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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 344 | Noviembre 2010

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Nicaragua

Reflexiones en las orillas del dragado Río San Juan: Por una ciudadanía binacional

La solución al nuevo diferendo entre Costa Rica y Nicaragua por el río San Juan, ahora por la operación de dragado de sus aguas, es un diálogo binacional, un acuerdo binacional, un entendimiento binacional. Hay que ver más allá de esa propuesta jurídica y política. Y pensar y trabajar por una ciudadanía binacional. Más allá del nacionalismo basado en fronteras, es lo que demandan nicarricenses y ticaragüenses.

José Luis Rocha

El río San Juan es el sinuoso estrecho encontrado con premeditación y alevosía por los conquistadores españoles que soñaban con una ancha línea color turquesa a través de la que navegar hacia la India. La zona fronteriza con Costa Rica es un modelo de cómo sucesivos gobiernos nicaragüenses dejan comunidades y municipios enteros en manos de la Divina Providencia y en las de hordas de piratas, filibusteros y saqueadores de los recursos naturales.

2005, 2007, 2009:
OTROS FERVORES NACIONALISTAS

Las siempre latentes tensiones entre Nicaragua y Costa Rica en torno al fronterizo río San Juan se reactivaron nuevamente al finalizar 2010. Es la segunda vez que se sucede en el último lustro. En septiembre de 2005 Costa Rica se empeñó en convencer al gobierno nicaragüense para que reinterpretara los derechos en ellos reconocidos y, al no lograrlo, solicitó el arbitrio de la Corte Internacional de Justicia de La Haya. ¿Qué razón movió al gobierno costarricense a adoptar esa medida en ese preciso momento? Quizás buscaba cohesión nacionalista por la división que estaba causando el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos. Quizás buscaba explotar la siempre disponible cantera del nacionalismo anti-nicaragüense para abonar una legitimidad erosionada por el deterioro económico y la mano blanda de la justicia con los dos ex-Presidentes acusados de corrupción. Quizás actuaba al servicio de empresarios interesados en el turismo en esa zona. Quizás había razones pre-electorales. Todas son motivaciones suficientes y no excluyentes.

La razón hecha pública y comprobada fue que Costa Rica reclamaba poder avituallar a los puestos de Policía que tiene a lo largo del río: llevarles por barco los uniformes, las capas, los quepis, la comida, las municiones y las armas. Poder hacerlo implicaría una revisión de lo establecido en el Tratado Jerez-Cañas, firmado el 15 de abril de 1858, que permite a los costarricenses la libre navegación por un tramo de río y únicamente con objetos de comercio. Costa Rica pedía también que el concepto “comercio” incluyera el turismo. En aquella época, cuando se firmó el tratado y el laudo que lo ratificó, no existía prácticamente en el mundo el turismo, un concepto nuevo -y comercial- que el gobierno costarricense quiso incluir en la interpretación de la frase with the objects of commerce de los que habla el Laudo Cleveland.

Dos años después, en octubre de 2007, falló la Corte en otro diferendo limítrofe y dejamos de ser el país que realmente somos, fragmentado por el “sálvese quien pueda”, para convertirnos, por el arte de la magia de los medios, en una nación compacta que conocía y defendía sus intereses. El consenso mediáticamente fabricado sobre el fallo de La Haya en relación a los límites marítimos entre Honduras y Nicaragua fue la ocasión.

Este consenso fue cosechado por tres líderes políticos rivales: Arnoldo Alemán, que interpuso la demanda en 1999, Enrique Bolaños que la sostuvo a lo largo de su tambaleante administración y Daniel Ortega, quien ya Presidente, aplaudió el fallo con entusiasmo. Los tres depusieron sus agrias diferencias para saludar un veredicto en el que culminaron ocho años de deliberaciones. La derecha neosomo¬cista, la élite tradicional y una izquierda sandinista de apariencia se fundieron en una trenza en la cabellera de la patria y celebraron la gesta nacionalista. El talento derrochado, los esfuerzos consumidos y los impuestos drenados -todos dignos de mejores causas- escaparon a la severa balanza del cálculo costo-beneficio. La patria -metáfora de la madre- se lo merece todo.

Los medios nos dijeron que se trataba de un asunto de capital importancia para esa “madre” y las élites políticas hablaron al unísono del orgullo nacional. Nadie mencionó cuánto costaron ocho años de negociaciones en La Haya y cuáles son los beneficios reales. Se oculta que las élites inventan fiebres que los de abajo sudan y pagan. ¿Qué hechiceros hilos tenía esa imaginaria valla marítima para lograr que más de cinco millones de nicaragüenses aplaudieran? ¿Tenía algo que ver ese fallo con la posibilidad o la imposibilidad de que se construyan ciudadanías que trasciendan las fronteras?

2010: ES HORA DE DRAGAR

En 2009, la revisión de los acuerdos sobre el río San Juan en La Haya confirmó los derechos de propiedad nicaragüense sobre el río. “El río San Juan es nica” proclamó la Corte Internacional, haciendo eco a calcomanías diseminadas en cantinas y pulperías de San Carlos, cabecera del departamento de Río San Juan, situada al pie del entronque del río con el lago Cocibolca.

La revisión concedió -espina en el corazón de la soberanía nacional- derecho de navegación en un tramo del río a los costarricenses. La celebración no fue tan estruendosa esta vez y tampoco se cuestionó qué tenía que ver el fallo con las condiciones de vida de nicaragüenses, costarricenses, nicarricenses y ticaragüenses que pueblan y conviven en las dos riberas del río.

Fuera de una que otra escaramuza poco afortunada, la situación de 2009 permaneció apacible. Hasta que el gobierno nicaragüense decidió por fin dragar el río y puso al frente de esa necesaria operación de limpieza al ex-guerrillero, ex-dirigente de ARDE -grupo contrarrevolucionario en suelo costarricense-, aliado hoy de aquellos a quienes traicionó, Edén Pastora Gómez, un personaje de opereta siempre mal situado en la historia nacional, cuyas ínfulas de presidenciable, de nuevo Che Guevara, de empresario perito en tiburones y en misteriosas avionetas, le han cosechado muchas enemistades tanto en Nicaragua como en Costa Rica.

Difícilmente el gobierno nicaragüense pudo haber elegido a un individuo con menos credenciales diplomáticas, técnicas y comunitarias. Su tacto para tratar con los costarricenses es nulo. Su capacidad para dirigir las complicadas operaciones de un dragado es pura improvisación y figureo. Y en San Juan del Norte, donde el río desemboca y él tiene un pequeño cuartel y dos lanchas, es el visitante menos apreciado por los habitantes del lugar.

Cuando los costarricenses protestaron por las operaciones de dragado -alarmados por su inevitable consecuencia: una disminución en el magno caudal del costarricense y muy turístico río Colorado-, los funcionarios nicaragüenses acusaron de narcotráfico a finqueros ticos que habitan la frontera, la acusación que más irrita a los habitantes de la zona, sean nicas, sean ticos. “Los de Managua -decía una señora de allí- no se ocupan de nosotros los sanjuaneños. Allá sólo dicen que nos dedicamos a vender droga y no tienen idea de cómo vivimos y lo que queremos”.

EL RÍO SAN JUAN
ES HISTORIA LÍQUIDA

Todas las voces nicaragüenses han vuelto a sonar nuevamente en 2010 al unísono y con el mismo estribillo: el río es nuestro. Es obvia la ganancia de Daniel Ortega: elevar algo su maltrecha legitimidad cultivando, al menos en ese punto -en esa línea acuática- la cohesión que no obtiene en ninguna otra área. Pero ¿por qué todos hacen coro y no se escuchan voces disonantes ni en el ala izquierda ni en la derecha del espectro político, ni entre los extremistas ni entre los moderados, ni entre los fanáticos ni entre los escépticos? ¿Por qué los conflictos por límites de aguas con Honduras y Colombia, o por la isla de San Andrés y sus cayos, no suscitan idénticos desgarramientos de vestiduras?

El río San Juan importa más. Importa porque ha adquirido un carácter mítico y eso significa que hay muchos nervios que conectan ese río a la imagen con la que nos vemos los nicaragüenses. Diversos acontecimientos han hecho que el río San Juan esté siempre presente en la imaginación de los nicaragüenses. Es un río-nervio nacional. Muchos países y regiones tienen su río-nervio, su río-mito, su río-historia: el río Masacre entre Haití y República Dominicana, el Volga en Rusia, el Ganges en la India, el Missi¬ssippi en Estados Unidos, el Nilo en Egipto, el Mekong en Indochina, el Congo en África, el Támesis en Inglaterra...

El río San Juan es el río leyenda de Nicaragua. Se le puede aplicar lo que Winston Churchill dijo del Támesis: “Es historia líquida”. Aparece soñado -no visto- desde los inicios de la Conquista española en las crónicas coloniales, de acuerdo a las cuales Cristóbal Colón fue el primero que tuvo la ocurrencia de buscar un estrecho que le diera paso hacia la India. Creyéndose entre Malaya y Sumatra, Colón buscaba ese “estrecho dudoso”. Carlos V, apenas coronado, ordenó a todos sus gobernadores explorar las bahías y ríos de tierra firme para encontrar ese paso, un paso entre los dos océanos. En 1523, siete años después de su coronación, instó a Hernán Cortés a buscar el paso que conecta los dos mares a fin de acortar la ruta de Catay (China). Cortés le contestó: “Quien posea el paso entre los dos océanos podrá considerarse dueño del mundo”. Proféticas palabras las de Cortés: así le ocurrió a Estados Unidos, dueño del canal de Panamá y del mundo.

NICARAGUA – COSTA RICA:
CON EL RÉCORD DE 35 TRATADOS BILATERALES

Con esos preámbulos en el imaginario colectivo, el río ha resultado, una y otra vez, perfecta excusa para cultivar nacionalismo. Frontera acuática, delimitando territorio e identidad, el río San Juan expresa con anchura inapelable la construcción de lo que uno es por oposición a lo que son los otros, los que están del otro lado del río. Separa a ticos y a nicas. Los conflictos en relación al uso y posesión del río San Juan han sido dirimidos por medio de tratados, marcados por cicatrices históricas, siempre propensas a retornar a su estado de llagas, como la cesión que hizo Nicaragua de los territorios de Guanacaste y Nicoya. Hasta mediados de la década pasada, Nicaragua y Costa Rica habían firmado 35 tratados bilaterales. Un récord superado por pocos Estados tan jóvenes.

Uno de los más sensatos es el Tratado de Paz, Amistad, Alianza y Comercio (Martínez-Mora, del 30 de abril de 1858), que en su artículo 10 reconoce: No pudiéndose considerar rigurosamente las repúblicas de Costa Rica y Nicaragua como naciones extranjeras porque ellas están unidas naturalmente por vínculos fraternales y por intereses de utilidad común… Una década después, otro tratado de paz y amistad reafirma esa visión y agrega otras razones: su común origen, por las conexiones e intereses territoriales. Algunos acuerdos han mostrado la buena voluntad de Costa Rica, como la Convención Rivas-Esquivel del 21 de diciembre de 1868: El Gobierno de Costa Rica concede al de Nicaragua las aguas del Río Colorado, a fin de que desviándolas sobre el Río San Juan pueda obtener el restablecimiento o mejoras del puerto de San Juan de Nicaragua.

¿DONDE ESTÁ LA FRONTERA
ENTRE SER NICA Y SER TICO?

El más crucial de los tratados es el Jerez-Cañas de 1858, rechazado por Nicaragua durante 30 años. Máximo Jerez fue culpado por las excesivas concesiones que en él dio a Costa Rica. Treinta años después, la disputa se sometió al arbitrio del Presidente de Estados Unidos, Grover Cleveland, quien delegó en George L. Rives, subsecretario de Estado. El Laudo Cleveland contiene la resolución del imperio del Norte, cuyos artículos principales transcribo siguiendo la traducción del doctor Luis Pasos Argüello:

Primero: Es válido el Tratado de límites firmado el 15 de abril de 1858. Segundo: Conforme a dicho Tratado y a las estipulaciones contenidas en su Artículo VI no tiene derecho la República de Costa Rica de navegar en el río San Juan con buques de guerra, pero puede navegar en dicho río con buques de servicio fiscal relacionados y conexionados con el goce de los objetos de comercio que le está acordado en dicho artículo o que sean necesarios para la protección de dicho goce.

Tercero: La República de Costa Rica puede negar a la República de Nicaragua el derecho de desviar las aguas del río San Juan en caso de que ese desvío resulte en la destrucción o serio deterioro de la navegación de dicho río o de cualquiera de sus brazos en cualquier punto en donde Costa Rica tiene derecho a navegar en el mismo.


Posteriormente se firmó el tratado Matus-Pacheco. En Nicaragua lo firmó Manuel Coronel Matus, padre del poeta José Coronel Urtecho. Por medio de ese tratado se convino en que un ingeniero solicitado al gobierno de Estados Unidos trazaría la línea divisoria definitiva entre Costa Rica y Nicaragua. No podía haber línea definitiva: fue una de las primeras conclusiones de E. P. Alexander, el ingeniero contratado para tal propósito.

En su laudo del 22 de marzo de 1898, refiriéndose al tramo de la frontera que es demarcado por la margen derecha del río San Juan, Alexander afirma: Toda porción de las aguas del río está en jurisdicción de Nicaragua, toda porción de la tierra en la margen derecha está en jurisdicción de Costa Rica, pero la línea divisoria en estos puntos no corre por línea recta, sino por el borde de las aguas en el estado navegable marcando así la línea curva de irregularidades innumerables. Las variantes del nivel del agua alteran la localización de la línea divisoria.

Nicaragua, por tanto, tiene una frontera móvil y un área territorial variable. En una situación muy en concordancia con el carácter no natural sino histórico de las naciones, y de las fronteras que hoy las separan artificialmente, podemos decir que sabemos dónde está -pero no dónde estará- la frontera. Así como tampoco sabemos dónde estará en el futu¬ro la frontera entre ser nicaragüense y ser costarricense o si es que habrá tal frontera.

“DEBE NEGOCIARSE”

Tendría sentido apelar al nacionalismo para negarnos a seguir dócilmente los dictados del FMI, rechazando la docilidad de los últimos cuatro gobiernos de Nicaragua, incluido el actual. El nacionalismo y su ideología de fraternidad nacional servirían a pasiones fecundas si se invocaran para apoyar en sus demandas y socorrer a nuestros hermanos afectados por el Nemagón o a nuestros hermanos que mueren de hambre en las comunidades de las orillas de otro río, el Coco, en la frontera norte.

El doctor Luis Pasos Argüello, sin duda el jurista que más estudios, tiempo y libros dedicó a los conflictos limítrofes y al uso del río San Juan entre Nicaragua y Costa Rica, concluyó en 1994, como cosecha final de sus estudios y con una sensatez y visión que quisiéramos insuflar a nuestros políticos de hoy: Asumo el riesgo de que la detonación pueda asustar a muchos nicaragüenses sobre la navegación a lo largo de todo el Río San Juan y en los dos lagos de Nicaragua. Es absolutamente cierto que tanto el río como los dos lagos están desiertos y los nicaragüenses no los estamos ocupando en ninguna producción que nos beneficie, están estériles, por lo cual, en un gesto de fraternidad, debe negociarse. Con una contumaz negativa a dialogar, hemos corrido desbocados en dirección contraria.

LO BINACIONAL
QUE PONEMOS EN RIESGO

Los diferendos y conflictos que conducen al enfervorizado nacionalismo ponen en riesgo la política binacional de desarrollo de las zonas fronterizas, dirección hacia la cual se dieron pasos hace unos años con el llamado Programa de Desarrollo Fronterizo entre Costa Rica y Nicaragua. Este programa incluía 28 iniciativas binacionales y 174 millones de dólares para un quinquenio, con el objetivo de promover la creación de oportunidades productivas, económicas, sociales e institucionales en la zona fronteriza, así como de atraer inversiones privadas para aprovechar de forma sostenible los recursos naturales y turísticos de la zona.

Con los conflictos y el nacionalismo retórico nos jugamos también la posibilidad de una biosfera de carácter binacional, uno de cuyos pasos fue la declaratoria sobre el Refugio de Vida Silvestre Mixto Maquenque. ¿Qué pasará con el convenio financiado por la Organización Panamericana de la Salud (OPS) para fortalecer la vigilancia epidemiológica en las comunidades fronterizas de ambos países? ¿Qué pasará con la protección binacional de cuencas? ¿Y qué pasará con la posibilidad de solicitar al gobierno costarricense una amnistía migratoria para los nicaragüenses que residen de forma irregular en Costa Rica?

De nada de esto habló el Presidente Ortega en su discurso a la nación. Un indicador de la importancia menos que marginal que se presta a los “daños colaterales” del nacionalismo y a la situación de los cientos de miles de nicaragüenses que, buscando mejorar sus condiciones de vida y las de sus familias, están sosteniendo la economía nicaragüense con sus remesas, a la vez que sostienen la competitividad de la agroexportación costarricense con su barata mano de obra.

Este conflicto podría terminar lanzando por la borda muchas otras posibilidades, en el marco de las cuales, en un futuro no muy lejano, podríamos plantear el mancomunamiento binacional de municipios, muy factible con aquellos municipios costarricenses que manifiestan buena voluntad hacia nuestros migrantes nicaragüenses.

¿QUÉ PIENSAN QUIENES VIVEN
EN ESA FRONTERA LÍQUIDA?

La fiebre nacionalista no necesariamente es compartida por quienes son afectados por estos conflictos de manera más directa, inmediata y contundente: los migrantes y los habitantes de la zona fronteriza. El nacionalismo es una ideología que frecuentemente huye de lo cotidiano y de lo concreto. La reacción de los migrantes nicas en Costa Rica suele distar mucho del nacionalismo de sus compatriotas en territorio nicaragüense.

Muy lejos de todas las fiebres nacionalistas, entre gamalotes, gaspares, nutrias y cuajipales, otros nicaragüenses, los que habitan en las márgenes del río San Juan resuelven su cotidianidad en tónicas muy distintas. Viven en la frontera líquida, una demarcación que establece un límite jurídico y político. Pero ¿funciona también como un límite socio-cultural? ¿Qué dice la gente que vive sobre el límite? ¿Cómo imaginan su país los habitantes de río San Juan? ¿Qué significa ser nicaragüense y relacionarse con Costa Rica para quienes viven la periferia geográfica de la nacionalidad?

El investigador costarricense y profesor universitario, Carlos Sandoval -un activo defensor de los migrantes nicas en Costa Rica- insiste en que la historia de los límites es un componente clave en las imaginaciones geopolíticas. No hay duda de que lo es para los habitantes del Pacífico y el Centro de Nicaragua. ¿Lo es en la misma medida para los pobladores fronterizos?

La convivencia y pláticas cotidianas con habitantes de la frontera demuestran lo que Sandoval llama “contestación a las narrativas de nacionalidad”. Los nicaragüenses fronterizos viven en contacto con costarricenses también fronterizos y eso conduce a dos experiencias. Por un lado -como señala Sandoval al documentar la convivencia de nicas y ticos en barrios de San José- ocurre que la proximidad parece ser una fuente de representaciones positivas o, al menos, tiende a neutralizar imágenes negativas. Y por otro lado, puesto que los fronterizos tienen muchos intereses en común, articulan su identidad no en base a la pertenencia a una nación, sino a cualquier otro dispositivo identitario: género, religión, clase social, aficiones culturales y, frecuentemente, grupo étnico.

LA “IDENTIDAD” EN BARTOLA Y EN SAN JUAN

La contestación al nacionalismo se alimenta de cierta historia. Las personas que hoy habitan Bartola, una comarca del municipio de El Castillo, situada en la zona de amortiguamiento de la reserva Indio-Maíz, salieron de Nueva Guinea cuando la guerra de los años 80 y vivieron como refugiados entre seis y nueve años en Costa Rica. En Costa Rica nacieron muchos de sus hijos y nietos. Allá consiguieron un permiso de residencia que se cuidan de renovar anualmente para seguir accediendo a los excelentes servicios de salud costarricenses. Allá estudian algunos de sus hijos e hijas. Allá van a trabajar: unos por tres meses, otros por seis, y algunos sólo vienen de cuando en cuando a echarle un ojo a su finca. En los meses de ciertas cosechas -naranjas, banano, café-, Bartola está casi desierta. No hay bartoleño que hable mal de Costa Rica y mucho menos de sus habitantes.

En el otro extremo de la reserva Indio-Maíz está San Juan del Norte, rebautizado por Arnoldo Alemán con su nombre colonial San Juan de Nicaragua, pero cuyos habitantes no pierden ocasión de llamar Greytown, así bautizado por un rey mosco para adular a Sir Charles Edgard Grey, gobernador británico de Jamaica de 1847 a 1853.

El viejo San Juan del Norte tenía otra ubicación en las inmediaciones de la laguna de río Indio. Fue destruido el 13 de julio de 1854 por la marina estadounidense y de nuevo y definitivamente a mediados de los años 80 por el enfrentamiento entre sandinistas y contras. Actualmente quedan algunos pivotes de las antiguas viviendas y los cuatro cementerios históricos: el español, el británico, el de los criollos y el masón.

El nuevo San Juan del Norte nació con el establecimiento en 1990 de treinta familias al sureste del emplazamiento original a 15 minutos en panga. La mayoría de sus habitantes -especialmente los fundadores- vivieron en Costa Rica por varios años. Allá quedaron muchos de sus familiares, con los que mantienen vivos y activos vínculos. El municipio de San Juan del Norte tiene 1,762 kilómetros cuadrados y apenas 1,307 habitantes, siendo el de menor población absoluta y relativa del país: menos de un habitante por kilómetro cuadrado. Pero su diversidad cultural es impresionante: una no siempre discernible mezcla de costarricenses, mestizos nicaragüenses, creoles y mískitos y hasta un importante grupo de ramas.

¿CÓMO RECLAMAR SOBERANÍA
SOBRE LO QUE APENAS SE CONOCE?

La vida de esta gente y su discurso son una permanente contestación a las narrativas de nacionalidad. En primer lugar, por la espontánea adopción de costumbres: palabras, comida y moneda. Desde poco después de Boca de Sábalos hasta San Juan del Norte -más de tres cuartas partes del río San Juan- circula más el colón que el córdoba. Todos los precios están en colones costarricenses. Es más que razonable: el intercambio comercial más vigoroso se sostiene con Puerto Viejo de Sarapiquí y Barra del Colorado y con algunas tiendas fronterizas de la margen costarricense del río San Juan.

Desde San Juan del Norte, viajar a esos poblados puede tomar una hora o poco más. Viajar a San Carlos -la ciudad nicaragüense más próxima- cuesta doce horas en panga. Y mucho dinero. De hecho, es más fácil viajar desde Managua a San Juan del Norte por Costa Rica que por Nicaragua. La ruta nicaragüense es compleja: una hora a Granada y doce en barco hasta San Carlos -o nueve en vehículo- y luego doce horas en panga. Se puede reducir considerablemente este tiempo tomando una avioneta: una hora entre Managua y San Carlos. Pero hay que dormir una noche en San Carlos y tragarse las doce horas en panga. La ruta costarricense supone siete horas de Managua a San José, dos a Sarapiquí y una hora hasta San Juan del Norte. Y logramos todos en un mismo día.

El aislamiento nacional es un síntoma del grotesco significado que tiene en Nicaragua hablar de soberanía nacional. ¿Cómo reclamar la soberanía sobre lo que apenas se alcanza? ¿O cómo reclamarla sobre lo que apenas se conoce?

El nacionalismo también es contestado -para muchos, herido de forma salaz y desleal- con el uso de expresiones y palabras que son consideradas como propias del habla costarricense. Por los andenes de San Juan del Norte resuenan los ¡Pura vida!, maje, esa vara, carajillo y muchas más. Se habla de patacones y no de tostones, de pipas y no de cocos. Se sintonizan estaciones de radio y canales de televisión costarricenses. Es imposible captar los de Nicaragua. Las costumbres de esos presuntos “otros” calan por todo los flancos. Especialmente en la institución oficialmente transmisora de cultura: los escolares de muchos poblados fronterizos asisten a escuelas costarricenses, y sus madres están muy orgullosas de la educación bilingüe español -inglés que allá reciben.

“AQUÍ NO VIVIMOS ESOS PLEITOS”

La contestación a las narrativas de nacionalidad y del nacionalismo tiene sus narrativas, sus racionalizaciones y mecanismos. Destaca la construcción de un dualismo, una especie de solución de compromiso que formuló sucintamente un miembro de la comunidad rama, retomando la metáfora favorita del nacionalismo: Nicaragua es nuestra madre y Costa Rica es nuestra madre adoptiva.

Pronto se descubre lo que estos constructores de binacionalidad esconden tras el dualismo maternal. El propietario de un agradable hotel de San Juan, Enrique Gutiérrez, glosa la sentencia del rama: “Nuestra madre es Nicaragua, y por eso nos pone las leyes y dice lo que no debemos hacer. Pero sólo nos dice ‘No hagás’, pero no nos da para vivir. Una ministra dijo: Ayudar a San Juan sería como ayudarle al narcotráfico. Al Alcalde no le hacen caso en Managua. Dicen: ‘¿Para qué, si es de San Juan? Aquí no hay fomento de nada. Quien nos da para vivir es Costa Rica. De allá viene todo. Es nuestra madre adoptiva porque de allá viene carne, salchichas, café, leche, arroz, frijoles, y todos los turistas que aquí logran llegar…Todo lo que yo tengo es de Costa Rica. Toda la vida de este pueblo ha dependido de Costa Rica”.

El juego de sillones sobre el que está sentado le costó el equivalente de 5 mil 600 córdobas en Costa Rica. “En Nicaragua me pedían 14 mil córdobas, y 4 mil córdobas por este televisor que compré a menos de 2 mil córdobas en Costa Rica”. Las contestaciones a la nacionalidad retoman sus recursos y conceptos para dotarlos de nuevos y desafiantes contenidos. Con ese afán, don Enrique le dijo a la comisión que empezaba a organizar la turística Ruta del Agua: “¿Soberanía nacional? La soberanía de un pueblo no se defiende con el ejército, sino fomentando la economía de estos sitios que para ustedes son alejados. ¿Alejados de qué? ¿De quién? Estamos alejados desde el punto de vista de Managua”.

Y remata disolviendo la otredad de los costarricenses: “Mi primo, tío, tía y abuela viven en la Barra del Colorado. Somos los mismos. Aquí no vivimos esos pleitos. Aquí decimos ¡Vivan Nicaragua y Costa Rica! O decimos ¡Soy puro tico-nica! Aquí es como si la gente primero pensara en costarricense y luego tradujera al nicaragüense”.

Don Enrique supera así la tentación nacionalista omnipresente de dibujar un mapa con diferencias estáticas. La identidad fronteriza se despliega en identidad binacional, sin complejos y sin culpas.

YA SON BINACIONALES:
SON TICARAGÜENSES HIJOS DE NICARRICENSES

No podría ser de otra forma. Y no será de otra forma. La siguiente generación será más binacional, con papeles y todo. Los hijos y las hijas de los sanjuaneños tienen que nacer en el hospital de Guápiles. El hospital más cercano en Nicaragua está en San Carlos, a doce horas en una panga cuyo precio deja exhaustos a los bolsillos.

Nacen en Guápiles los ticaragüenses hijos de los nicarricenses sanjuaneños. Esos infantes vienen vacunados contra el más descomunal y pernicioso narcisismo colectivo: el nacionalismo. Así se van gestando los mecanismos cotidianos de contestación al nacionalismo ortodoxo y sus estereotipos xenófobos: la abuela orgullosa de su nieto que aprendió inglés gracias al sistema de educación pública bilingüe de Costa Rica, los migrantes que han estado en Costa Rica y valoran su experiencia haciendo añicos los lentes de los estereotipos, y los habitantes fronterizos que viven su ticaraguanidad y concluyen, como Marta Obregón, reconocida como la mejor cuchara de todo el departamento: “Aquí desde una aguja hasta una barra son ticas. Y la moneda que circula es el colón. El día en que Costa Rica no nos deje pasar, nos morimos de hambre”.

LA MISIÓN DE LOS BINACIONALES:
SER ENLACES, SER PUENTES

El escritor libanés Amin Maalouf en su libro “Identidades-asesinas” se refiere a las personas fronterizas -las de identidades binacionales o transnacionales, biculturales o multiculturales- como personas atravesadas por unas líneas de fractura étnicas, religiosas o de otro tipo. Debido precisamente a esta situación, que no me atrevo a llamar “privilegiada”, tienen una misión: tejer lazos de unión, disipar malentendidos, hacer entrar en razón a unos, moderar a otros, allanar, reconciliar... Su vocación es ser enlaces, puentes, mediadores entre las diversas comunidades y las diversas culturas. Y es justamente por eso por lo que su dilema está cargado de significado: si esas personas no pueden asumir por sí mismas sus múltiples pertenencias, si se las insta continuamente a que elijan un bando u otro, si se las conmina a reintegrarse en las filas de su tribu, entonces es lícito que nos inquietemos por el funcionamiento de su mundo.

Quizás el sano juicio de los habitantes de la frontera sea el inicio de un proceso reconfigurador que actualiza la forma en que se hicieron nuestros países, fruto del mestizaje, el sincretismo y otros revoltijos. En otras regiones se están reconstruyendo identidades transnacionales. El espanglish -en el que ‘enchilada’ es inglés y ‘software’ es español, en el que se canta Today you tell me something y mañana otra cosa- es una entre cientos de evidencias de las mixturas que rompen los odres nacionales y anuncian un mundo donde la formación política llamada Estado-nación es insuficiente para lidiar con el mundo globalizado. Los viejos odres del nacionalismo están por reventar, incapaces de contener el vino nuevo de las identidades binacionales o transnacionales, los imaginarios globales, las macro-fusiones de empresas y muchas otras evidencias de la transnacionalidad.

A LA EXPERIENCIA BINACIONAL
CORRESPONDE UNA CIUDADANÍA BINACIONAL

En el caso de los habitantes de la frontera Costa Rica-Nicaragua lo binacional es un fenómeno que aún camina en los canales de la nacionalidad, aunque ya cuartea sus dogmas, pulveriza sus certezas y pone sordina a sus estribillos. El siguiente paso sería construir una ciudadanía binacional que corresponda a esa identidad binacional. Las políticas pueden lograr que esas identidades binacionales tengan una expresión formal en ciudadanías binacionales.

El sociólogo alemán Georg Simmel escribió que la frontera no es un hecho de espacio con efectos sociológicos, sino un hecho sociológico que se forma en el espacio. Puesto que la experiencia de ser binacional es ya un hecho sociológico -aún no un derecho- en San Juan del Norte y en otros poblados fronterizos, podríamos preguntarnos: ¿Lograrán los habitantes de la frontera que las transformaciones culturales, sociales y económicas de su pequeña sociedad impacten en la concepción política del espacio al punto de relativizar la frontera y conseguir un reconocimiento de los Estados-nación de Costa Rica y Nicaragua de esa condición de enlaces y tejedores de redes que Maalouf les adjudica?

Es difícil imaginar una ciudadanía dual cuando nos referimos a nicaragüenses que están dentro de un país, pero fuera de las dos naciones. Que viven de contrabando en la nación nicaragüense y entran de contrabando en la nación costarricense. Que no han ejercido su ciudadanía nicaragüense. Por poner sólo un par de ejemplos: no cotizaban en el Seguro Social ni acuden jamás al Ministerio del Trabajo. Las lamenables condiciones institucionales de Nicaragua los han acostumbrado a no ejercer sus derechos. Podrían tener una ciudadanía binacional, pero están desarrollando antes la ciudadanía costarricense que la nicaragüense.

“QUEREMOS SER DE COSTA RICA”

Muchos habitantes de Papaturro dicen: “Nosotros queremos ser de Costa Rica. La Alcaldía no hace nada por Nicaragua. Si no son capaces aquí, que hagan acuerdos con el otro lado. Porque la pobre gente de aquí no tiene nada”. El casi hermanamiento con el municipio costarricense de Upala los salvó de que los estudiantes perdieran un año escolar. Upala los quiere conectar a su tendido eléctrico. Upala les lleva odontólogos con medicamentos gratuitos.

Por eso es comprensible que una madre en Papaturro proteste: “Cómo vamos a creer que nos consideran parte del país si nos quitaron al médico y al profesor, que además se pasaba el tiempo en San Carlos. Ahora nuestros niños van a ir a Costa Rica y nunca más vamos a volver a matricularlos en una escuela nicaragüense. Sólo cuando hay campaña electoral nos utilizan y el resto del tiempo nos tienen olvidados”.

Quizás un referéndum en la zona dejaría el río San Juan entero y amplios márgenes del territorio nicaragüense bajo la soberanía de Costa Rica. Allá Daniel Ortega no es más que una cara desde un afiche, pendiendo de un poste sin luz.

LOS ODRES VIEJOS DE LAS NACIONES
Y LA NUEVA CIUDADANÍA DEL MUNDO

Desde hace 10 años el filósofo alemán Habermas apostaba por ciudadanías más abarcadoras: Sólo una ciudadanía democrática que no se cierre en términos particularistas puede, por lo demás, preparar el camino para un “estatus de ciudadano del mundo” o una “cosmo-ciudadanía”, que hoy empieza a cobrar ya forma en comunicaciones políticas que tienen un alcance mundial. El Estado cosmopolita ya ha dejado de ser un puro fantasma, aun cuando nos encontremos todavía bien lejos de él. El ser ciudadano de un Estado y el ser ciudadano del mundo constituyen un “continuum” cuyos perfiles empiezan ya al menos a dibujarse.

Benedict Anderson explicó cómo se imaginan las comunidades nacionales. ¿Cómo la gente de la frontera que dibuja el río San Juan se imagina su comunidad binacional o su identidad binacional? Tienen muchos elementos de los que echar mano. Los flujos de personas y las familias mixtas son lo que Appadurai llama un paisaje étnico, que en este caso es marcadamente binacional. La moneda, las mercancías y el lenguaje van tejiendo una cotidianidad binacional. La radio y televisión van diseñando paisajes mediáticos binacionales.

Pero se trata de una binacionalidad conflictiva. Está erizada de obstáculos y castigada por tensiones. La posibilidad de sustituir la energía que no llega de Nicaragua por la que llega de Costa Rica revela la crisis del Estado nacional. La obtención de documentos de identidad en ambos países es una doble nacionalidad negada por la ley pero contrabandeada por la necesidad. La vida vivida a medias en ambos países exhibe su condición de enlace, de personas que tienen algo que sólo puede darse en ambos lados de la frontera. Todo esto muestra que los odres viejos de las naciones son incapaces de contener el vino nuevo de las dinámicas poblacionales, los flujos de información y las estrategias sociales.

“ESA RAYA QUE ME RECHAZA...”

Las narrativas binacionales tienen un trovador turbador, iconoclasta del nacionalimo, que no vacila en retomar las imágenes clásicas del nacionalismo y evaluarlas a la luz de las experiencias personales demoledoras. Nos anima a pensar binacionalmente, que todavía es pensar teniendo la nación como un marco político de referencia. Pensar posnacionalmente va más allá.

Y como es muy probable que no tengamos aún los conceptos adecuados para explicar lo que está ocurriendo, recurro a la literatura, a un texto de Carlos Fuentes en “La frontera de cristal”, tan lleno de significado sobre el sentido de la frontera: Veo una raya a mis pies. Una raya luminosa, pintada con un color fosforescente. Brilla en la noche. Es lo único que brilla. ¿Qué es? ¿Qué separa? ¿Qué divide? No tengo más señas para orientarme que esa raya. Y sin embargo, no sé qué significa. La raya fluorescente se ríe de mí. Ella le impide a la tierra ser tierra. La tierra no tiene divisiones. La raya dice que sí. La raya dice que la tierra se ha dividido. La raya hace de la tierra otra cosa. ¿Qué cosa? Se volvió mundo.

Fui sacado de la tierra y puesto en el mundo. El mundo me convocó. El mundo me quiso. Pero ahora me rechaza. Me abandona. Me olvida. Me arroja de vuelta a la tierra. Pero la tierra tampoco me quiere. En vez de abrirse en un abismo protector me planta en una raya. Por lo menos el abismo me abrazaría. Entraría a la oscuridad verdadera, total, sin principio ni fin. Ahora miro la tierra y una raya indecente la divide. La raya posee su propia luz. Una luz pintada, obscena. Totalmente indiferente a mi presencia...

INVESTIGADOR DEL SERVICIO JESUITA PARA MIGRANTES DE CENTROAMERICA (SJM). MIEMBRO DEL CONSEJO EDITORIAL DE ENVÍO.

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