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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 227 | Enero 2001

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Internacional

El naufragio: las ONG al rescate

Un trabajador de la cooperación, que ha trabajado durante ocho años en Centroamérica, eligió la metáfora de un naufragio, donde quienes se ahogan, son rescatados o nadan son los pobres del Sur, para reflexionar, con ojo crítico y pasión, sobre el papel de las ONG.

Gabriel Pons Cortes

Hace un tiempo me contaron una historia sobrecogedora. Trataba de un lugar en el Sur donde la gente vivía en barcos desvencijados que apenas lograban mantenerse a flote. Ocurría con frecuencia que algunos de estos barcos, que eran enormes y estaban abarrotados de pasajeros, se hundían. Entonces miles y miles de náufragos luchaban por sobrevivir en el agua, nadando los que podían, otros agarrándose a los restos del naufragio. Los más afortunados se subían a las barcas de salvamento, pero no eran suficientes más que para unos pocos...


Yates, lanchas, balsas, unos ahogados, otros salvados...

Los desastres se repetían cada cierto tiempo, y cada vez que ocurrían la gente se ahogaba por miles. Las noticias comenzaron a llegar al Norte porque algunos periodistas pudieron hacer fotos de los barcos hundiéndose, de la gente luchando por nadar entre las olas, de las madres intentando salvar a sus hijos. La población del Norte quedaba sobrecogida por lo que veía, quería hacer algo. Al principio no se preguntaban por qué se hundían los barcos. Sólo querían colaborar, salvar cuanta más gente mejor. Pasó mucho tiempo sin que se intentara entender las causas.

Al principio eran pocos los rescatadores, tanto del Norte como del Sur. Con poca experiencia, y más empeño que acierto, se dedicaban a sacar gente del mar así como intuían que se debía hacer. En aquellos primeros tiempos se aprendieron muchas técnicas de salvamento. Se formaron muchos capitanes, que sin más escuela que el trabajo diario, fundamentaron la Ciencia del Rescate de los Náufragos, que después se pudo estudiar en las mejores universidades del mundo. Los capitanes que procedían del Norte regresaban a sus tierras con una aureola de héroes. Cuando contaban sus historias conseguían que la gente se compadeciera de los náufragos y entonces exigían a sus gobiernos actuar.

Presidentes y ministros estaban preocupados. No por lo que pensaran sus votantes, lo que les importaba más bien poco, sino por la suerte de las víctimas, que les debían mucho dinero, y no podrían pagarlo si no sobrevivían. Defendiendo sus intereses, mandaron también sus barcos de salvamento.

Con el tiempo fueron llegando más naves. ¿Quiénes estaban? Había capitanes llegados del Norte, unos por compasión, otros por aventura. Había algunas lanchas de los gobiernos del Norte, y también algunas de los gobiernos del Sur, con los gastos cubiertos por los del Norte. Había izquierdistas reciclados, religiosos, funcionarios en excedencia, gente de buena voluntad la mayoría, aunque algunos esperaban resolver su vida dedicándose al trabajo de salvamento.

Mucha gente del Norte daba dinero. Se hacía necesario poder justificar su gasto. Para esto, inventaron un procedimiento, que todavía hoy llaman proyecto, que consiste en que la lancha vaya a salvar a un número determinado de náufragos ya conocidos. Entonces van a su encuentro, salvan a los que pueden y regresan a presentar las cuentas de los gastos. A veces salvan a pocos, otras no salvan a ninguno, pero igualmente presentan las cuentas. Entre los que dan el dinero se considera más importante tener las cuentas claras que mostrar buenos resultados, porque ya se sabe que el rescate es cosa difícil y no siempre está el éxito garantizado.

Y así han ido pasando las cosas hasta hoy en día. En estos mares del Sur se puede ver toda clase de naves, desde balsas de troncos donde apenas se pueden acomodar los náufragos recogidos, hasta yates de lujo que ofrecen un aperitivo a los recién sacados del mar. Algunos extranjeros se dedican a ofrecer naves marineras a algunos de los que navegan en balsas, si es que se puede llamar navegar a capear las olas sin hundirse, y a la vez consiguen salvar a muchos náufragos con pobreza de recursos y trabajando con ahínco. Desde el Norte muchos grupos de gente compungida por la catástrofe dan dinero para comprar más y mejores lanchas a quien demuestre que puede rescatar más náufragos. Los resultados son desiguales: unas veces los nuevos patrones de las flamantes lanchas rescatan más y más náufragos gracias a la potencia y facilidad de maniobra de su nueva nave. Pero en otras ocasiones quedan embobados por tanto lujo y se dedican a festejar a los donantes para conseguir más y mejores barcos. También ocurre a veces que los patrones de las nuevas naves no saben manejar el timón y se estrellan contra otros barcos. Algunos se hunden.

Son raros los casos en que los balseros rechazan los nuevos barcos y prefieren seguir rescatando gente en sus pobres cascarones. Dicen que se sienten más cerca de las desgracias del prójimo, y los pueden divisar mejor que desde las cubiertas de los yates. Muchos de los patrones o de la marinería de las lanchas caras son antiguos náufragos que, gracias a su experiencia, pasaron de ser salvados a timonear su nave. Otros, en cambio sacaron su título de patrón atraídos por los buenos salarios o por las ganas de salvar a sus semejantes. Lo primero es comprensible y no debe reprocharse: salvar náufragos es un trabajo delicado y difícil y merece ser reconocido. Lo segundo es más loable, pero no sólo bastan las buenas intenciones.


Muchas más preguntas que respuestas

Esta parábola continúa... Partiendo de ella quiero hablar al mundo de la cooperación y hablar del mundo de la cooperación. Hay cierta sensación de desánimo entre alguna gente que se dedica a la cooperación, que contrasta con la complacencia o la falta de espíritu crítico que se puede encontrar en otra gente del ramo. Escribo a ambos grupos, a los desanimados y a los que se contentan con lo que hay.

La intención es aportar ideas para la discusión. Nacen de años de trabajo directo en cooperación en el Sur y como técnico en zonas rurales del Norte, experiencias que me han permitido comparar ambas formas de vida, tanto en sus diferencias como en sus semejanzas. Planteo más preguntas que respuestas. Soy consciente de que el efecto que pueden producir es de más desorientación, al criticar las herramientas que se usan sin proponer otras a cambio. La propuesta no es abandonar las herramientas. Es saber por qué usamos las que usamos, y conocer las limitaciones de nuestro trabajo, para no ir por ahí dando a entender que las ONGD somos la solución de los problemas.


Los pobres ante una pila de monedas

Especialmente, del problema de la pobreza. Es muy difícil describir en poco espacio las causas de la pobreza. La mayor parte de lectores tendrá seguramente una idea sobrada de lo complejo que es este problema. Intentaré una imagen simplificada para poder entender mejor la idea de qué déficit es el que hay que cubrir desde la cooperación.

Es posible intentar representar ese déficit como la imposibilidad por parte de los pobres de acumular un capital, que podemos imaginar como una pila de monedas. Mientras intentan acumular por arriba con un nuevo ternero, la cosecha de ajonjolí o la venta de gallinas, por abajo le va quitando monedas la enfermedad del niño, el robo del caballo, las últimas inundaciones o la plaga del maíz. Nunca aumentan la pila de monedas, y por tanto nunca llegan al límite de salida de la pobreza. La falta de economía de escala en la producción de subsistencia y las pocas posibilidades de aumentar la productividad por las malas condiciones ecológicas hacen el resto. Con una sola hectárea de tierra cultivable -como poseen, y a veces ni siquiera eso- millones de familias de los países pobres no pueden hacer posible el milagro del desarrollo.

Lo que usualmente hace la cooperación es añadir monedas por arriba, en vez de evitar que se las quiten por abajo. En eso consiste el darle una vaca, mejores semillas o un tractor. A veces las pilas no están preparadas para aportaciones grandes, y se caen, como cuando no pueden manejar la tecnología que se les aporta. O bien son tan insignificantes -hay proyectos que consisten en entregar media docena de gallinas o una cabra-, que no pueden compensarse con la pérdida de monedas que ocurre por abajo. En ocasiones sí se pretende evitar las pérdidas, y se construyen centros de acopio de granos que funcionan aprovechando las diferencias de precio estacional, o se instalan programas de salud preventiva, o cualquier otro programa que mejore la seguridad de sus bienes. Lo que muchas veces ocurre es que la velocidad en la pérdida de monedas es demasiado grande como para que los proyectos puedan hacer algo para evitarlo. Entonces la cooperación se desespera porque el proyecto no resuelve los problemas, porque no se supera la línea de la pobreza o porque siente -y esto es lo importante- que las intervenciones no duran el tiempo suficiente.

Lo que pocas veces se tiene en cuenta es que la pérdida se va a seguir produciendo siempre, en las condiciones actuales de neoliberalismo imperantes, donde no hay clínicas gratuitas para la enfermedad del hijo, ni policía que evite los robos de ganado -cuando no es ella misma la responsable-, ni veterinarios del Estado que controlen las enfermedades del ganado, ni seguros que cubran sequías o inundaciones. Así las cosas, el aporte con los proyectos que hace la cooperación para cubrir el déficit no debe interrumpirse si no se quiere volver a la situación anterior. Pero, en poco tiempo, los precios bajos de los productos agropecuarios, la vulnerabilidad ecológica, la falta de capacidad para producir a precios competitivos se encargan de dejar las cosas como estaban.

Cuando las condiciones no son favorables, es inútil intentar alcanzar el "desarrollo". Este hecho se reconoce sin complejos en el Norte con las subvenciones agrícolas: no se espera que después de diez años el campesino europeo "haya alcanzado las condiciones de la sostenibilidad" -dicho en el lenguaje de la cooperación- y ya no necesite que sus ovejas sigan cobrando. A pocos se les ocurre pensarlo, o por lo menos manifestarlo públicamente. ¿Por qué tiene que ser así en el Sur?

No hay barcas pa´ tanta gente

Un náufrago ha conseguido fabricar una balsa con restos del barco, tan sólida que es capaz de dar cabida a su familia. Llegan capitanes del Norte a investigar el hecho. No cabe duda: es una balsa y sirve para sobrevivir holgadamente. Los extranjeros observan la nave artesanal, le sacan fotos y la filman. Surge el debate entre los capitanes del Norte. ¿Es un hecho aplicable a la generalidad? ¿Es un modelo para los demás náufragos? ¿Es el camino a seguir? Algunos creen que sí. Otros en cambio piensan que sólo es una excepción, que la mayor parte deberá seguir nadando. Sin embargo, los que piensan así están preocupados, porque obviamente no se puede nadar eternamente. ¿O sí? "Aquí hay uno que nada muy bien, ¡vengan a ver!". Las lanchas se arremolinan en torno al nadador. A fuerza de nadar, ha desarrollado un estilo elegante.

Sus brazadas son enérgicas y a la vez parecen capaces de conservar la fuerza por horas o por días. El nadador representa una esperanza para los náufragos, que se preguntan: ¿podremos nadar nosotros como él? ¿será posible salvarse sólo nadando? Muchos extranjeros afirman que sí -aunque ellos van en barco-. Les dicen a los náufragos que no podrán aspirar nunca a tener su propia embarcación, y por eso deben aprender a nadar muy bien para sobrevivir. Pronto se encuentran otros casos de buenos nadadores. Hay una verdadera obsesión entre los patrones por encontrarlos y estudiar sus movimientos. Aparecen muchas mujeres que no sólo se mantienen ellas a flote, sino que además pueden hacerlo con sus hijos. Éstas reciben una atención especial.

Inmediatamente se corre la voz entre los yates: es posible salvarse nadando. Eso no significa que los patrones locales vayan a deshacerse de sus naves. ¿Para qué? Pero como no habrá barcos para todos, es necesario que los que nadan se resignen a seguir haciéndolo. Muchos que apenas sí saben nadar tendrán que aprender el mejor estilo, capaz de hacerles sobrevivir en medio de las peores tormentas. Tal es la resignación de los náufragos que pocos se preguntan por qué no pueden ellos subirse a una barca. Pocos saben que en el extranjero, a los náufragos, se les provee al menos de una lanchita hinchable, que no es un yate, pero hace el papel para mientras mejora la situación.

Pronto se organizan encuentros entre los patrones y los mejores nadadores. Invitan a algunos a subir a las barcas para que expliquen cómo lo hacen, y les ayudan para que puedan enseñar a otros nadadores o a aspirantes a nadadores. Sólo les ponen una condición: lo que enseñen a los demás náufragos tiene que estar relacionado con la natación. Nada de hablarles de barcas, que son muy caras y no hay para todos. Los puristas exigen que se supriman también los salvavidas. Tal es el entusiasmo que despierta el hecho, que cuando se habla de qué pedir a los donantes que financian el rescate, ya no se piden salvavidas: se escribe en los proyectos que los náufragos aprenderán a nadar. Sólo hay que financiarles las clases, y eso cuesta poco.


A la búsqueda de casos exitosos

Lo que determina los dos tipos de comportamiento más comunes entre las organizaciones no gubernamentales para el desarrollo (ONGD) y los institutos y universidades que estudian la pobreza es su opinión acerca de si es posible que el pobre pueda insertarse en el mercado con éxito, en las mismas condiciones que los que van a competir con él. Los que piensan que sí puede creen que hay que tomar los casos exitosos de salida de la pobreza como referencia, y promocionarlos como método para aplicar a la generalidad. Es una actitud sorprendentemente simplista, que se puede encontrar hasta en las ONGD que están en primera línea -aunque en pocas- y en universidades prestigiosas.

Si se ha observado que un campesino ha llegado a hacerse rico con el cultivo de la cebolla, será que hay que cultivar cebollas. Se buscan casos exitosos, para poder generalizarlos: cooperativas agrícolas que se han hecho con un sector del mercado de exportación de hortalizas a los Estados Unidos, empresas exportadoras de cacao con beneficios especiales para los agricultores, bancos rurales con índices de recuperación del 98%, etc., etc. Estudian estos casos porque creen que comprendiendo el mecanismo gracias al cual se ha producido, será posible reproducirlo. Se tiene poco en cuenta que estas situaciones son escasas y que, cuando se dan, se dan precisamente porque ha coincidido un cúmulo de circunstancias favorables que son las que convierten el hecho en una excepción: el proyecto ha encontrado un nicho de mercado desocupado, y alguien ha tenido la suerte, los conocimientos y el arresto necesario para sacar el proyecto adelante. Además, los beneficiarios han respondido y, sobre todo tratándose de proyectos productivos, se han encontrado compradores.


Sólo logros modestos y no "desarrollo sostenible"

Lo mismo que con la promoción de ciertos cultivos se da con la formación de empresas viables. Algunas de estas empresas han sido estudiadísimas. Por ejemplo, El Castaño, en El Salvador, que después de 14 años de tutoría de la AID, se ha convertido en una potente agroindustria. Se han estudiado, pero no se han dado pasos significativos que permitan reproducirlas. Y es que ocurren en momentos excepcionales y no suelen ser replicables. El error es pensar que lo que uno consigue lo pueden conseguir todos. En el caso hipotético de que fuera posible reproducir el conjunto de circunstancias favorables, no se puede pretender que haya tantos nichos desocupados como pobres con necesidad de desarrollo. La inmensa mayoría cultivarán productos poco diferenciados como los granos básicos, con pocas posibilidades tanto técnicas como ecológicas para producir otra cosa, o venderán mercancías en los semáforos haciéndose la competencia entre ellos. Esto no tendría importancia si fuéramos conscientes de ello. Reconocer que lo que proponemos no es una solución para todos nos evitaría que el triunfalismo se usara en contra nuestra.

Hay otro punto de vista que no es necesariamente el contrario del anterior. En ocasiones, como el náufrago que nada bien, hay pobres que logran mantenerse. Por alguna razón, son capaces de acumular fichas sin perder demasiadas. Juntan un capitalito y salen de la pobreza extrema, llegando a una pobreza más o menos digna, gracias a proyectos de crédito, productivos, ayudados por servicios básicos, o porque así ocurre de vez en cuando. Este tipo de logros es modesto, pero más común que el caso de los cultivos no tradicionales exitosos o que las empresas viables. No se trata propiamente de excepciones, porque ocurre con frecuencia cuando se aplica cierto tipo de proyectos. El error es desconocer los límites de este modelo y venderlo a los pequeños donantes como "desarrollo sostenible", como la solución al problema de la pobreza. Esto resulta un caso flagrante de inconsistencia entre el discurso de las ONGD y los resultados de su trabajo. No es muy grave cuando lo usamos como modelo de solicitud ante los grandes financiadores -es normal, tenemos que mostrar los éxitos, aunque sean modestos, para que nos financien más-, pero sí es una equivocación grave cuando lo usamos como reivindicación ante los poderosos, que aplican la "teoría de la aspirina".

Una vez que nos ha parecido que es posible salvarse nadando, se nos ocurre que nadar es una solución y además, que es la mejor solución posible. Hay dos ejemplos bastante claros. Uno es rural. Es la "agricultura sostenible" con sus variedades: ecológica, de diversificación, de patio y otras. En el caso de la agricultura ecológica, se cree que la solución está en reducir la vulnerabilidad ante los cambios de precios eliminando los gastos de producción agrícola. Otro es un ejemplo más urbano, aunque a veces toma la forma rural: las "microempresas", término vago como pocos en el que cabe como microempresario el desempleado que vive de lo que consigue en el día, hasta el que hace negocios con varios empleados. Tanto para el caso de los campesinos pobres como para el caso de los pobres del sector informal urbano, ambos comparten la característica de trabajar dentro de los límites de la subsistencia.


La agricultura sostenible: una forma de desconexión

Ante el desánimo que produce la falta de sostenibilidad de los proyectos y las condiciones cada vez más difíciles para la producción, muchas ONGD han tomado el camino de la "agricultura sostenible", un camino que representa una especie de desconexión con la economía formal. Significa protegerse de las condiciones adversas en el mercado en vez de enfrentarlas. Significa renunciar a pedir soluciones radicales y conformarnos con lo que hay. Y tanto podemos llegar a conformarnos que terminamos creyéndonos que esta desconexión es una solución real.

Imaginémonos un campesino que se dedica a cultivar maíz en una hectárea de una ladera empinada, pedregosa y seca. Su cosecha es escasa, no le alcanza para comer todo el año. Tiene que vender una parte para poder pagar la deuda del préstamo que necesitó para comprar el fertilizante y los pesticidas. Cuatro meses antes de que llegue la nueva cosecha, las reservas del año anterior se le terminan. Y el rendimiento de la cosecha baja cada año, porque la tierra está erosionada y ha perdido los nutrientes y la estructura. Esta situación se repite en todos los países pobres. Se ha intentado ponerle solución de muchas maneras distintas. Una de las más usadas ha sido la promoción de la agricultura sostenible.

Hay muchas definiciones de agricultura sostenible. En general, son vagas a la hora de describir exactamente en qué consiste. Las definiciones incluyen siempre aspectos como el de "estar enmarcada dentro del desarrollo sostenible, socialmente justo, económicamente viable, ecológicamente equilibrado y enraizado en la cultura local". Muchas agencias han interpretado esta definición como agricultura orgánica: la que no utiliza abonos químicos ni pesticidas, con la doble intención de disminuir costos de producción y a la vez mejorar el medio ambiente. Ambos objetivos son loables. El problema suele estar, como en tantas otras ocasiones, en las exageraciones y en el desconocimiento de su alcance.

Éxito en reducir costos, fracaso en aumentar productividad

El funcionamiento de la agricultura, al igual que el de otras ramas de la economía, consiste en encontrar un balance favorable entre la productividad, los costos y el precio del producto. La agricultura orgánica ha tenido mucho éxito en la reducción de los costos, pero, por muchos motivos, ha fallado bastante en cuanto a la mejora de la productividad. Los rendimientos conseguidos en las fincas donde se han introducido tecnologías alternativas están, por lo general, por debajo de los promedios. En general, la explicación está en que la recuperación de un suelo dañado es muy lenta, lleva años. Además, esa recuperación no está asegurada en todos los casos.

En la agricultura orgánica, ecológica o sostenible -de las tres maneras se puede llamar- de lo que se trata, como en la cooperación en general, es de hilar fino. No es lo mismo promoverla en unos suelos que en otros. No tiene nada que ver el café orgánico, que muchas veces cuenta con precios favorables que compensan la menor productividad, con los cultivos de granos básicos -maíz y frijoles en América Latina, sorgo y mijo en África, arroz en Asia-, expuestos al mercado y que no cuentan con mayores ventajas cuando no usan productos químicos.

Es en la promoción de los granos básicos orgánicos donde se pueden encontrar las mayores inconsistencias. Es necesario revisar en este caso la verdadera viabilidad de los métodos sin fertilizantes haciendo estudios sobre los aportes y extracciones de nutrientes, así como sobre la disponibilidad de materia orgánica en las zonas donde se proponen métodos orgánicos.

La explicación es sencilla. Los granos básicos -excepto las legumbres- son cultivos esquilmantes. Un cultivo esquilmante es el que extrae gran cantidad de nutrientes del suelo. El maíz, producto importante en los trópicos, es un ejemplo. Cuando se cultiva maíz, estamos sacando del suelo grandes cantidades de nitrógeno, fósforo y potasio, elementos que hay que aportar con los fertilizantes para mantener el suelo en su estado original. El problema es que los fertilizantes químicos no mantienen la estructura del suelo original. Lo empobrecen, porque no aportan la materia orgánica perdida. Pero son más eficientes a corto plazo que los abonos orgánicos, los procedentes del estiércol del ganado o del compostaje de basuras.

La controversia surge cuando se trata de establecer el daño real que representan los fertilizantes. Muchos de los males que se les achacan -empobrecimiento del suelo, envenenamiento de ríos y lagos- se deben a su aplicación en grandes cantidades por hectárea, tal como se hace en los países ricos. Pero esto casi nunca ocurre en los países subdesarrollados, donde no hay dinero para tales derroches. En el Sur, el problema es la falta de fertilizantes, no el exceso. Sin ellos, no se puede conseguir la producción necesaria para responder a las necesidades de la población. Una opinión autorizada habla de que "el uso de fertilizantes minerales debe ser incrementado sustancialmente para conseguir igualarse con las necesidades de alimentos, aunque las fuentes orgánicas pueden y deben contribuir más al aporte de nutrientes". Y añade: "Aunque las consecuencias medioambientales del uso y producción de fertilizantes deben evitarse, en la mayor parte de países en desarrollo el problema es el uso insuficiente de fertilizantes, no el exceso".


¿Por qué promover en el Sur utopías irrealizables en el Norte?

Conocer los límites productivos de la agricultura orgánica es necesario para establecer su viabilidad real y, sobre todo, para ubicarla con más precisión en el camino que hay entre la subsistencia y el desarrollo. No es posible convertir al Tercer Mundo en el lugar de las utopías que no se han podido realizar en el Norte, la utopía ecológica entre ellas. Es cierto que la agricultura del Norte es antiecológica por el gran uso de energía que necesita. Pero hay que tener en cuenta que el Sur tiene que competir contra esa eficiencia antiecológica del Norte, capaz de producir más a menor precio, en parte también gracias a los subsidios que reciben los agricultores del Norte.

Si esta competencia no existiera, o si todo el mundo se pusiera de acuerdo en las productividades máximas admisibles, y además conociera las mínimas necesarias para dar de comer a todo el mundo, entonces sí sería posible una promoción realista de la agricultura orgánica. Pero esto no es así.

En muchas ocasiones, las agencias imponen sus puntos de vista ecológicos sin tener en cuenta las necesidades económicas de los campesinos o sus posibilidades de conseguir mano de obra -muy requerida en los trabajos que demanda la agricultura orgánica- o las posibilidades reales que tienen los suelos. Hay que pedir realismo, porque con la apertura de fronteras la producción de granos básicos sólo ofrece dos opciones: dedicarse a la subsistencia con cosechas mínimas que no alcanzan para dar de comer a la familia, o conseguir productividades razonables con aplicaciones razonables de productos químicos. Esto no significa que no haya que promover el cuidado del suelo, el aporte de materia orgánica o el uso racional de plaguicidas químicos. Significa que es necesario saber hasta dónde se puede llegar con la agricultura orgánica.

¿Conservación de suelos? ¿Diversificación de cultivos?

Un cuestionamiento similar podemos hacer a la rentabilidad de las prácticas de conservación de suelos. Sería un ejercicio interesante estudiar el rendimiento que se le puede sacar a una hectárea al deforestarla, cultivar granos unos años, empastarla, criar ganado y abandonarla, en relación con el precio de la tierra en zonas de frontera agrícola, allí donde se encuentran los límites entre las tierras de cultivo y los bosques, donde se deforestan millones de hectáreas cada año. Es bastante probable que este comportamiento sea económicamente racional. Deforestar es rentable a corto plazo, y además es necesario para los países pobres que tienen en los bosques su principal recurso económico.

Lester Thurow opina: "Las lluviosas selvas tropicales pueden producir la atmósfera que todos necesitamos para sobrevivir, pero para Brasil, Indonesia y China es económicamente racional talarlas. Nadie paga por el aire puro, pero la gente paga por las naranjas o la carne. Tienen todo el derecho del mundo a talar sus bosques y convertirlos en naranjales y tierras de pastoreo con el fin de enriquecerse". Es inútil que intentemos convencer al campesino que no deforeste si no le compensamos por el trabajo que le representa conservar el suelo y el bosque. ¿Debe ser el campesino quien pague la protección ecológica de la tierra, aunque sea suya, en contra de sus propios intereses económicos? No se le puede pedir al pobre que piense en la salvación de la humanidad cuando no sabe qué va a comer mañana.

Otra opción es la diversificación. Puede ofrecer algún grado de defensa ante el problema de la baja productividad de los granos básicos. Muchas ONGD proponen un sistema de finca en el que los granos básicos sean sólo un componente y se complementen con ganado, agricultura de patio -cuyas tareas recaen sobre todo en las mujeres- y cultivos permanentes o semipermanentes. Esta opción puede representar una mejora, pero no la solución al problema de la pobreza.

La diversificación se puede ver desde dos puntos de vista. Uno es la adopción de nuevos cultivos que representen una alternativa económica real para la producción. No hay ninguna objeción a este planteamiento. El único problema es lo difícil que resulta encontrar en el mercado un tipo de nicho así, que permita le expansión de un nuevo cultivo o crianza. Hay pocas iniciativas exitosas en las que cultivos no tradicionales hayan representado una mejora económica clara. En Nicaragua, muchos productores todavía recuerdan modas fallidas como la del jengibre. Otras tuvieron mejor suerte, como la de la pitahaya, fruta que ha logrado hacerse con una cuota del mercado de exportación a los Estados Unidos. En cualquier caso, cuando se produce una mejora por la venta de un producto de exportación nuevo, suele ser la demanda del producto la que promociona su producción. Muchos proyectos de desarrollo se producen en ausencia de una demanda clara del producto y la oferta no es garantía suficiente de inserción en el mercado.

Agricultura de patio: último grito de la moda

El otro punto de vista es el fomento de las "actividades de patio". Es el último grito de la moda en la cooperación. Llegó del Norte, después de que algunos estudios -iniciados a finales de los 80- indicaran que el área que rodea la casa donde se crían animales y se cultivan verduras representa un aporte importante a la economía familiar. Los estudios en los que se basan los fundamentos de este tipo de trabajo son reales, pero están muy influidos por un tipo de razonamiento bastante parecido al del cuento de la lechera, aquella muchacha que creía en las grandes posibilidades de reproducción de su capital. Las condiciones difíciles que enfrentan los campesinos hacen que en demasiadas ocasiones su continua pérdida de fichas no permite que el mísero aporte que pueden ser media docena de gallinas o unas matas de tomate en su patio puedan reproducirse hasta llegar a representarles "una diferencia". Lo que, según la teoría de las excepciones, no significa que no ocurra. Pero no ocurre con la suficiente frecuencia como para que sea una solución de la pobreza.

Como en otras opciones, el problema está en las cifras y en sus límites. Un "aporte importante" significaría que esta opción llegara a desarrollarse lo suficiente como para cambiar la estructura de producción agraria del campesino, que es lo que el campesino necesita. Quizá pueda llegar a criar seis cerdos en vez de dos, y ser esto un aporte modesto a su economía. Pero nunca logrará poner en el patio una granja de veinte cerdas reproductoras, que sería lo que probablemente le sacara de problemas económicos. Es probable que el patio represente sólo un paso más hacia la subsistencia, pero no hacia el desarrollo. ¿Merece la pena financiar proyectos millonarios, con vehículos carísimos, sueldos de ingenieros agrónomos y porcentajes de administración, para tan pobres resultados?

Del campo a la ciudad: los campesinos no se equivocan

En el mundo de la cooperación está bastante extendida la idea de que salir del campo para ir a la ciudad es un error que comete el campesino, porque sólo va a empeorar. Sin embargo, el campesino que va a la ciudad casi nunca se equivoca. Es comprobable que las condiciones de vida en el campo son mucho más duras que en la ciudad: hay menos facilidad para conseguir comida una vez acabadas las reservas, no hay centros de salud, y en muchos países la violencia es mayor en las zonas rurales que en los barrios urbanos, por muy alta que sea en ellos. La vida como vendedor ambulante está menos sujeta a incertidumbres climáticas que la del agricultor.

La urbanización no es mala. Lo es si se produce en condiciones inadecuadas, lo que sucede casi siempre, debido al mínimo papel que desempeñan las alcaldías en los países pobres, que no pueden o no quieren hacer nada para la ordenación urbana y para la provisión de servicios a los suburbios. Cuando uno se imagina cómo sería un país subdesarrollado que consigue salir adelante, es imposible hacerlo pensando en que la población rural supere el 30% de la población total. En los campos del Sur hay demasiada gente produciendo demasiado poco por familia. Para que haya desarrollo tiene que haber menos gente produciendo más. Es una conclusión aritmética obvia. Es necesario que la población pase a las ciudades y que los sectores de industria y servicios adquieran más importancia. Todo esto está dentro de la tendencia natural de una economía que cambia.

Cuando la familia campesina llega a la ciudad, tiene que buscar la manera de salir adelante. La mayoría sólo lo consigue dentro del sector informal de la economía, la que en el Norte se llama "economía sumergida", la que está al margen de la economía estructurada que paga impuestos, lleva contabilidad formal y está inscrita como negocio. La economía informal suele tener, además, otras características: la pobreza de recursos productivos y la falta de acceso al crédito. La mayor parte de proyectos productivos urbanos ejecutados por las ONGD se dan en el campo de las microempresas del sector informal. Las definiciones de lo que es una "microempresa" varían según el grado de desarrollo de los países. Cuanto más desarrollado, mayor es el límite máximo de trabajadores que la separa de una pequeña empresa. En los países subdesarrollados se puede considerar una microempresa la que tiene como máximo diez trabajadores. En algunos países se clasifican también por el capital que manejan.

En la práctica, para los que se dedican al fomento de las microempresas, y muy especialmente para los que les dan crédito, el criterio para los límites inferiores es amplio. Una señora que vende en un semáforo con un canasto de mercadería en la cabeza puede ser considerada una microempresaria. Un lustrabotas, un zapatero remendón, un sinfín de ocupaciones a las que no se les pone un límite inferior, entran en la clasificación. Sólo falta que al que pide unos céntimos en el semáforo se le llame "microempresario de la caridad" en vez de mendigo.

La implacable Ley de Murphy

Para poder comentar el trabajo que hacen las ONGD en el sector de las microempresas urbanas es fundamental distinguir entre lo que representa apoyar lo que ya existe -lo que ya ha pasado por la criba de la selección de los que son aptos para ser empresarios- y la formación de empresas nuevas a partir de aspirantes más o menos convencidos. Hay instituciones que se dedican a apoyar con crédito o asistencia técnica a microempresas ya formadas y que ya llevan tiempo funcionando. Son las que tienen las mejores tasas de éxito. Son las ONGD que se dedican a formar empresas nuevas las que padecen más los fracasos que se dan como tasa natural en toda actividad económica. En Más allá del capitalismo, Schweickart menciona un estudio según el cual en los Estados Unidos desaparecen dos de cada tres empresas que empiezan. Para el mundo, el PNUD ofrece cifras más pesimistas: nueve de cada diez desaparecen. Estos fracasos se dan tanto en el Norte como en el Sur, aunque seguramente con resultados distintos. En el Sur la quiebra tiene siempre más impacto porque no se considera el costo de oportunidad del trabajo familiar.

Cuando empezamos un proyecto productivo desde una ONGD -formación de una empresa nueva viable y capaz de competir en el mercado- no solemos pensar nunca que seremos parte de ese 60% de empresas, en el mejor de los casos, o de ese 90% en el peor, que no va a salir adelante. Sin embargo, por razones probabilísticas elementales estos fracasos suelen ocurrir. Las razones se pueden achacar a muchas causas distintas, en general, regidas por la ley de Murphy, que en la cooperación, como en la vida, es implacable. Esta ley se podría enunciar así: los proyectos productivos o de desarrollo económico siempre fallan por su eslabón más débil. Y en el Sur son tantos, que es difícil saber cuál es el responsable.

¿Qué es lo que falla en la formación de empresas viables por parte de la cooperación? Sin querer entrar en detalles, y usando otra metáfora, en muchos proyectos productivos lo que se hace es intentar arrancar un vehículo y hacerlo circular. En este caso, el motor representa un símil casi tan útil como el de los naufragios, para ilustrar cómo se pone en marcha un proyecto viable. Contamos con la gasolina -que es el crédito- con el motor de arranque -que es el apoyo de la ONGD-, y con el bloque del motor -que es el proyecto con sus beneficiarios-. Al poner la empresa estamos conectando el motor de arranque. Si el bloque del motor es bueno y está preparado, funcionará. Si no, le estaremos dando indefinidamente al motor de arranque hasta que se acabe la batería, que son los fondos del proyecto.

¿Por qué fracasa un proyecto?

Hay muchas razones por las cuales puede no funcionar un proyecto. Repasemos algunas de las más frecuentes. El motor no funciona: No todo el mundo puede ser empresario. Se intenta convertir a obreros agrícolas en agricultores, o a pobres desempleados urbanos en "microempresarios" eficientes, pero no siempre es posible. En el Norte, la proporción de asalariados y funcionarios del gobierno es grande. Hay pocos empresarios responsables de fundar y sacar adelante su propio negocio. La mayor parte de la gente disfruta de la seguridad que representa que otro se ocupe de conseguir con qué pagarle a final de mes. Y seguramente ése será el caso de la mayoría de lectores del Norte que lean estas líneas. Sin embargo, alegremente proponemos para el Sur que cada uno se saque las castañas del fuego, y lo proponemos nada menos que a aspirantes a empresarios que tienen una formación mucho más deficiente que en el Norte.

Falta de batería. El proyecto es demasiado pequeño como para que arranque. Ocurre en muchísimas ocasiones. No se hace el cálculo del tamaño mínimo que tiene que tener una empresa para que funcione, o cuánto se tiene que invertir en un campesino para que pueda salir adelante. Se inician negocios con demasiado poco inventario o capital de trabajo, o se entregan al campesino pocas semillas o pocas cabezas de ganado, lo que no les resuelve nada. Cuando el mundo tenía más fronteras económicas podía ocurrir con más frecuencia que un trabajador empezara un negocio con poco dinero y saliera adelante. Ahora, con la globalización, la competencia es mayor y las empresas tienen que ser más grandes y eficientes. Si ahora se le presenta a un donante del Norte un proyecto empresarial con montos de cinco mil dólares por trabajador tiene pocas posibilidades de ser aprobado. Dirán que es demasiado caro. Sin embargo, cada vez cuesta más apoyar empresas viables. En el Sur no cualquier changarro sobrevive a la competencia. Entre otras cosas, porque en muchos países del Sur ya se pueden encontrar empresas modernas y eficientes, supermercados, franquicias y cadenas multinacionales que compiten en todos los sectores de la economía. ¿Qué va a hacer contra ellas un pobre microempresario con su chiringuito?

Los caminos son intransitables. Las ONGD trabajan, o al menos deberían trabajar, con los más desfavorecidos de la sociedad. Normalmente los pobres viven en los peores sitios, cuentan con mínimas condiciones de infraestructura, muchos son analfabetos y sus conocimientos de contabilidad son escasos. Lo que no solemos tener en cuenta es que, al intentar paliar todas estas deficiencias para instalar la "empresa viable", todo lo más que estamos haciendo es poner a nuestros pobres en la misma línea de salida -y no precisamente en la pole position- para la carrera contra todos los demás, esa carrera en la que sabemos que sólo llegan tres o cuatro de cada diez.

Todos mienten a la vez

Una primera conclusión que se puede sacar es que existe un problema de discurso: al no admitir como real la tasa de fracaso de los proyectos productivos de formación de empresas, todos mienten. Miente el beneficiario al decir que sacará el proyecto adelante. Miente la organización local al presentar los números para que el proyecto sea financiado. Miente la organización del Norte al creerse esos números. Y los grandes donantes suspiran y miran para otro lado mientras conceden los fondos. Estos grandes donantes son los principales interesados en que se valide el proyecto y, con él, "la teoría de la aspirina": les conviene que la sociedad piense que las soluciones que se aplican son las adecuadas.

La realidad es que el funcionamiento económico del desarrollo de la microempresa es demasiado complicado para que una política simplista y demasiado localizada de formación de empresas -proyectos para establecer una empresita en un solo lugar- pueda tener algún impacto. Los casos de éxito, que no han sido promovidos por ONGD, están representados por los clusters o los distritos industriales, que son agrupaciones de empresas en una misma zona geográfica, que trabajan en un mismo sector productivo -en cualquier fase de la cadena de producción, desde la materia prima hasta el acabado-. En los clusters, las empresas son suficientemente grandes y con suficiente capacidad tecnológica y se agrupan de forma espontánea o promovida por el Estado para disfrutar de ventajas en la obtención de mano de obra cualificada o de facilidades para la exportación. Esta modalidad se puede encontrar tanto en los países ricos como en los pobres. Hay agrupaciones de miles de pequeñas empresas en la India, Paquistán, Brasil, Indonesia... que tienen mejores posibilidades de competir que aquellas que se encuentran aisladas. Los clusters han surgido como resultado de procesos que ocurren de forma natural y en entornos favorables, y a veces con el apoyo del Estado. Las ONGD, con su limitada capacidad de actuación, tienen pocas posibilidades de producir procesos parecidos.

Quizá es conveniente renunciar a formar empresas artificiales con trabajadores sin vocación empresarial ni suficiente formación, y limitarse a apoyar mejoras en microempresas ya existentes -cosa que hacen ya muchas ONGD-, situadas en zonas con posibilidades y que cuenten con capacidad de crecimiento. O subsidiar empresas mayores socialmente decentes para que mantengan más puestos de trabajo de los que tendrían en condiciones normales. O, aún más sencillo, apoyar a las alcaldías para que aumenten su gasto y creen empleo público. La situación es tan poco clara que haría falta un debate amplísimo en el mundo de las ONGD del Norte y el Sur, simplemente para discutir con sinceridad si merece la pena intentar emprender proyectos de formación de nuevas empresas.

El cáncer no se cura con aspirina

El trabajo de las ONGD que trabajan en agricultura sostenible y microempresas puede significar una dignificación de la pobreza, pero nada más. Lo criticable no es el tipo de trabajo que hacen las ONGD con sus a veces escasos medios. Sí es criticable que muchas se hayan encontrado sorprendentemente cómodas trabajando para que sus beneficiarios alcancen niveles de pobreza digna, mostrando una complacencia casi escandalosa con la simple supervivencia, que presentan como "camino al desarrollo".

El problema es lo que contamos a los socios donantes de las ONGD, y lo que los poderosos se aprovechan de este discurso. Los males de la pobreza son como un cáncer. Por ahora, las ONGD sólo disponemos de aspirina. Curar el cáncer requiere de un tratamiento mucho más caro del que no podemos disponer las ONGD. Lo que no podemos es pensar, decir, hasta proclamar, que la solución está en curarlo con aspirina. Los países ricos, dueños de tratamientos caros contra el cáncer, proponen también la aspirina. Entre otras cosas, porque las ONGD que tratan a los pobres enfermos creen realmente que con eso basta y pregonan a los cuatro vientos que su trabajo es el mejor y además es ecológico, autosostenible y autogestionario. Los poderosos están encantados con el discurso de las ONGD. Les resulta baratísimo. Así se ahorran el dinero de una verdadera cura: subsidios a los precios, seguros agrarios, mercados regulados mediante cuotas, fomento del empleo urbano desde el gasto público y otros lujos de los que dispone el Norte.

La mayor parte de los sectores económicos del Sur no son ni serán viables, o lo que es lo mismo, no será posible el desarrollo de estos países, si no les es posible sostener a sus sectores no competitivos. Un campesino con una hectárea de tierra montañosa no es competitivo ni lo va a ser nunca. Tampoco lo será una mujer que va a vender al mercado con un canasto en la cabeza. Hay que conocer los límites a los que esta gente está sometida y hay que aceptar hasta dónde puede llegar con el apoyo de las ONGD partiendo de las condiciones reales.

Se impone, como primer paso, cambiar el discurso, dejando de decir que buscamos el desarrollo cuando trabajamos apenas por una pobreza más digna. Se impone reconocer que los logros no irán más allá de las cifras habituales de éxito en estas actividades y que las excepciones son pocas veces replicables. Se impone que abandonemos la autocomplacencia con la que nos damos por satisfechos con dignificar la pobreza. Y se impone, sobre todo, que exijamos a los poderosos soluciones reales, no una aspirina.

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