarca no es como en la ciudad. Allá tiene que caminar mucho y si llueve es peligroso. Cuando te tratan así no da ganas de ir. Ahora ya no me quedo callada. He aprendido en talleres que los ngäbe debemos hablar. Y las mujeres siempre estamos calladas y eso no es bueno.

Las indígenas también perciben como real la amenaza de que los pacientes ingresados pueden ser violentados y los enfermos mueran por la mala atención. Pero no sólo por el maltrato que reciben, también por razones culturales. A Migdalia Bejarano, le enseñaron desde su niñez que la muerte va vestida de blanco: A los ngäbes nos enseñan que el color blanco tiene que ver con la muerte. A nosotras nos causa miedo soñar con gente vestida de ese color. Por eso también las mujeres ngäbe tienen temor de ser atendidas por médicos y enfermeras que utilizan uniformes blancos.

ES LA JUVENTUD
LA QUE ESTÁ PROVOCANDO CAMBIOS

La gente adulta ngäbe percibe los cambios en el modo de pensar y de actuar de la juventud como un “problema”. Los nuevos modelos asumidos por la juventud causan actitudes irrespetuosas en la familia y en la comunidad. Desde la visión de la juventud, son cambios urgentes y necesarios porque las mujeres ngäbe sufren el machismo de los hombres.

La juventud ngäbe ha vivido en la familia abusos de autoridad, actitudes represivas, limitaciones impuestas principalmente a niñas, jóvenes y mujeres, actos violentos a causa del alcoholismo, ausencia de comunicación. Todo eso está en la base del distanciamiento o rechazo que hoy sienten hacia la identidad ngäbe. En cambio, las relaciones positivas con los padres o con algún miembro de la familia -abuelas, abuelos, tíos, tías, hermanas o hermanos mayores- influyen decisivamente para identificarse positivamente con su etnia.

Hoy parecen ser los jóvenes y las jóvenes migrantes y la juventud ngäbe universitaria quienes ya se están haciendo cargo de provocar transformaciones profundas al interior de la etnia. Sin embargo, así como hemos encontrado jóvenes muy interesados en luchar por los pueblos indígenas de Panamá o por los cambios al interior de la etnia, y que han mostrado interés por el estudio, también hemos conocido a jóvenes que no muestran interés alguno por estos temas o por tener poco contacto con lo urbano o por no contar con recursos para estudiar.

En una encuesta realizada a 300 jóvenes ngäbe, mujeres y varones, que apoyan los cambios al interior de la etnia y de la familia, el 50% trabaja o ha trabajado en instituciones u organizaciones relacionadas con las iglesia, en proyectos de derechos humanos o de desarrollo para las mujeres, y han tenido acceso a talleres sobre educación sexual, violencia intrafamiliar y derechos de los migrantes. El 40% está haciendo estudios técnicos o universitarios y un 10% ha finalizado su primaria, y aunque no han participado en talleres, han tenido la experiencia migratoria y en algunos casos sus parejas están haciendo estudios universitarios.

Un profesor de la Universidad Nacional Autónoma de Chiriquí nos comenta que sorprende contar con buen número de estudiantes ngäbe en los diversos programas, y aún más el que la mayoría de quienes ingresan son mujeres.

LIGIA Y GERTRUDIS:
“SE PUEDE CAMBIAR”

Ligia, de 22 años, estudiante de Comunicación, explica: Sabemos que las mujeres ngäbe somos humilladas de muchas maneras. Nos obligan a hacer cosas que no queremos. Por ejemplo, obligan a una niña de trece años a tener esposo, y esa niña no tiene la edad para tener relaciones sexuales. Es una niña. Y si se rebela la hacen sentir mal. Si no estudiamos y sólo estamos en la Comarca pensamos que eso es así y no se puede cambiar. Entonces, esa joven ya queda como encerrada y no puede estudiar porque muy pronto llega el embarazo. Mucha gente piensa que las mujeres nacimos solo para tener hijos. Y eso no es así. Eso tenemos que cambiarlo.

Gertrudis, una joven de 24 años, comenta: Yo soy ngäbe y siempre seré vista así. Y nunca lo voy a negar. Así digo a mis compañeras con las que estudio enfermería. Pero quiero vivir de otro modo. Yo no acepto que los hombres ngäbe tengan varias mujeres. Vi el sufrimiento de mi abuela, que vivía con las cinco mujeres que tenía mi abuelo. Y sufría maltrato, golpes y muchas groserías. Yo odio cuando un hombre golpea a una mujer. Como las mujeres ngäbe no tenemos tierra ni casa, entonces tenemos que aguantar a la familia del hombre. Y si una mujer no tiene nada no puede irse aunque la traten mal. Yo voy a luchar cuando vea violencia contra las mujeres. Cuando visito la Comarca les digo a las jóvenes que no permitamos que los hombres hagan lo que quieren. Cuando viví fuera de la Comarca, tenía catorce años y aprendí cosas que no sabía. En Costa Rica me invitaron a varios talleres y no tenía idea de esas cosas que aprendí.

TAMBIÉN LOS HOMBRES

Hoy, en zonas urbanas de la capital panameña y de otras provincias y en los centros comerciales es llamativo ver caminando a parejas jóvenes ngäbe con sus hijos y en no pocos casos es el hombre quien se encarga de su cuido, lo que contrasta con lo que vemos en la Comarca y en las zonas rurales. Otro dato importante entre la juventud ngäbe que decide unirse es que en la mayoría de los casos la experiencia migratoria la realizan como pareja.

También los jóvenes varones están cambiando. Martín, un joven de 25 años, estudiante de Trabajo Social, señala: Yo estoy de acuerdo en que se luche en contra de la violencia en la familia. Y también no me parece que los hombres tengamos varias mujeres. Cuando hablo de estas cosas con familiares que ya están mayores no les parece. Y me dicen que no soy hombre. Pero yo digo que eso no es justo y si no tenemos mucho dinero se pasa hambre. Y pienso que no se puede tener muchos niños ni muchas mujeres si no podemos dar de comer bien a todos.

Es muy importante el impacto que tienen los talleres sobre violencia intrafamiliar, alcoholismo, costumbres matrimoniales, discriminación de las mujeres. En esos encuentros jóvenes ngäbe mujeres y hombres han podido escuchar y reflexionar, en un contexto de diálogo y respeto, los dolorosos testimonios de las jóvenes que sufren violencia y maltrato en las familias. Asistiendo a esos talleres durante nuestra investigación, fuimos testigos de cómo la resignación impuesta, muchas veces convertida en tristeza, va dando paso a una rabia que se transforma en motivación para emprender la lucha.

CONVERTIDAS EN LÍDERES
Y MODELOS EN SU COMUNIDAD

Hay mujeres ngäbe opuestas a las prácticas discrimi¬natorias al interior de la familia y del matrimonio que son acusadas de destruir las costumbres. Y pagan con el rechazo y la ruptura con algunos de sus familiares. Don Juan, un hombre de 75 años, expresa su preocupación: La sangre ngäbe va cambiando. Mire, la gallina no cruza con el pato. Y las mujeres ngäbe ahora se casan con latinos y los varones con mujeres que no son ngäbe. Por eso se están olvidando nuestras cosas.

Otra cara de esa misma moneda es que esas mujeres “destructivas” se han ganado el respeto y el reconocimiento de la juventud de sus comunidades. Se han convertido en líderes y modelos a seguir porque han logrado independizarse económicamente, participar en actividades a favor de la salud o la producción y luchar en defensa de los derechos humanos de las mujeres indígenas y del pueblo ngäbe. Hace cinco o tres años era impensable que una cacique como Silvia Carrera dirigiera la lucha que libró el pueblo ngäbe en marzo de 2012 en contra de la explotación minera y de los proyectos hidroeléctricos en la Comarca.

EL ORGULLO ÉTNICO
ESTÁ VIVO EN LA JUVENTUD

La juventud ngäbe de la ciudad ha ingresado de lleno en el mundo laboral y eso implica mayor dependencia del mercado de trabajo y del dinero, así como cambios radicales en los estilos de vida. En la dimensión cultural la juventud ngäbe está demostrando que tiene herramientas para adaptar muchas de sus claves culturales a los nuevos contextos urbanos y está encontrando nuevos significados a antiguas prácticas socioculturales, como el jegi, un baile de la cultura ngäbe que ha empezado a ser conocido a nivel nacional, pero que más que un baile es una de las principales expresiones de la cultura ngäbe.

Por lo que observamos durante nuestra investigación, nos atrevemos a afirmar que los actos violentos sufridos por el pueblo ngäbe en las protestas de Changuinola (julio de 2011), en las de enero y febrero de 2011 en contra de la ley de Reforma Fiscal y en las luchas de febrero y marzo de 2012 en contra de la explotación minera y de las hidroeléctricas en la Comarca, en la que murió el joven Jerónimo Rodríguez, han fortalecido y reavivado la identidad étnica ngäbe.

Este reavivamiento se observa de diversas maneras. Un ejemplo: en septiembre de 2012 anunciaba el diario “La Prensa” al informar así: “Ngäbes escogerán los símbolos de la Comarca… Escogerán los diseños de la bandera y el escudo que representará a esta región del país. El proyecto también incluye la música de lo que será el himno ngäbe y buglé”.

Independientemente de que este proyecto se haga o no realidad, es ya un indicativo de un orgullo étnico que no surge en el vacío. Es fruto de un proceso en el que un pueblo indígena condenado a la invisibilidad y a la marginación se planta ante los poderes establecidos y logra paralizar el país, atrayendo la atención de medios nacionales e internacionales durante días.

Francisco Miranda, cacique local del distrito de Nole Duima, comenta: En las protestas que los ngäbes buglés efectuaban en diferentes puntos de la vía Interamericana por el rescate de los ríos y los recursos minerales desplegaban los bailes tradicionales para convocar a los espíritus de los líderes indígenas que les precedieron, con la finalidad de que les transmitieran su fuerza y les acompañaran en esa lucha. Espíritus guerreros como los de Urracá y Ulikran reviven en sus almas con estos bailes y con el sonido del caracol.

MAMACHI: UN MOVIMIENTO
RELIGIOSO-ÉTNICO

Los intentos de los colonizadores españoles por cristianizar al pueblo ngäbe y obligarlo a vivir en poblados no fueron exitosos. Desde un principio fueron un pueblo indómito en tenaz resistencia a la intromisión española. Algunos ngäbe se convirtieron al cristianismo y asimilaron el modo de vida de los latinos, pero el grueso de la población nunca fue conquistado. Más de nueve mil ngäbe quemaron sus casas en las poblaciones misioneras y huyeron a las profundidades de Veraguas, Bocas del Toro y Chiriquí.

Esto explica por qué los indígenas ngäbe, a diferencia de la población indígena maya de Guatemala, no tienen expresiones religiosas propias de un sincretismo que fusiona la cosmovisión étnica con el catolicismo. Entre los ngäbe no existe la práctica religiosa de encender una vela o la de arrodillarse ante una imagen o la de tocar la cruz y luego santiguarse o la de entrar de rodillas a un templo como promesantes, tal como acostumbran los mayas.

El mama-tata o mamachi fue un movimiento religioso nativista surgido hacia la mitad de la década de los años 70 en la Comarca Ngäbe. Reivindicó la cultura y lo propio frente a lo de fuera. Hoy, para la juventud ngäbe el mamachi es visto como algo lejano, debilitado con el tiempo. Rodrigo, joven de 22 años, comenta: Mi abuela y mi abuelo eran mamachi. Ellos viven en Cerro Balsa. Ahora mismo ya están enfermos y no salen. Ellos me cuentan que el mamachi ayudó para defenderse de la gente que viene de otros lados y hace daño a los ngäbe. En el mamachi se decía lo que Dios quería de los ngäbe: comportarse bien. Yo visito con mis hermanos una iglesia metodista y no entiendo muchas cosas del mamachi. En mi religión me siento bien.

Todo indica que el mamachi fue un movimiento religioso con implicaciones étnico-políticas, que tuvo la función de fortalecer los vínculos colectivos ante la exclusión social en la que la sociedad panameña había arrinconado al pueblo ngäbe. Es un caso que demuestra que el contenido ético de las cosmovisiones religiosas no cumple siempre ni solamente funciones conservadoras en relación a los conflictos sociales. En diversos procesos históricos muchas cosmovisiones religiosas han jugado un claro papel en las luchas de los grupos subalternos.

IGLESIAS: REFERENTES DE IDENTIDAD

En la ciudad, alejados del entorno de la Comarca, los ngäbe inmigrantes se ven obligados a ubicarse en un espacio ajeno, con normas de convivencia distintas a las de su cultura. Con habilidades productivas que no son valoradas en la ciudad, con dificultades en el manejo del español, con hostilidad de la población latina, con la ausencia de la familia extensa, las iglesias se convierten en espacios de fraternidad, de solidaridad étnica, de socialización de valores y normas, de construcción de relaciones de confianza. Son referentes identitarios de primera importancia.

En los talleres, encuestas y grupos focales hemos encontrado ngäbes que en su mayoría decían pertenecer a la iglesia Adventista, a la Católica y a la Metodista. Marcos, un joven ngäbe explica así su experiencia: Con mi compañera me reúno en la iglesia adventista. Allá en la Comarca mi familia visita esa iglesia. Aquí en la ciudad es como una bendición. Nos encontramos con ngäbes que conocíamos allá en la Comarca. Hablamos en Ngäbere y nos sentimos apoyados cuando necesitamos algo. Tenemos actividades y ese día comemos juntos. En la ciudad no es fácil conseguir un vaso de agua. En la Comarca nos conocemos y es más fácil que te ayuden. La palabra de Dios nos une en esta barriada.

Martina, una joven de 24 años, comenta: En mi familia somos católicos. En Chiriquí estudié en una escuela de monjas. Allí viví en un internado. Antes de venir a Panamá con mi esposo, hablamos con una monja y nos ayudó a encontrar una casa. En esa barriada también viven monjas como las que están allá en Chiriquí. Y eso es una gran ayuda. Cuando van a Chiriquí y tengo algo de dinero para mandar a mi mamá entonces la monja me lo lleva. Y eso es seguro. Los domingos en las misas nos encontramos con otros ngäbe. Y nos ayudamos. En la parroquia también hacemos cosas para los niños. También vamos a clase de costura. Visitamos enfermos.

Lejos de perderse dentro de la aglomeración urbana, la afiliación religiosa permite al indígena ngäbe compartir un sentir común y romper con la soledad y el aislamiento.

LA ESPERANZA MAYOR

Éstas son algunas de las estrategias que emplea la juventud ngäbe emigrante ante las diversas presiones culturales que enfrenta. Hay rechazo a su propia cultura y aceptación pasiva al ser valorados negativamente, pero también hay capacidad para asumir ambas culturas y para reivindicar y afirmar su identidad.

Como otros jóvenes indígenas en ciudades de América Latina se repiten en ellos algunas constantes: están catalogadas y clasificados como eternos migrantes, son rechazados en el ambiente urbano y enfrentan muchas dificultades para integrarse al mercado laboral y tener acceso a salud, educación, vivienda, justicia, sumando a esto los problemas de inseguridad y violencia que viven en las barriadas en las que habitan.

A pesar de los múltiples obstáculos que encuentran, lo que hemos observado con mayor esperanza en nuestra investigación es que son muchos los jóvenes y las jóvenes ngäbe que están abriendo espacios para conseguir avanzar en la construcción de una convivencia armónica e incluyente. Y que la presencia de indígenas ngäbe en la vida universitaria y en las ciudades ha sido enriquecedora para esta juventud y para la juventud no indígena. El logro más importante para la juventud ngäbe parece ser el reconocerse a sí misma en la diferencia.

En todo cambio algo se gana y algo se pierde. Algo nuevo surge y algo antiguo se diluye. Toda apuesta por una acción intercultural supone riesgos en un camino empinado y espinoso. En la condición humana la fortaleza y la fragilidad van juntas. El descubrimiento más importante de nuestra investigación es la convicción de que será la juventud ngäbe la que elegirá. La que, en medio de la sociedad panameña, elaborará su sello de identidad étnica, el que se ajuste mejor a la realización de sus proyectos individuales y colectivos.

DEL LIBRO “EN BÚSQUEDA DE ESPERANZA. MIGRACIÓN NGÄBE A COSTA RICA Y SU IMPACTO EN LA JUVENTUD” (PANAMÁ, 2012). SÍNTESIS Y EDICIÓN DE ENVÍO.

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