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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 369 | Diciembre 2012

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Internacional

Tiempo para la vida: La crisis ecológica en su dimensión temporal

En este texto su autor explora algunos de los caminos en que la crisis ecológica choca con la aceleración del tiempo en el que vivimos. Nos enseña que preservar, restaurar, cuidar, exige tiempo y esfuerzo, tanto si se trata de ecosistemas como de relaciones personales. Y nos advierte que el tiempo se nos está agotando, que si no tenemos tiempo para la vida nuestra civilización estará condenada.

Jorge Riechmann

“Aunque el género Homo sólo tiene dos millones de años de existencia, ya dispone de la capacidad para destruir-se a sí mismo…Ni tan siquiera lograremos probablemente emular la trayectoria de la cucaracha, que viene evolucionando desde hace aproximadamente 250 millones de años”. Richard Morris en “Las flechas del tiempo”.

“No albergaba ninguna duda de que, con tiempo, los humanos podríamos crear una sociedad moral. El problema era, y yo lo sabía demasiado bien, que el tiempo se estaba acabando”. Jane Goodall en “Gracias a la vida”.

“La larga duración que caracteriza al ‘tiempo ecológico’ se opone al corto plazo en el que se desarrollo la vida política, por no hablar del carácter instantáneo del tiempo comercial”. Gilbert Rist en “El desarrollo: historia de una creencia occidental”.

TIEMPOS DE VÉRTIGO

Siendo el tiempo una dimensión tan básica de la existencia humana, de la vida de la biosfera y del devenir del cosmos, resultaría sorprendente que no afectara y se viera afectado de forma profunda por un acontecimiento del calibre de la crisis ecológica global.

Así sucede, de hecho. No hay más que pensar en el vértigo que nos asalta cuando caemos en la cuenta de que, en cierto modo, se acaba el tiempo para salvar el mundo: pensemos en la enormidad que significa alterar dramáticamente el clima del planeta, acabar con las reservas de petróleo y eliminar los bosques tropicales en apenas tres o cuatro generaciones...

Por otra parte, nuestras intervenciones -mediadas por la potencia tecnocientífica moderna- se prolongan hacia futuros casi inimaginables: pensemos en lo que representa la modificación de los genomas de las especies vivas, que puede traer consigo una reorientación de la evolución biológica. O pensemos también en la introducción en la biosfera de residuos nucleares que emitirán radiación ionizante durante decenas de miles de años...

¿Y SI EL SER HUMANO DESAPARECE?
EL RELEVO BIOLÓGICO: PULPOS Y CALAMARES

¿Podría el ser humano desaparecer a causa de su poder destructivo y de su falta de sabiduría? Nombres notables de las ciencias no excluyen esa eventualidad. Stephen Hawking, en su reciente libro El universo en una cáscara de nuez, reconoce que en 2600 la población mundial vivirá hombro con hombro y el consumo de electricidad dejará a la Tierra incandescente y se podrá destruir a sí misma.

El premio Nobel Christian de Duve, en su conocido Poeira vital, afirma: “Nuestro tiempo recuerda una de aquellas importantes rupturas en la evolución, marcadas por extinciones de grandes dimensiones”. Y Théodore Monod, tal vez el último gran naturalista, dejó como testamento un texto de reflexión con este título: Y si la aventura humana viene a fallar (2000). Asegura: “Somos capaces de una conducta insensata y demente. Se puede a partir de ahora temer todo, inclusive la aniquilación de la raza humana”.

Viendo la crisis social mundial y la creciente amenaza ecológica ese escenario de horror no es impensable. Edward O. Wilson señala en su último y alarmante libro El futuro de la vida: “El hombre hasta hoy ha desempeñando el papel de asesino planetario…La ética de conservación, en la forma de tabú, totemismo o ciencia, casi siempre llegó demasiado tarde. Tal vez aún haya tiempo para actuar”.

Requerimos tener paciencia con el ser humano. No está todavía listo. Tiene mucho que aprender. En relación al tiempo cósmico posee menos de un minuto de vida. Pero con él la evolución dio un salto, de inconsciente se hizo consciente. Y con la conciencia puede decidir qué destino quiere para sí. En esta perspectiva, la situación actual representa un desafío antes que un posible desastre: la travesía hacia un escalón más alto y no un zambullirse en la autodestrucción.

Pero, ¿habrá tiempo para tal aprendizaje? En la hipótesis de que el ser humano llegue a desaparecer como especie, incluso así, el principio de inteligibilidad y de amorización quedaría preservado. Este principio está primero en el universo y después en los seres humanos. Emergería, un día, en algún ser más completo. Monod tiene hasta un candidato ya presente en la evolución actual: los cefalópodos, moluscos como los pulpos y los calamares. Poseen un perfeccionamiento anatómico notable, su cabeza está dotada de una cápsula cartilaginosa, funcionando como cráneo, y poseen ojos como los vertebrados. Poseen también un psiquismo altamente desarrollado, hasta con doble memoria, mientras nosotros poseemos solamente una. Evidentemente, ellos no saldrán mañana del mar y entrarán continente adentro. Requerirán de millones de años de evolución. Mas ya tienen una base biológica para dar un salto rumbo a la conciencia.

De todas formas, urge escoger: o el ser humano y su futuro o los pulpos y los calamares. Somos optimistas: vamos a alimentar cordura y a aprender a ser sabios. Pero importa desde ahora demostrar amor a la vida en su majestuosa diversidad, tener compasión con todos los que sufren, realizar rápidamente la justicia social necesaria y amar a la Gran Madre, la Tierra. Nos incentivan las Escrituras judeo-cristianas: “Escoge la vida y vivirás”. Caminemos de prisa, pues no tenemos mucho tiempo para perder.

DEL TIEMPO DE LOS CICLOS NATURALES
AL TIEMPO DEL RELOJ

Cerca y lejos, rápido y lento, son cuestiones candentes en nuestra época: el mundo de los siglos 20 y 21. Cabe mostrar que algunos de los aspectos más sobresalientes de la crisis ecológica mundial, y de los problemas ambientales locales, han de verse como dificultades con el tiempo: desajustes y conflictos temporales. Por otro lado, intensos debates contemporáneos como los que versan sobre desarrollo sostenible, reciclado de materiales, moratorias tecnológicas, energías renovables, irreversibilidad de los daños a los ecosis¬temas o reducción del tiempo de trabajo, pensados a fondo no son sino debates sobre nuestra relación con el tiempo.

Una muy copiosa literatura ha abordado la cuestión de las concepciones del tiempo. De modo rapidísimo, y limitándonos sólo a nuestra propia cultura, cabe decir que entre la Antigüedad grecorromana y el mundo judeocristiano, pasamos del tiempo cíclico y mítico al tiempo lineal y orientado. Y que entre la Edad Media y la Edad Moderna, tuvo lugar otra transición: desde el tiempo flexible -marcado por los ciclos de la Naturaleza, ese “tiempo natural de las mutaciones” al que hacía referencia el poeta vasco Joseba Sarrionandía- al tiempo del reloj.

En Las flechas del tiempo dice Richard Morris: “Los griegos y los romanos no fueron los únicos pueblos antiguos que consideraban que el tiempo era cíclico. La filosofía india del tiempo de los Vedas (entre 1,500 y 600 a.C.) concebía los ciclos dentro de otros ciclos. El más corto era una edad, calculada en unos 360 años humanos, mientras que el más largo correspondía a las vidas de los dioses, que se estimaban en cerca de 300 billones de años. Pero el tiempo no se agotaba, incluso después de pasar esos billones de años. Los propios dioses morían y volvían a nacer, y los ciclos cósmicos de creación y destrucción se prolongaban eternamente”.

Sólo cuando se generalizan los relojes mecánicos -a partir del siglo 14- se llega a una novedosa concepción del tiempo, inconcebible en épocas anteriores: el tiempo como una magnitud abstracta y homogénea, con existencia propia. Éste fue, por cierto, uno de los factores que precipitaron la revolución científica del siglo 16. Juan de Mairena definía al ser humano como “el animal que mide su tiempo”, “el animal que usa relojes”. Lewis Mumford, especialmente, ha insistido en la importancia del reloj mecánico como uno de los avances tecnológicos más trascendentales que se produjo en la sociedad occidental. Fue el reloj lo que permitió disociar el tiempo de los ciclos naturales y llegar a la noción del tiempo abstracto.

Así lo explica Bruce Mazlish: “El reloj, no la máquina de vapor, es la máquina clave de la moderna edad industrial...” “La metáfora favorita de Newton para el sistema planetario es que se trataba de un inmenso mecanismo de relojería. La naturaleza del mundo sublunar empezó entonces a ser contemplada en términos de mecanismo de relojería…El tiempo se convirtió en una obra humana: en los entornos urbanos, la iluminación artificial acabó con la necesidad de luz natural…El tiempo mecánico impuso una nueva disciplina al género humano dentro y fuera de las fábricas y en toda su vida social: el mundo social adquirió las mismas dimensiones que el mundo físico newtoniano. Expresándolo con una imagen, el Padre Tiempo se transformó como por ensalmo en un reloj mecánico”.

UNA ENFERMEDAD CULTURAL:
LA FALTA DE TIEMPO

La falta de tiempo -por el culto a la velocidad, la aceleración de los ritmos, la compartimentación de la vida cotidiana, la dilatación de los trayectos que se recorren cada día en las aglomeraciones urbanas, la centralidad del trabajo asalariado y de un ocio mercantilizado, etc.- se ha convertido, en los países del Norte rico del planeta, en algo así como una enfermedad cultural, que tiende a contagiarse al mundo entero. Un dicho africano señala que todos los blancos tienen reloj, pero nunca tienen tiempo. Y Joaquín Araujo ha escrito: “Todo es poco menos que estafa si el tiempo de los relojes, que no existe, mide las relaciones entre los seres humanos”.

En los días en que se conmemoraba -con grande e impúdico despliegue de propaganda- el décimo aniversario de la caída del Muro de Berlín, llamaba la atención cómo volvía una y otra vez, en entrevistas a ciudadanos de países del ex-bloque soviético, un tema recurrente: el lamento por el tiempo perdido. Antaño, en aquellas sociedades pseudosocialistas de baja productividad, había tiempo para todo, y particularmente para la amistad y el amor. En el brave new world capitalista parece que no hay tiempo para nada. Anette Endesfelder, una joven berlinesa oriental, lo expresaba así: “El tiempo era diferente. Antes, verse con los amigos se consideraba una ocupación en sí misma. Hoy da la sensación de que estuvieras desperdiciando el tiempo. Parece que hay que estar trabajando todo el día”. Ivan Klima, novelista checo, lo enunciaba a su modo: “El espectáculo es el nuevo Dios…En los viejos tiempos las amistades eran más íntimas, más intensas. En parte porque teníamos mucho tiempo para cultivarlas, mientras que ahora todo el mundo corre de una cita a otra”.

MANERAS DE GASTAR EL TIEMPO

El empresario que gasta el tiempo en fabricar cosas le dice a las gentes que lo gasten en consumir esas cosas. No hay sucesión de días, sino el mismo día que se repite, y por eso los antiguos afirmaron que el tiempo no existe. El sacerdote nos pide devolverle el tiempo a Dios, que es su legítimo dueño. Los autores de libros quieren que lo empleemos en leer lo que ellos han escrito. Y los productores de cine nos dicen que la imagen es lo único que merece nuestro tiempo. Los músicos creen que no nos va a alcanzar el tiempo para escuchar toda la música que se ha compuesto. Los agentes de viajes ponen avisos en las revistas diciendo que viajar es la mejor manera de gastar el tiempo. El gobierno cree, sin embargo, que la patria es la única acreedora de nuestro tiempo, con derecho y ley. Y nuestra amada, nadie como ella, para creer tener derecho a nuestro tiempo. Hasta nosotros mismos pensamos en disponer de un poco de tiempo, el día que nos sea posible. Y mi padre me dijo que no lo gastara, sino que lo guardara para la eternidad.

El socialismo cuesta demasiadas tardes libres, se quejaba Oscar Wilde. La democracia tiene esa misma dimensión temporal: lleva tiempo, mucho tiempo. El tiempo necesario para el contraste de pareceres, el uso público de la razón, el debate libre, la formación de consensos, la revisión de las decisiones, la exigencia de responsabilidades...

La calidad de estos procesos es incompatible con la prisa. Las sociedades donde la gente “no tiene tiempo” no pueden permitirse la democracia. Ésa es una de las razones del antagonismo profundo entre el capitalismo -con su impulso hacia la constante aceleración- y la democracia. Sin olvidar nunca que sin democracia en las fábricas, oficinas y campos, sin democracia en los centros de trabajo, no hay democracia. Y que sin democracia para decidir sobre la investigación científica y el desarrollo tecnológico, en este nuestro mundo de potencia tecnocientífica creciente, no hay democracia.

Las cuestiones de la ciudadanía y de la responsabilidad van de consuno, y ambas han de pensarse en su dimensión temporal. Evoquemos aquella definición orteguiana de la nación como “proyecto sugestivo de vida en común”: resulta evidente que tal proyecto sólo puede concebirse inscrito en la duración, en cierta relación con la historia. Pero el ciudadano, sugería hace más de dos decenios el pensador francés Henri Lefebvre, se ha degradado en usuario y mero consumidor. El ciudadano piensa y actúa dentro de un campo de responsabilidades, y por ello dentro de la duración del tiempo. Reflexiona sobre las experiencias pasadas, intenta extraer las lecciones de la historia, y evalúa las previsibles consecuencias futuras de las diferentes opciones sociales. El consumidor, por el contrario, se desparrama en la búsqueda de las satisfacciones inmediatas, mientras su campo temporal se empobrece tremendamente.

La cuestión del sentido se entrelaza con el tiempo. Sólo somos capaces de dar sentido a nuestros actos y a nuestra vida mediante su inserción en el tiempo como duración, en contextos de acción que se despliegan a lo largo del tiempo. La degradación del tiempo en sucesión de momentos inconexos nos sume en un sinsentido invivible. Por eso -como ha observado Jean Chesneaux en su agudo ensayo Habiter le temps- las crisis en nuestra relación con el tiempo son crisis de sentido.

LAS CINCO “FLECHAS DEL TIEMPO”

Casi todas las leyes básicas de la física, y en particular las de la mecánica y las de la física nuclear, son indiferentes respecto al sentido del tiempo. Ni las leyes de la electricidad, ni las de la mecánica cuántica, ni las de la mecánica distinguen entre el pasado y el futuro. Sin embargo, desde la perspectiva humana -también para la vida orgánica en general- la característica más descollante del tiempo es precisamente su unidireccionalidad e irreversibilidad. De ahí la metáfora usual de la “flecha del tiempo”, que procede del astrónomo británico Arthur Eddington.

Físicos y cosmólogos saben que existen cinco formas diferentes de distinguir la dirección del tiempo. La más importante de todas es la segunda ley de la termodinámica o principio de entropía. Es quizá la más general de las leyes que ha descubierto la Ciencia: se aplica a casi todo, también a la vida de los seres vivos. Esta ley afirma que la energía se degrada, disipándose en forma de calor, en sus sucesivas transformaciones. También puede enunciarse diciendo que la entropía de un sistema aislado no decrece nunca. Había menos entropía en el pasado, y habrá más en el futuro.

Cabe destacar que la segunda ley de la termodinámica no se refiere para nada al “flujo” del tiempo. No dice nada de ese momento que llamamos “ahora”, el cual se desplaza inexorablemente hacia el futuro. La segunda ley tan sólo dice que el Universo se muestra diferente en las dos direcciones opuestas. A este respecto, no existe nada en la física que sirva para describir ese flujo. La física no dice nada sobre la velocidad a la que el tiempo “queda atrás” con relación a nosotros.

La primera flecha es, pues, la flecha entrópica. La segunda “flecha del tiempo” es la flecha cosmológica: la expansión del universo después del Big Bang inicial. La materia de la que está formado el universo se hallaba más comprimida en el pasado, y estará más dispersa en el futuro. La tercera flecha tiene que ver con una partícula subatómica, el kaón, y podemos ignorarla porque es la menos importante. La cuarta flecha del tiempo es la flecha electromagnética: las ondas.

Finalmente, la quinta flecha -la más importante para nosotros, junto con la primera flecha- es nuestro sentido subjetivo del tiempo, es una flecha psicológica. Mientras que el tiempo físico no conoce instantes privilegiados, ni hace uso de la noción del ahora, esta noción resulta fundamental en nuestra experiencia vivida del paso del tiempo, que se relaciona con los procesos biológicos cíclicos, con los biorritmos que se producen en nuestro cuerpo.

TODOS LOS SERES VIVOS
NOS DESINTEGRAMOS Y NOS REGENERAMOS

Todo lo vivo -y en particular, todo lo humano- está sometido a la segunda ley de la termodinámica, al principio de entropía, que es un principio de degradación, desintegración y deterioro.

Pero los seres vivos viven de su propia desintegración combatiéndola con la regeneración. En cada organismo las moléculas se degradan y mueren, y son reemplazadas por otras. La apoptosis -muerte celular programada- se halla en la base de este proceso de renovación. Las células del esqueleto humano, de los nervios y los riñones se forman una sola vez y tienen que durar toda la vida. Las de la piel tienen una vida media de 19 días, el aparato circulatorio necesita diariamente miles de millones de células nuevas. En unos 7 años el cuerpo humano se renueva en un 90%. Se ha calculado que producimos cada año el equivalente a 228 paredes de intestino delgado, 18 hígados y 6 vejigas urinarias. “Vivimos empleando el proceso de nuestra descomposición para rejuvenecernos -escribe Edgar Morin-, hasta el momento en que ya no podemos más”.

Las secuoyas pueden vivir más de 4 mil años, un cocodrilo más de 100, un colibrí sólo 2 ó 3 años. A primera vista, no se advierte ninguna pauta común en longevidades tan diferentes. Sin embargo, los fisiólogos del metabolismo han hecho un descubrimiento sorprendente: todos los seres vivos se parecen en que a lo largo de su existencia consumen la misma cantidad de energía por gramo de peso corporal. El cisne, el petirrojo, el murciélago, el erizo o el ser humano gastan aproximadamente 2,500 kilojulios por gramo de peso a lo largo de toda su vida, de forma que un metabolismo más acelerado se traduce en una longevidad menor. Y a la inversa: cuanta menos energía consume un organismo, más vive. Traduciendo el tiempo en unidades de energía meta¬bólica, la longevidad de la mosca, el árbol, el ave o el humano resultan sorprendentemente semejantes.

LOS TIEMPOS DE LA NATURALEZA, DEL CUERPO,
DE LA VIDA SOCIAL, DEL SISTEMA INDUSTRIAL

La crisis ecológica mundial tiene mucho que ver con el desgobierno de los tiempos, con la aparente incapacidad de las sociedades industriales para organizar de manera razonable las temporalidades diversas que afectan a los seres humanos, y en particular, con su actual incapacidad para tener en cuenta el largo plazo y proyectarse en él. Como mínimo, este desgobierno se refiere a cuatro temporalidades diferentes cuya coordinación falla estrepitosamente en las sociedades más industrializadas:

Tenemos en primer lugar el tiempo del cuerpo: los ritmos del desarrollo, la madurez, la reproducción y la crianza, el envejecimiento y la muerte. Los biorritmos ajustados a la luz a través de ese “reloj interior” que es el llamado núcleo supraquiasmático, un pequeño núcleo de unas ocho mil células situado en el hipotálamo cerebral. Los seres humanos, como casi todos los demás animales terrestres, nos caracterizamos por ritmos biológicos circadianos: en torno a un día. Así, los ciclos diarios de emisión de hormonas (testosterona, melatonina, cortisol, serotonina) y los ritmos circanuales. Habría que considerar también los ciclos mens-truales de las mujeres, acompasados a los meses lunares.

En segundo lugar tenemos el tiempo de la Naturaleza. La sucesión de las generaciones, los ritmos cíclicos de las estaciones, los ritmos anuales de los animales migratorios, las oscilaciones de las poblaciones de presas y predadores en ciclos de varios años, los tiempos largos de la evolución biológica de las especies... Hay que tener en cuenta además el tiempo de la vida social: tiempo para el juego, el encuentro con el otro, la socialización de niños y niñas, la vida familiar, las actividades culturales, la acción política...

Por último, hay que considerar el tiempo del sistema industrial y financiero. La mecanización de las actividades productivas va de consuno con la imposición a toda la sociedad del tiempo lineal homogéneo, abstracto, medido por relojes. En los últimos decenios del siglo 20 esto culmina en la aparición de un tiempo-mundo o tiempo global, el de las redes de telecomunicaciones y los mercados financieros, donde la información circula a inimaginables velocidades. Este nuevo tiempo se impone crecientemente a las diferentes sociedades, con sus temporalidades hasta hace poco tan diversas. Según Pietro Barcellona: “El proceso productivo se presenta objetivamente como un gran flujo informático que atraviesa los espacios tradicionales destruyéndolos y que anula las distancias temporales con una inaudita aceleración del tiempo, casi hasta la desaparición de las temporalidades tradicionales: noche, día, laborable, festivo, etc.”.

Las sociedades capitalistas contemporáneas tienen una enorme dificultad para hacerse cargo de la duración, de los tiempos largos. Esto se echa de ver no sólo en los problemas ecológicos, sino en toda una serie de cuestiones y opciones sociales, desde la creación cultural hasta las privatizaciones. Pensemos en las privatizaciones: privatizar, considerado desde el prisma del tiempo, equivale a privilegiar lo inmediato, la rentabilidad a corto plazo, ignorando que la lógica temporal de los servicios públicos es harto diferente, porque esos servicios han de operar en la duración para satisfacer necesidades sociales inscritas a menudo en tiempos largos.

En nuestros días, por detrás de la degradación de la capa de ozono estratosférica, del calentamiento climático, de las grandes contaminaciones planetarias, de la hecatombe de biodiversidad o de la deforestación y destrucción del suelo fértil, apreciamos graves problemas de temporalidad. Los tiempos largos de la biosfera, con sus equlibrios y sus transformaciones, chocan contra el “tiempo global” de los mercados financieros, del ciberespacio y de las telecomunicaciones, en donde opera en una suerte de ubicuidad instantánea. Se trata del fenómeno, repetidamente analizado, de la contracción del espacio-tiempo en nuestro mundo globalizado, subordinada a una lógica del beneficio a corto plazo, incapaz de tomar en consideración el porvenir.

DE 300 MILLONES DE AÑOS A 300 AÑOS

Los tiempos del sistema industrial pueden chocar brutalmente contra los tiempos de la biosfera. Hicieron falta 300 millones de años para capturar el carbono atmosférico que quedó depositado en forma de combustibles fósiles como el carbón, el petróleo o el gas natural, mientras que las sociedades industriales apenas están empleando 300 años para devolverlo a la atmósfera, quemando los combustibles fósiles para obtener energía.

Se trata de un proceso un millón de veces más rápido: un forzamiento brutal de los tiempos de la biosfera. Quizá no haya que sorprenderse de que esto desemboque en un cambio climático potencialmente catastrófico. Junto con el cambio climático, el mayor problema ecológico que estamos causando los seres humanos de la era industrial es sin duda la hecatombe de biodiversidad, que también puede interpretarse en clave de choque temporal: en este caso, entre el rapidísimo ritmo de la destrucción de diversidad genética y los larguísimos tiempos necesarios para que surgiera esa diversidad. A escala mundial, la pérdida de biodiversidad es dramática: se trata de una “crisis global de extinción de especies”, según Naciones Unidas. La amenaza contra las selvas de los trópicos resulta especialmente preocupante, porque se estima que en ellas, que ocupan sólo el 6% de la superficie terrestre, se encuentra la mitad de las especies vivas del planeta. Se considera que si continúan las actuales tasas de extinción, a mediados del siglo 21 podrían desaparecer entre uno y dos tercios de todas las especies vivas del planeta.

UNA LOCURA IMPERDONABLE

Las consecuencias de esta hecatombe son inimaginables, pues la biodiversidad es el “seguro de vida” de la vida: a mayor diversidad mayor capacidad de autorregulación del ecosistema, y por eso la diversidad es generadora de estabilidad. Una elevada biodiversidad permite a los ecosistemas responder a las perturbaciones, adaptarse a los cambios, hacer frente a las crisis. Los ecosistemas más simplificados son los más vulnerables.

Científicos como Edward O. Wilson llevan más de un cuarto de siglo lanzando angustiados gritos de alarma. Para ellos, la pérdida de la diversidad genética será peor que “agotar toda la energía fósil, que el colapso económico, que una guerra nuclear limitada o que ser conquistados por un gobierno totalitario. Por muy terribles que nos resultaran todas estas catástrofes, en el plazo de unas pocas generaciones podrían ser reparadas. El único proceso que está teniendo lugar en la década de los 80 y que necesitará millones de años para ser corregido es la pérdida de la diversidad genética y de especies, producida por la destrucción del hábitat natural. Con toda probabilidad, ésta es la locura que nunca nos perdonarán nuestros descendientes”.

Los ejemplos de choque temporal podrían multiplicarse. La capacidad de autodepuración de ríos, lagos y estuarios se ve desbordada por el rápido ritmo con que los colmamos de desechos. El proceso físico-químico-biológico de formación de suelo fértil es cientos de veces más lento que la destrucción del suelo por prácticas humanas inadecuadas... En todos estos casos asistimos a una tremenda colisión de tiempos.

Estamos acostumbrados a ver los problemas de contaminación bajo una óptica espacial: contaminación como acumulación de materia inadecuada en un lugar inadecuado. Pero en general, los problemas de contaminación pueden verse como problemas de choque temporal: en el largo plazo -y si no se exceden umbrales de irreversibilidad-, prácticamente todo es biodegradable. Por eso la economía ecológica tiene una perspectiva interesante sobre recursos naturales, tiempo y contaminación.

TRES MOMENTOS DE ACELERACIÓN BRUTAL

A partir de nuestra aparición como especie dentro de la gran corriente de la evolución biológica, los seres humanos hemos cambiado, a la vez que modificábamos nuestro entorno. En esta larga historia de co-evolución entre la biosfera y los seres humanos podemos distinguir tres importantes cambios de ritmo, que son tres momentos de aceleración brutal en los cambios que el ser humano impone a la biosfera.

El primero, hace 40 ó 50 mil años, se produjo cuando en el transcurso del proceso de hominización, el paso rápido de la evolución cultural se sobrepuso al paso lento de la evolución biológica. El “gran salto adelante” -discernible en el registro paleontológico por los rápidos avances en la fabricación de herramientas y en la creación artística- tuvo lugar cuando la cultura de nuestros antepasados, los hombres de Cromañón, sustituyó a la cultura de los hombres de Neandertal, de evolución lentísima, acompasada a los cambios biológicos, quienes posiblemente no poseyeron la capacidad de un lenguaje articulado similar al nuestro.

El segundo momento de aceleración, mucho mejor conocido, se dio con la sedentarización y el desarrollo de las culturas agrícolas hace unos 12 mil años, con la Revolución Neolítica. El tercer momento, ya en tiempos históricos, es la formación del mundo moderno a partir del siglo 16, con el desarrollo en paralelo de la tecnociencia y de una economía-mundo capitalista, desembocando en la Revolución Industrial a partir del siglo 18 y culminando en su fase fordista, desde los años 30 del siglo 20.

Hoy, todo parece indicar que esta última gran aceleración ha excedido los límites que permiten una co-evolución positiva de las sociedades humanas con la biosfera que las alberga.

“NO HAY TIEMPO
PARA SEGUIR EQUIVOCÁNDONOS”

Causa angustia la escasez de tiempo para reaccionar adecuadamente a las consecuencias de nuestros propios actos: el decurso global del desarrollo tecnocientífico y la marcha de la sociedad industrial se asemejan cada vez más a la carrera suicida de un vehículo fuera de control. Al obrar así estamos agotando el tiempo. “Ya no nos queda tiempo para seguir equivocándonos”: tal era la dramática advertencia con que Sicco Mansholt, el radicalizado ex-presidente de la Comunidad Económica Europea, cerraba en 1974 su libro La crisis de nuestra civilización.

“El tiempo se está acabando -se lee en el Informe al Club de Roma-. Algunos problemas han alcanzado ya una magnitud que impide abordarlos con éxito, y los costes de la demora son monstruosamente altos. Si no despertamos y actuamos con rapidez, podría ser demasiado tarde…La rapidez de la evolución y de las actuales mutaciones nos lleva a considerar que el factor tiempo posee en sí mismo un valor ético. Cada minuto perdido, cada decisión aplazada, significa más muertes por hambre y desnutrición, significa la evolución hacia la irreversibilidad de los fenómenos en el entorno”.

No hay proporción entre la velocidad con que introducimos en la biosfera sustancias químicas de síntesis, u organismos transgénicos, y la velocidad con la que evaluamos los posibles daños que pueden causar. Según señalaba en el verano de 2001 el director de la Agencia Europea de Medio Ambiente, Domingo Jiménez Beltrán, para el 75% de las aproximadamente 100 mil sustancias químicas que se comercializan en la Unión Europea apenas se cuenta con datos sobre su toxicidad. Y para el 86% de las sustancias de producción -más de 1 mil toneladas al año-, los datos son insuficientes para una mínima evaluación de riesgos. Aunque se puso en marcha una estrategia para colmar esa laguna informativa, tenemos un problema de tiempo: al ritmo actual de esas evaluaciones, tardaríamos un siglo en evaluar nada más que los 2 mil productos químicos con gran volumen de producción.

VELOCIDAD EN EL TRANSPORTE:
LA PERVERSIÓN DE LOS MEDIOS EN FINES

Con algunas excepciones ocasionales -disfrutar de la velocidad en sí misma, como en las montañas rusas de los parques de atracciones, por ejemplo- la velocidad no es un valor en sí mismo. Si la perseguimos es con carácter instrumental. Ganar tiempo en el transporte o ser más productivos en el trabajo permitirá -así se nos dice- disfrutar de más tiempo para la vida, de mayor calidad de vida. ¿Qué hay de tales promesas si nos atenemos a la realidad?

En La sociedad del automóvil: un callejón sin salida escribe Winfried Wolf: “Lo que vale para el capitalismo en general -producción motivada por la maximización de beneficios- vale también para el sector del transporte: no se trata de satisfacer las necesidades o exigencias humanas, sino de maximizar los beneficios haciendo crecer el tráfico, el transporte, la movilidad. Se trata, en suma, de una producción de tráfico artificial, innecesario: una verdadera inflación del transporte”. Tantísimos esfuerzos para ganar tiempo no han dado como resultado una reducción del tiempo que destinamos al transporte, permitiéndonos disponer de más tiempo para el ocio, la convivencia, el arte, la participación democrática o el trabajo, sino que de forma perversa se han traducido en un aumento de las distancias por recorrer, manteniéndose intacto, o incluso aumentando, el tiempo que empleamos en el transporte.

El nivel de irracionalidad sustantiva del sistema de transporte que prevalece en las sociedades más industrializadas, basado en el automóvil privado, no se aprecia cabalmente si no intentamos hacer en términos de tiempo el cómputo total, desde la cuna a la tumba, como pide la buena metodología ecológica. Esto es lo que calculó Ivan Illich para los Estados Unidos de los años 70 en su libro Energía y equidad. Según sus cuentas, el norteamericano promedio dedicaba más de 1,500 horas al año a su automóvil: sentado dentro de él, trabajando para pagarlo, para pagar la gasolina, los seguros, los peajes, las infracciones y los impuestos para la construcción de carreteras y aparcamientos, y eso sin contar el tiempo que pasaba en los hospitales, en los tribunales o viendo publicidad automovilística en el televisor. Conclusión: esas1.500 horas anuales le servían para recorrer un promedio de 10 mil kilómetros, es decir, 6 kilómetros por hora, que es la velocidad del peatón.

Nos movemos, pues, casi a la velocidad del peatón o a la del ciclista bajo los supuestos más optimistas e irreales. Quien ignora la posibilidad de debatir racionalmente, cordialmente, humanamente, sobre valores, acaba irremisiblemente extraviado en la confusión de los medios con los fines.

LOS DAÑOS ECOLÓGICOS DE LA PRISA

La obsesión por la productividad es una obsesión por el tiempo: más producto en menos tiempo y con menos trabajo humano. Muchos conflictos ecológicos se explican así: no tenemos tiempo -según el productivismo dominante- para permitirnos una agricultura sustentable ni para organizar un sistema razonable de transporte.

En el caso del transporte, responsable de un porcentaje tan enorme del impacto ambiental en las sociedades industriales modernas, parece claro que la obsesión por el “más deprisa todavía” es uno de los factores que más inciden en la devastación ecológica. Pensemos, por ejemplo, en las velocidades de circulación de los automóviles: la máxima eficiencia energética de los vehículos se encuentra a la velocidad moderada de 80-90 kilómetros por hora. A partir de ahí, las leyes de la mecánica hacen que los motores consuman cantidades crecientes de combustible con rendimientos decrecientes, hasta el punto de que bajar de 120 kilómetros por hora a 90 kilómetros por hora supone un ahorro del 25% en el consumo de combustible. Algo análogo sucede con la construcción de carreteras, cuyo impacto ambiental está en relación directa con la velocidad de circulación para la que se diseñan. Si se pretende que en las autovías se circule a 120 kilómetros por hora entonces la anchura de la vía será de 23.5 metros, en vez de los 15 metros necesarios para circular a 100 kilómetros por hora y los radios de curva mínimos, en lugar de medir 450-600 metros, pasarán a ser de 650-900 metros.

Todo hace pensar que el impacto ambiental crece desproporcionadamente cuando intentamos apurar los últimos minutos, no con una relación lineal, sino exponencial. Al fin y al cabo, tales pautas se muestran en las relaciones entre otras magnitudes ecológicas bien conocidas: los costes económicos de la descontaminación, por ejemplo. Cuando hablamos de transporte, no cabe duda de que la prisa se transforma directamente en insostenibilidad ecológica.

SIN TIEMPO PARA LA VIDA...

Quien se haga la ilusión de poder apurar las bellezas de París en un fin de semana, no considerará siquiera la posibilidad de viajar en tren. También aquel que sólo disponga de tres días para descansar en Mallorca preferirá el avión, desdeñando la travesía por mar. Pensemos por otra parte en la producción agropecuaria. La agricultura industrial moderna, basada en el uso generalizado de unas pocas variedades muy seleccionadas, ha provocado grandes pérdidas de biodiversidad agropecuaria. Esta erosión genética es consecuencia de la sustitución de variedades locales, la explotación intensiva de especies, la degradación ecológica, la desforestación, los incendios… A poco que se analice el asunto, resulta que la variable tiempo tiene mucho que ver en estos procesos.

Si no tenemos tiempo para la vida, nuestra civilización -de eso podemos estar seguros- está condenada. Si la legislación sobre trato humanitario a los animales de experimentación se cumpliera, la investigación no podría llevarse a cabo, dicen los experimentadores. Si nos atuviéramos a las leyes anticontaminación, la producción se detendría, dicen los industriales. Si los requisitos de seguridad para liberar en el medioambiente organismos transgénicos se respetasen, habría demasiadas trabas para el crecimiento del mercado de los productos recombinantes, dicen los ingenieros genéticos. Si no murieran algunos obreros, las obras no se acabarían a tiempo, dicen los empresarios constructores. “Y dominándolo todo y desaprovechándolo todo, sobre la acumulación y la especialidad, la prisa, la prisa que va dejando todo el espacio y el tiempo lleno de pedazos caídos y olvidados de corazón y frente, que nunca más se volverán a reunir.” (Juan Ramón Jiménez en Límite del progreso).

HACIA UNA CULTURA ECOLÓGICA DE LA LENTITUD

De acuerdo con el discurso dominante, no podemos permitirnos una economía ecológica. No podemos permitirnos una producción agropecuaria sostenible. No podemos permitirnos un sistema energético amigo de la Tierra. No podemos permitirnos no destruir, no contaminar, no devastar. No podemos permitirnos tiempo para la vida.

Si pensamos que sí podríamos permitírnoslo, que sí tenemos tiempo para la vida -a condición de poner en marcha transformaciones sociales y culturales profundas-; si al adagio time is money oponemos un resuelto tiempo es vida, entonces hay que abordar entonces un campo de problemas que podríamos caracterizar como cultura ecológica de la lentitud versus cultura capitalista de la rapidez. En efecto: una cultura ecológica no puede ser sino una cultura de los ritmos pausados, de los tiempos lentos. Deprisa, deprisa es, además del título de una muy estimable película de Carlos Saura, una combativa consigna capitalista.

La instantaneidad del usar y tirar se opone frontalmente a la duración y a la perdurabilidad que caracterizarían a una sociedad ecológicamente sustentable. Preservar, restaurar, cuidar, exigen tiempo y esfuerzo, tanto si hablamos de ecosistemas como de relaciones humanas. La sugestiva metáfora de “el jardín de los objetos” que aventura Ezio Manzini -considerar nuestros artefactos no como máquinas cuyo principal objetivo es la automatización total y el mínimo mantenimiento, sino como las plantas y frutales de nuestro propio jardín, bellas y útiles a la vez, con las que mantenemos no una relación funcional guiada por el principio del mínimo esfuerzo, sino una relación de cuidado- sólo puede pensarse en tiempos dilatados, despaciosos: los que hacen falta para cultivar un jardín, para entablar relaciones personales con los seres vivos o incluso con los objetos inanimados.

La demencial aceleración que experimentamos en las sociedades industriales contemporáneas tiene que ver, en última instancia, con la velocidad de circulación del capital y con la avidez por recoger beneficios. A la inversa, no cabe pensar en una economía ecologizada sin entrar en una fase de ralentización, de desaceleración.

Volvamos a considerar la dimensión tiempo lineal / tiempo cíclico. El tiempo lineal es sin duda el de la modernidad industrial, mientras el tiempo cíclico caracterizó la vida de las sociedades agrarias y, al menos parcialmente, deberá regir el desarrollo de una sociedad ecológicamente sustentable. Si intentáramos caracterizar la Revolución Industrial en términos de tiempo, habría que atender no sólo a la aceleración, sino también a la independización del tiempo cíclico de la Naturaleza. Tránsito de la biomasa a las energías fósiles. Del trabajo en ritmos cíclicos acompasados con la Naturaleza (día / noche, invierno / verano, etc.) al trabajo industrial ritmado por las exigencias productivas del capital. De los productos agrícolas de temporada al cultivo en invernaderos. De la ganadería tradicional a la ganadería industrial intensiva con estabulación permanente…En este sentido, el filósofo Julius T. Fraser ha propuesto definir el tiempo de la modernidad técnica mediante el fenómeno del “engrisamiento del calendario”, donde se borran las distinciones entre día y noche, entre días laborables y festivos, entre estaciones cálidas y frías...

LOS CICLOS NATURALES DE LA LUZ
Y “LOS TIEMPOS LENTOS DEL SER”

En su libro El ritmo de la vida. El factor tiempo en la naturaleza escribe Josef H. Reichholf: “¿Por qué no nos adaptamos al curso natural del tiempo? ¿Qué consecuencias tendrá que con frecuencia cada vez mayor intentemos salirnos de los antiquísimos ritmos naturales?...El medio de nuestra elección es precisamente aquel que nos marca todos los ritmos: la luz. Por medio de la luz artificial de nuestros días apagamos el ciclo de la luz natural, aunque lo paguemos en energía, en salud y en bienestar…No tenemos claro si esto incrementa la sensación de vitalidad o si más bien perjudica nuestra salud, pues este macroexperimento destinado a suprimir los ritmos de la naturaleza todavía es demasiado reciente: la edad de la luz artificial apenas tiene la edad de una persona. ¿Sabemos si nuestro organismo resistirá a la larga estos ritmos reducidos?... La rotación de la Tierra es nuestro indicador del tiempo. ¿No será un error prescindir de su ritmo?”

No hay manera de “hacer las paces con el planeta” sin reintegrar los sistemas socioeconómicos humanos dentro de la “economía de la biosfera” y eso nos exige tanto readaptarnos a los ciclos de la naturaleza como levantar el pie del acelerador. Pues ecologizar la economía quiere decir básicamente dos cosas: “cerrar los ciclos” y emplear energías renovables.

Cerrar los ciclos es imprescindible para lograr una producción industrial limpia y esto tiene una evidente relación con los tiempos cíclicos de la Naturaleza. Las energías renovables -las que se renuevan conforme al ciclo solar anual- se manifiestan en forma dispersa, tanto en el espacio como en el tiempo. Esto las diferencia de los combustibles fósiles y de la energía nuclear, concentrados durante millones de años por procesos biológicos y geológicos. Aprovechar las energías renovables exige disponer de adecuadas tecnologías de concentración y organizar el tiempo industrial y social de otra forma menos apresurada y ávida.

El poeta y pensador italiano Pier Paolo Pasolini hablaba de “los tiempos lentos del ser” en relación con la cultura campesina de la Italia previa a la “mutación antropológica” de los años 60, con el salto neocapitalista hacia una civilización del consumo: “Hablo de un mundo agrícola, con bosques y leñadores, la comida sencilla, la interpretación estética clásica, los tiempos lentos del ser, las costumbres repetidas hasta el infinito, las relaciones duraderas y absolutas, las despedidas desgarradoras, los pasmosos regresos a un mundo que no ha cambiado...”

Sin nostalgia “pasadista” ninguna, he de decir que no podemos concebir una sociedad sustentable que no se rija, en dimensiones muy importantes de su dinámica, por “los tiempos lentos del ser”. En definitiva, reintegrar los sistemas socioeconómicos humanos dentro de la “economía de la biosfera” requiere vivir más cíclicamente -lo que incluye el respeto de un calendario que conserve todos sus colores, en lugar de derivar hacia un engrisamiento uniforme- y vivir más despacio. Podríamos decir: reconstruir ecológicamente la sociedad industrial exige “ruralizarla”, al menos parcialmente.

TIEMPO PARA PONER EN PRÁCTICA
EL PRINCIPIO DE PRECAUCIÓN

La precaución tiene que ver con el tiempo: tiempo para pensar en lo que hacemos y evaluar las posibles consecuencias de nuestros actos. Tiempo para debatir a partir de información contrastada y de conocimientos sólidos. Tiempo para evaluar los riesgos. Un ritmo más pausado. Un grupo de científicos señalaban en una carta publicada en la revista Nature: “La claridad en las ideas es más importante que la eficacia, y la dirección de la investigación más importante que la velocidad que se le imprime”.

Por desgracia, parece que tales ideas son muy minoritarias, en un contexto hipercompetitivo en el que, cada vez más, la ciencia y la tecnología se ponen al servicio de los imperativos de valorización del capital. Para hacer visible la dinámica que mueve el desarrollo de la moderna biotecnología basta con visitar las páginas web de Monsanto, una de las empresas líderes del sector de las llamadas “ciencias de la vida”: “Si quiere tener éxito, una compañía del sector de las ciencias de la vida ha de ser la primera en inventar y la primera en sacar al mercado un producto. Monsanto está marcando el paso en la creación de más ideas, mejor y más rápidamente. El éxito se define hoy en términos de creatividad y velocidad... El objetivo es sacar al mercado un torrente de productos únicos y valiosos antes de que lo haga la competencia…El mantenimiento de una ventaja competitiva requiere un constante desarrollo de nuevos productos. Y han de ser lanzados simultáneamente -y poderosamente- en múltiples mercados en todo el mundo. Cualquier posición que no sea de primera o segunda marca en el mercado constituye una oportunidad perdida”.

El desfase entre los avances tecnocientíficos y la evolución de la sociedad se agranda. Ciertos analistas señalan que, a partir de la ruptura tecnológica de los años 60, el desarrollo de la biología molecular y la explosión de la informática han hecho saltar en pedazos la estabilidad general del sistema ciencia- técnica, tornando cada vez más difícil su control por parte de poderes públicos democráticos. Se ha sugerido que la crisis ecológica es sobre todo un asunto de velocidad y de globalización. Un sistema se vuelve insostenible si se acelera demasiado y no tiene tiempo de seleccionar las adaptaciones más viables y si se globaliza demasiado, lo que significa que se vuelve incapaz de fracasar en algunas de sus partes sobreviviendo en otras, y, por así decirlo, se lo juega todo a una sola carta.

Necesitamos tiempo para reaccionar ante nuestros propios actos. El principio de precaución, sin esta dimensión temporal, es sólo una expresión huera. Una tecnociencia fetichizada, en rapidísimo desarrollo, pasa a percibirse como el auténtico sujeto de la historia, mientras que los seres humanos rebajados a objetos impotentes sufren el impacto de procesos que no controlan. Sin una ralentización del desarrollo tecnológico parece imposible que comunidades democráticas y reflexivas se reapropien de la tecnociencia
-hoy crecientemente sierva del gran capital- para reinsertarla dentro de un orden social propiamente humano.

TIEMPO PARA EL CONOCIMIENTO

En el terreno del conocimiento están sentadas las bases para una comprensión holística de los sistemas complejos que son vitales para un mínimo gobierno del devenir humano dentro de la biosfera: ecología, teoría general de sistemas, cosmología moderna, modelización informática incluso de fenómenos tan complejos como el clima del planeta, psicología social... Pero necesitamos tiempo para perfeccionar los modelos y teorías que emplean esas disciplinas. Y sobre todo, tiempo para cribar los datos esenciales de entre la ciclópea ganga de informaciones que acumulamos sin llegar a poder asimilarlas realmente. Y tiempo para integrar los contextos del saber que permitan una decisión bien informada con vistas a la acción eficaz. Los archivos, bibliotecas y bancos de datos sobre todas las cuestiones imaginables crecen de forma exponencial, pero de forma simultánea se van volviendo inutilizables por falta de tiempo. La mejora en velocidad de procesamiento y en capacidad de almacenamiento de información se ve más que contrarrestada por las mejoras en la adquisición aún más rápida de información... que cada vez aprovechamos menos. Hace ya casi veinte años que Vartan Gregorian, director de la Biblioteca Pública de Nueva York, se refería a ese inquietante fenómeno: “Toda la información disponible en el mundo se dobla cada cinco años. ¡Se dobla! Pero ocurre este fenómeno: a medida que la información crece hay un decrecimiento en el uso de esa información. En 1975, estudios realizados en Japón decían que sólo el 10% de la información que se produce es utilizada y el 90% se desperdicia. Actualmente se utiliza sólo el 1% o el 2%!”

La relación entre tiempo y praxis humana es intrínseca y de la mayor importancia. Tiene por lo menos dos aspectos relevantes. Por un lado, la praxis presupone capacidad de elección y para ejercerla se precisa un abanico de posibilidades. Para aprovechar esas posibilidades hace falta tiempo: el tiempo peculiar de la deliberación y el de la decisión. La calidad de la decisión se halla estrechamente correlacionada con la calidad de la información -contar con toda la información relevante, pero no verse perturbado por una masa ingobernable de datos fútiles- y con el tiempo.

Por otro lado, tenemos el tiempo como kairós, noción que emplearon en filosofía Aristóteles y los estoicos. Es el presente del momento activo, la oportunidad histórica propicia que se presenta una vez y sólo una, y que por tanto importa máximamente saber identificar para aprovecharla en la acción. Más recientemente, Walter Benjamin aprovechó esta noción para redefinir la Revolución como una irrupción “kairológica”. En general, el tiempo en política es tiempo de kairós. También el cultivo de las relaciones interpersonales y el desarrollo de una vida personal rica e indagadora, harían un uso amplio de esta idea, que en la vida cotidiana halla a menudo su formulación en la frase “Cada cosa tiene su momento”, con la que intentamos calmar impaciencias extemporáneas. Como decía Julio Cortázar en una carta: “Yo he tenido libros que me moría por leer y he dejado pasar meses esperando el momento propicio. Puesto que el tiempo está lleno de casillas, no se puede violar una ordenación exterior a uno mismo pero que guarda una secreta correspondencia con el tiempo de dentro”.

¿QUIÉNES NOS SECUESTRAN EL TIEMPO?

En cierto sentido muy fundamental, los conflictos en torno al tiempo de trabajo son los conflictos de clase centrales en la sociedad capitalista. El poder puede definirse en términos de control sobre el tiempo ajeno. Como indicó el economista David Anisi en su libro Creadores de escasez, “Todos partimos de una igualdad básica. Independientemente de nuestras coordenadas sociales, el día tiene veinticuatro horas para todos. Técnicamente el tiempo es algo imposible de producir. Sólo el ejercicio del poder, al apropiarnos del tiempo de los demás, puede acrecentarlo. El poder se mide como la relación entre el tiempo obtenido de los demás y el tiempo necesario para conseguir esa movilización”.

Pues bien, esta lucha -existente siempre en las sociedades desiguales- por la apropiación del tiempo de los demás presenta rasgos nuevos en las sociedades de consumo. En el año 2000, los españoles dedicaron un promedio de 3 horas y media al día a ver televisión, cifra que se mantiene constante, con ligeras oscilaciones desde 1994. Las cifras correspondientes en Japón -más de 8 horas diarias- y en Estados Unidos -más de 7 horas diarias- son escalofriantes, pues nos indican que en los países supuestamente más “desarrollados”, sólo el tiempo consagrado al trabajo asalariado supera al de un consumo mediático cuya calidad no llama precisamente la atención. En el conjunto del planeta ya existían, a mediados de los años 90, más de 1 mil millones de televisores. La gente casi no tiene tiempo para la vida, pero sí tiene tiempo para permanecer horas diariamente ante la pantalla del televisor, cifra a la que cabría sumar el tiempo gastado en videojuegos y juegos de ordenador.

El “capitalismo cultural” desarrolla una elaborada estrategia para secuestrar el tiempo de la gente, lucha por ocupar el máximo de tiempo posible de conciencia de cada individuo con contenidos prefabricados.

Pensemos en términos espaciales: veríamos nuestra conciencia como una habitación que los medios masivos intentan atestar de cachivaches inservibles y bibelots de pésimo gusto. Pero para vivir una vida humana digna de tal nombre necesitamos espacios vacíos: tiempo para la meditación, para la contemplación, para el silencio. Tiempo para la fiesta y el encuentro con los otros. Tiempo para que sean posibles las sorpresas, las epifanías, las apariciones...

EL TIEMPO DE LA POESÍA

La lucha por el tiempo de nuestra vida, por la reconquista del tiempo secuestrado, es un combate cultural y político por convertir el “tiempo libre” de la industria del ocio en verdadero tiempo liberado, y el tiempo enajenado del trabajo asalariado en tiempo con sentido. En definitiva, recuperar el tiempo para ser humanos. “Llegará un tiempo en que habrá tiempo para que dure el tiempo”, nos promete el naturalista Joaquín Araujo. La poesía es una de las actividades humanas donde más a menudo y más a fondo se han interrogado los hombres sobre el tiempo y sobre sus tiempos. “¿Cantaría el poeta sin la angustia del tiempo?”, se preguntaba por boca de Juan de Mairena don Antonio Machado, quien dio su definición más esencial de la poesía al concebirla como “diálogo del hombre con el tiempo”.

“Nuestros relojes no sólo nos miden el tiempo, también fabrican el tiempo, y en lugar de los ritmos naturales y de los ritmos interiores de cada uno, se nos impone la regularidad artificial del monótono e interminable tictac. Hoy en día nuestras vidas se organizan según el tiempo de los relojes, y aceptamos esa servidumbre crónica, y apenas nos queda tiempo para reflexionar sobre qué es el propio tiempo y qué sentido queremos darle. El tiempo de la poesía, precisamente, es ese otro tiempo, el de retirarse de la carrera y topar con ámbitos más habitables”, dice el poeta Joseba Sarrionandía en No soy de aquí.

La poesía -dice Esperanza Ortega, a propósito del gran poeta vallisoletano Francisco Pino- no evoluciona en el tiempo lineal, histórico, sino en un tiempo circular y analógico que le es propio. Algo semejante nos indica al maestro chileno Gonzalo Rojas: “En cuanto a la temporalidad, tengo que decir que yo no he jugado nunca con el tiempo lineal, sino con el otro, con el tiempo circular, que fue el tiempo soñado en la Grecia clásica, y en el antiguo Oriente también. Ese tiempo de Borges o de Nietzsche”.

Y también podríamos atender a la reflexión de José María Parreño: “El poema exige tiempo y silencio, de los que carece ostensiblemente nuestra vida. Por eso la poesía que más se lee es la más narrativa y también por eso la publicidad, que para que se escuchen sus eslóganes trata de crear en torno suyo un margen de silencio, utiliza los recursos del poema. Asombra constatar que el poema nos proporciona tiempo y silencio. Igual sucede con otros bienes preciosos, que sólo al entregarlos podemos poseerlos con plenitud”. La frecuentación de la poesía podría, presumiblemente, introducirnos en temporalidades diferentes y proporcionarnos recursos para la resistencia político-cultural que necesitamos.

LAS ACTIVIDADES AUTOTÉLICAS
REQUIEREN TIEMPO Y PROPORCIONAN SENTIDO

Las dos ideas, la del “instante eterno” y la del “tiempo circular”, a las que parecen tan proclives los poetas, podrían hallar una traducción cotidiana y alejada de cualquier esoterismo en la observación siguiente: vencemos al tiempo devorador -Kronos / Saturno, el tiempo que nos precipita hacia la muerte- incrementando nuestra participación en el tipo de actividades que a veces se llaman “autotélicas”. Son las actividades cuya finalidad está autocontenida, que no apuntan más allá de sí mismas, que no son apreciadas instrumentalmente, sino valiosas en sí mismas, y que por tanto proporcionan goces y satisfacciones intrínsecas: el goce amoroso, la experiencia poética, la satisfacción estética, la contemplación intelectual o el disfrute a la vez sensorial, emocional e intelectual que proporciona una buena comida en grata compañía y con sobremesa inteligente. No cabe duda de que las actividades autotélicas son una de las principales fuentes de sentido para la existencia humana y lograr una vida buena exigirá expandir y ampliar este tipo de actividades.

Cabría pensar que la razón de fondo por la cual el capitalismo es enemigo de la vida buena es que, mientras mucho de cuanto hace la vida valiosa, rica en sentido, digna de ser vivida, son actividades autotélicas. La dinámica capitalista desconoce por completo esas actividades, por no decir que su expansión representa un peligro mortal para el capitalismo. La dinámica capitalista apunta a un mundo donde todo sea producir mercancías e intercambiarlas en mercados para que no se detenga la acumulación de capital.

En esa terrorífica contrautopía todas las actividades tendrían un único fin: hacer dinero. El capitalismo tiene que impedir, a toda costa, la pregunta por los fines humanos y, muy especialmente, por los fines últimos o “fines en sí mismos”. Pues su propio para qué último, su finalidad de finalidades, su razón no instrumental sino sustantiva, es extrahumana y no debe enunciarse en voz alta: para que siga girando la rueda de la acumulación de capital. Para este proceso ciego, para este caníbal dinamismo, los seres humanos provistos de fines propios son un estorbo que hay que orillar. Flexibilizar es el vocablo preferido en estos casos: la licuefacción de todo lo sólido es el movimiento matérico del capitalismo. La economía política se resuelve en dinámica de fluidos. Quienes se preguntan por el sentido de la vida son anticapitalistas peligrosos, a quienes el sistema tiene que aislar y tratar preventivamente.

LAS “SILLAS DE OFICINA ETERNAS”

En este contexto, cabe interrogarnos sobre la principal propuesta que los defensores de una ecologización del capitalismo propusieron en los años 90: La tesis de la “desmaterialización”. Para escapar al atolladero ecológico que causa la dinámica intrínsecamente expansiva del capitalismo al operar dentro de una biosfera finita, la única vía de salida plausible que el defensor de un “ecocapitalismo” puede señalar es la idea de vender servicios en lugar de productos, “desmaterializando” así los ciclos de producción y consumo. Esto se puede ilustrar bien con el ejemplo de la “silla de oficina eterna” que traen a colación los autores del Informe al Club de Roma. Si los elementos estructurales de la silla (base, patas, mecánica del asiento) se optimizaran en cuanto a su calidad ergonómica, a la comodidad, robustez y fácil reparación, y si fueran diseñados para separarse con facilidad de los elementos más visibles y perecederos -el tapizado- con el fin de poder cambiar esos elementos de cuando en cuando, entonces obtendríamos una silla de oficina casi eterna. La objeción es inmediata: ¿Qué fabricante estaría interesado en vender sillas así? Una vez cubierta la demanda, adiós negocio para toda la eternidad. La respuesta que dieron es interesante: vender sillas de oficina eternas puede ser efectivamente un mal negocio, pero alquilarlas sería un negocio fabuloso.

En el Informe al Club de Roma se lee: “¿Existe una fórmula para interesar tanto a los fabricantes como a los comerciantes en este concepto de la longevidad? La respuesta está en el leasing. De este modo, la solidez del producto se convierte en algo que tiene un interés comercial directo. El paso de la venta al leasing, que optimiza el rendimiento puede tener amplias consecuencias para la sociedad industrial. Puede ser la señal de partida para encaminarse hacia una sociedad de servicios que prime el rendimiento y la solidez de los productos”.

¿ES POSIBLE UN ECOCAPITALISMO?

Este paso de la venta de productos a la venta de servicios es concebible, ciertamente, dentro de la lógica del sistema. Pero si se generalizase tal estrategia, toparíamos de inmediato con otro factor limitante: ya no el “espacio ecológico” finito, sino el limitado tiempo vital de cada uno y cada una. Los productos materiales pueden acapararse, atesorarse y acumularse sin usarlos -dentro de ciertos límites- y el dinero puede acumularse sin límites. En cambio, el consumo de servicios no puede dilatarse en el tiempo, sino que sucede “en tiempo real”. Y el día tiene 24 horas para todos y todas.

El problema puede visualizarse bien si se piensa en la diferencia entre comprar libros o cintas de vídeo, y acumularlos aun sin leerlos o visionarlas -porque nos engañamos pensando que “algún día tendremos tiempo para hacerlo”-, frente a sacar libros prestados de la biblioteca o a ver películas transmitidas por cable mediante un sistema de pay per view. En el caso de libros prestados o películas transmitidas, acumular no es posible y la realización del beneficio capitalista topa con el límite infranqueable de las 24 horas que tiene el día. Y eso, sin contar con que la estrategia de “vender servicios en lugar de productos” topa con otro límite importante en el tipo concreto de capitalismo que ha emergido de la reestructuración de los años 70-80, con una enorme y creciente cantidad de poder político-económico concentrado en un puñado de grandes empresas transnacionales.

El “ecocapitalismo utópico” de las “sillas de oficina eternas” exigiría una redistribución de poder en beneficio de las comunidades locales y de los trabajadores, y en detrimento del gran capital. Las economías de un ecocapitalismo utópico tenderían a ser economías más autocentradas, con mercados locales y en cierta medida cautivos, con menos libertades para el gran capital. Por eso, si bien un ecocapitalismo que apuesta por vender servicios en lugar de productos es concebible, su materialización contraría los intereses de los mayores poderes del mundo en el que vivimos: las grandes corporaciones transnacionales.

UNA NUEVA CULTURA DE SUSTENTABILIDAD
EXIGE UNA NUEVA CULTURA DEL TIEMPO

El dominio del tiempo es una forma básica de poder, es quizá, incluso, la forma básica del poder. Poder sobre otros -compraventa del tiempo de trabajo-, pero también poder sobre uno mismo: autodominio para gobernar mi tiempo vital de acuerdo con mis propios deseos e intereses, en una época en que la industria de producción de contenidos de conciencia se gloría de mantener a la gente pegada a las pantallas tantas horas al día.

Los primeros relojes mecánicos, en el siglo 13, eran de una sola aguja, sólo tenían la manecilla de las horas. La manecilla de los minutos se añadió en el siglo 16 y la de los segundos -es significativo- en el siglo 18, en paralelo con el desarrollo del capitalismo industrial. Desde que aparece la medición exacta del tiempo, las horas y los segundos medidos con precisión se convierten en algo que se puede comprar y vender: el tiempo puede ser mercantilizado, algo impensable en la anterior sociedad feudal. En el Medioevo, uno de los motivos por los que se prohibió la usura fue por considerar que cargar un interés equivalía a vender tiempo y se suponía que éste sólo pertenecía a Dios.

La idea de sustentabilidad, esencial para el ideario ecologista en cualquier versión, tiene una relación estrecha con el tiempo: por su proyección hacia el futuro -tener en cuenta en el presente las necesidades de las criaturas del porvenir- y por la formulación de los criterios operativos de sustentabilidad en términos que incluyen magnitudes temporales: velocidad de reposición de los recursos naturales renovables, velocidad de biodegradación de los contaminantes, etc. “Internalizar las externalidades” ecológicas -fórmula preferida por los economistas para avanzar hacia la sustentabilidad- no quiere decir otra cosa que asumir nuestras responsabilidades para anudar un lazo más sano entre pasado, presente y futuro.

En Más allá de los límites dice Donella H. Meadows: “Tenemos que ser muy claros acerca de los límites que hemos sobrepasado. No se trata de límites en el número de personas o en el valor monetario de nuestra economía, o al menos no directamente. No se trata de límites concretos como una pared a la que podíamos haber llegado. Son límites de velocidad: límites en la frecuencia con la que las fuentes pueden ser renovadas y los desperdicios reabsorbidos. Si pudiésemos ralentizar el flujo de materiales y energías extraídos de la tierra por nuestra economía y devueltos a ella en forma de desperdicios podríamos volver a estar por debajo de los límites del planeta y retornar a la seguridad que esto produciría. En realidad, podríamos mantener a la población mundial actual, e incluso a más gente, de forma compatible con las limitaciones de la Tierra”.

NUESTRO MAYOR DESAFÍO

La preocupación contemporánea por la sustentabilidad expresa el deseo de repensar las nociones de temporalidad implícitas en las ideas convencionales de “progreso” y “desarrollo”. A primera vista, ese deseo parece centrarse en exigir una dilatación del horizonte temporal: es un escándalo intelectual y moral que, en las “sociedades del riesgo” que son las nuestras, diez años sean ya para mucha gente el largo plazo. Pero, de manera más profunda, se trata de desplazarnos desde una dimensión temporal infinita a una finita. La economía convencional ni siquiera considera cómo podría acabar la economía y la agronomía convencional, no se plantea cuál podría ser el final de la agricultura, pero la noción de sustentabilidad encierra en sí misma la posibilidad del final, cualquiera que sea el sistema al que la apliquemos: ecosistema, agrosistema, sistema industrial...

La sustentabilidad puede pensarse como una nueva relación con el tiempo, reconstruyendo las sociedades industriales de forma que aprendan a tener en cuenta el largo plazo, a organizar sobre bases nuevas las relaciones intergeneracionales, a acomodarse de manera racional a los ciclos temporales de la biosfera y a interiorizar la mortalidad y la finitud. Éste es acaso el desafío mayor al que hacemos frente en nuestro tiempo.

ESCRITOR Y PROFESOR UNIVERSITARIO.
MIEMBRO DE ECOLOGISTAS EN ACCIÓN.

TEXTO APARECIDO EN www.rebelion.org

RESUMIDO Y SUBTITULADO POR ENVÍO

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