Envío Digital
 
Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 341 | Agosto 2010

Anuncio

Internacional

El antropoceno: la crisis ecológica se hace mundial (1): La primera piel del planeta está gravemente herida

En los siglos 19 y 20 pensábamos que la Biosfera, la Primera Piel de nuestro Planeta, era un espacio inagotable. El aumento de la población mundial, la construcción acelerada de ciudades superpobladas, el movimiento imparable de materias primas, la expansión global del transporte motorizado y horizontal, la brutal extracción de minerales del corazón de la Tierra y la explosión de basura, desechos y venenos, todo facilitado por la abundancia de petróleo, nos está demostrando que no es así.

Ramón Fernández Durán

En el siglo 20 pasamos de un mundo “vacío” a un mundo “lleno”. Esto implica una verdadera mutación histórica, haciendo que se hable ya de la entrada en una nueva era geológica: el Antropoceno. El Antropoceno sería una nueva época de la Tierra, consecuencia del despliegue del sistema urbano-agro-industrial a escala global, que se da junto con un incremento poblacional mundial sin parangón histórico.

Todo ello ha actuado como una auténtica fuerza geológica con fuertes implicaciones ambientales. La Sociedad Geológica de Londres, la de mayor historia y quizás la más prestigiosa del planeta, así lo ha definido. El Holoceno, la etapa histórica que coincide con el inicio de la a gricultura y la expansión y evolución de las distintas civilizaciones humanas -más o menos, los últimos 12 mil años- ha tocado a su fin.

El trecho interglacial que define la etapa anterior al Antropoceno, llamada Holoceno, inusualmente estable en términos de temperatura global, ha terminado y habríamos entrado en “un intervalo estratigráfico sin precedentes parecidos en los últimos millones de años”.

ESTAMOS EN UNA NUEVA ERA

Estamos en una nueva era marcada por la incidencia de la especie humana en el planeta Tierra. Indudablemente, no es toda la especie humana la que así actúa. Es una parte cada vez más amplia de nuestra especie, que se ve impulsada y condicionada por un sistema, el actual capitalismo global, firmemente estratificado y con muy diferentes responsabilidades e impactos de sus distintas sociedades e individuos, la que ha logrado alterar por primera vez en la Historia el sistema ecológico y geomorfológico global.

No sólo ha alterado el funcionamiento del clima de la Tierra o la composición y características de sus ríos, mares y océanos, y la magnitud, diversidad y complejidad de la biodiversidad planetaria, sino hasta el propio paisaje y territorio, convirtiéndose ya el sistema urbano-agro-industrial en la principal fuerza geomorfológica.

Se trata de una tremenda fuerza de carácter antropogénico, activada y amplificada por un sistema que se basa en el crecimiento y acumulación de dinero “sin fin”. Sus impactos durarán siglos o milenios y condicionarán cualquier evolución futura.

CAPITALISMO GLOBAL:
UN TODO INTERRELACIONADO

El enorme despliegue del capitalismo urbano-agro-industrial a escala global que ha tenido lugar en el siglo 20, así como el incremento hasta ahora imparable de la población, producción y consumo que ha llevado aparejado, no hubieran sido posibles sin ciertas ayudas decisivas, indispensables: la energía abundante y barata, sobre todo de origen fósil (petróleo, carbón y gas natural) y la disposición también barata y abundante de recursos claves para su despliegue: agua, minerales (incluido el uranio), alimentos y biomasa, que han estado disponibles por la misma existencia de energía abundante y barata a lo largo de todo el siglo, salvo quizás en los años 70. Posibles, por supuesto, gracias a la oferta, en ascenso imparable, de fuerza de trabajo asalariada y de trabajo doméstico no remunerado -prioritariamente femenino-, que hacía viable su reproducción.

Son estos factores los que han hecho posible un crecimiento económico mundial sin parangón, a través de un metabolismo urbano-agro-industrial cada día más consumidor de recursos y crecientemente generador de residuos e impactos ambientales y sociales de todo tipo, los que han alcanzado definitivamente una dimensión planetaria.

Todo esto no hubiera sido factible sin un sistema tecnológico, una Megamáquina global, cada día más sofisticada, que ha hecho viable dicho despliegue y cuyo desarrollo se basa en las mismas premisas. También ha posibilitado todo esto la consolidación y profundización de unas megaestructuras de poder político, económico y financiero que operan con importantes tensiones y conflictos entre sí y que se ven condicionadas por la conflictividad político-social, que no serían viables sin los mismos presupuestos.

Todo ello forma un Todo interrelacionado, que en el siglo 21 se empieza poco a poco a agrietar y desmoronar por sus contradicciones internas y, especialmente, por chocar con los límites geofísicos y biológicos planetarios. El siglo 20 inauguró un momento decisivo e irrepetible, en la historia no sólo de la especie humana sino del planeta Tierra. El hecho de que a finales del siglo 20 el sistema urbano-agro-industrial mundial derrochara casi 100 mil veces la energía consumida por los seres humanos a principios del Neolítico ha sido determinante en el advenimiento de esta tremenda singularidad histórica.

EL PLANETA YA NO AGUANTA MÁS

En el siglo 20 este sistema ha utilizado más energía que en toda la historia anterior de la Humanidad. De esta forma, una sola especie, la especie humana -o mejor dicho, un sistema de poder que ha estructurado y condicionado a una gran parte de nuestra especie- ha logrado desviar en su propio beneficio una gran parte de los recursos del planeta: el 40% de la llamada Producción. Primaria Neta, de la biomasa global. Esto ha tenido impactos muy perniciosos en sectores clave para el mantenimiento de la vida: el agua potable, la tierra fértil, las pesquerías oceánicas, los bosques, la diversidad biológica y la atmósfera planetaria. La explotación de pesquerías, bosques y tierras fértiles parece haber llegado a su máximo histórico y enfrenta un declive progresivo a resultas de su creciente agotamiento y del cambio climático en marcha. “El siglo 20 es un fragmento diminuto de tiempo, pero la escala de las transformaciones que ha presenciado empequeñece toda la historia humana anterior” (Christian, 2005).

En los siglos 19 y 20 se pensaba que la Biosfera era un espacio inagotable. Bruscamente estamos constatando que hemos superado ya su biocapacidad, mientras degradábamos el entorno ecológico y geofísico de manera brutal. En las dos o tres últimas décadas el sistema urbano-agro-industrial ha actuado por encima de la capacidad de regeneración del planeta Tierra, gracias al incremento de la capacidad de carga y a la intensificación de los procesos productivos (destructivos) que posibilitan los combustibles fósiles, que muy pronto tocarán su límite con el inicio inexorable del declive energético.

El sistema mundo capitalista y las sociedades que lo componen vivieron hasta hace poco de espaldas a este hecho incontrovertible y todavía lo siguen haciendo en muy gran medida, auspiciados por la tremenda capacidad de enmascaramiento y ocultación que posibilitan la Sociedad de la Imagen y la Aldea Global. Sin embargo, la crudísima realidad les obliga a no poder soslayar ya los límites biofísicos a su despliegue y funcionamiento. Estos límites son una de las causas principales de la actual Crisis Global, que ha disparado sus contradicciones internas. La guerra silenciosa, mortífera y en acelerado ascenso contra la Naturaleza llevada a cabo por la expansión a escala planetaria del sistema urbano-agro-industrial ya no se puede ocultar y está actuando actualmente como un bumerang contra el sistema.

CRISIS DEL METABOLISMO
URBANO-AGRO-INDUSTRIAL

La ideología dominante a lo largo del siglo 20, de raíz en la economía neoclásica -conformada a finales del siglo 19-, con su fe en el crecimiento continuo y el progreso indefinido, sostiene que la expansión del actual modelo productivo y de acumulación se produce como en una burbuja aislada y autosostenida, desconectada de los procesos históricos y de la realidad social y ambiental. Eso es una tremenda falacia.

El metabolismo del capitalismo global no se puede entender sin un consumo creciente de recursos de todo tipo (inputs biofísicos). En concreto, materiales y energía que son extraídos del medio natural, ocasionando importantes impactos en el entorno, para ser posteriormente procesados por un sistema tecnológico y organizativo -el capital productivo-, con el concurso fundamental del trabajo humano
-de índole asalariada o dependiente-, generando una producción que en parte es acumulada en forma de stock construido (edificios, infraestructuras, etc.), al tiempo que produce también mercancías de toda índole destinadas al consumo. Ambos procesos engendran importantes residuos o emisiones de muy diversa naturaleza (outputs biofísicos) que se vuelven a lanzar al medio natural.

La economía neoclásica da por supuestos esos inputs biofísicos. Piensa que estarán disponibles para siempre y para ser utilizados sin freno y sin impacto por parte del carrusel imparable de la producción y el consumo. Y no considera, más bien desprecia, cualquier repercusión medioambiental de los outputs biofísicos, resultado de los procesos productivos y de consumo. Y lo que es más grave, considera que ni unos ni otros pueden afectar su dinámica de expansión “sin fin”, dogma de la fe en el Progreso indefinido. Un Progreso que no puede ni frenar ni condicionar la Biosfera, finita y frágil, en la que opera de forma no inocua el capitalismo global.

EN LA NATURALEZA NO HAY RECUSOS NI RESIDUOS

El hecho de que la producción industrial mundial se multiplicara por más de 50 a lo largo del siglo 20, que el grado de urbanización planetaria pasara del 15% de la población a principios de siglo a casi el 50% a finales, al tiempo que la población mundial se multiplicaba por 4 y el número de metrópolis con millones de pobladores por 40, que la agricultura industrializada se globalizara en muy gran medida, partiendo prácticamente de cero en 1900, y que el transporte motorizado se desbocara de forma tremenda a finales del siglo, partiendo también prácticamente de la nada y utilizando una construcción extraordinaria de medios e infraestructuras de transporte, disparó de forma descomunal el metabolismo urbano-agro-industrial en el siglo 20.

Todo eso fue posible por un flujo energético en constante ascenso, especialmente de carácter no renovable, que se multiplicó casi 20 veces a lo largo del siglo, a pesar de las mejoras alcanzadas en la eficiencia de su uso. Los impactos de este metabolismo sobre la Biosfera, como resultado de los inputs biofísicos demandados, y los outputs igualmente biofísicos generados, han ido en ascenso a lo largo de este periodo histórico. Y además, con efectos acumulativos, pues una de las características principales del metabolismo del sistema urbano-agro-industrial es la apertura de los ciclos de utilización de materiales, separados en “recursos” (inputs biofísicos) y “residuos” (outputs biofísicos), que en la Naturaleza se cierran en sí mismos.

En la Naturaleza no hay “recursos” ni “residuos”. Todo funciona como un sistema interrelacionado, activado por la energía externa del Sol. Lo que es un residuo para un organismo, como resultado de su metabolismo interno, es un recurso para otro, cerrándose así los ciclos biofísicos que mantienen, hacen evolucionar y complejizan los ecosistemas y, en definitiva, la vida.

PETRÓLEO: EL PERVERSO RESPONSABLE

El auge perverso del metabolismo urbano-agro-industrial se aceleró aún más en la segunda mitad del siglo 20, en especial en las dos últimas décadas, tras las crisis energéticas de los años 70, cuando el capitalismo alcanzó una dimensión y profundidad verdaderamente globales. A esto no fue ajena la utilización masiva del petróleo. El oro negro fue la energía clave que lo hizo posible y que lo hace viable. Sólo el uso de los combustibles derivados del crudo permite comprender cómo el comercio mundial pudo multiplicarse por 50 en la segunda mitad del siglo 20, dos veces más que la producción industrial.

La explosión de la movilidad motorizada que lo hizo factible se debió a que el consumo de petróleo se multiplicó por 8 en los últimos 50 años del siglo y a que además su consumo se fue dedicando crecientemente a garantizar esa movilidad. Todo esto permitió que el metabolismo urbano-agro-industrial operara a una escala cada vez más global, mundializando, por consiguiente, sus impactos.

En el siglo 19 los impactos del metabolismo del capitalismo industrial estuvieron confinados en los espacios centrales y fueron relativamente limitados debido a la menor dimensión de los procesos de industrialización-urbanización y transporte motorizado en el mundo “vacío”. Pero en el siglo 20 estos impactos se profundizan y mundializan debido a la globalización del sistema urbano-agro-industrial y a la explosión de la movilidad motorizada a escala planetaria, generando el mundo “lleno”.

Además, los impactos ambientales del actual capitalismo global se recrudecen en los espacios periféricos y semi¬periféricos, mientras que se contienen en mayor medida en los espacios centrales, como resultado de las relaciones de poder mundial. De esta forma, las repercusiones del metabolismo urbano-agro-industrial se están exportando cada vez más hacia los espacios periféricos y semiperiféricos. El capitalismo global adopta una configuración geográfica de Estados y regiones metropolitanas “ganadoras”, acumuladoras de capital e imanes de población, sobre consumidoras de recursos (directos e indirectos) y sobregeneradoras de residuos, mientras que otros Estados y regiones se configuran como espacios “perdedores”, de donde se extraen cada vez más los recursos (con fuertes impactos medio ambientales), los capitales y la población, actuando además crecientemente como sumideros de los residuos del sistema urbano-agro-industrial a escala mundial, junto con los mares, los océanos y la atmósfera planetaria.

Esto es así por una división internacional del trabajo y una especialización funcional de los territorios. Los territorios centrales se especializan en las actividades de mayor valor añadido, a través de la terciarización creciente de sus economías, mientras que los territorios semiperiféricos y periféricos lo hacen cada vez más en los procesos industriales, sobre todo en los de menor valor añadido y principalmente en actividades de carácter extractivo.

En los territorios centrales predominan las funciones mejor remuneradas, más intensivas en tecnología y de menor intensidad material y, por tanto, de menor impacto ambiental relativo, mientras que en los territorios semiperiféricos y periféricos se desarrollan en general las actividades industriales más contaminantes, más intensivas en trabajo humano y en recursos materiales. Se produce una creciente asimetría entre la valoración monetaria y el trabajo humano -en especial, el de carácter más arduo- y el coste físico, lo que implica impactos sociales y medioambientales claramente diferenciados en unos y en otros territorios.

UN MOVIMIENTO DESCOMUNAL DE MATERIALES

El actual sistema urbano-agro-industrial pone en movimiento cada año un tonelaje de materias primas muy superior al de cualquier fuerza geológica. El comercio mundial mueve un tonelaje mayor que los aluviones que arrastran todos los ríos del planeta en su conjunto. Y lo que es más grave: ese proceso se aceleró desde los años 50 del siglo 20, y tras el paréntesis de los años 70, se desarrolló aún más intensamente desde los 80 hasta la llegada de la actual Crisis Global. Así, hemos pasado a tener una utilización de 19 toneladas de materiales per cápita al año en el capitalismo global actual, pero muy desigualmente repartidas a escala mundial y por supuesto dentro de cada sociedad. Esto contrasta con las 4 toneladas per cápita de media que tuvimos en las civilizaciones agrarias y con la única tonelada per cápita de las sociedades cazadoras-recolectoras.

Si a esto sumamos el dato de que a finales del siglo 20 la población mundial llegaba a los 6 mil millones de personas y que el conjunto de civilizaciones agrarias no llegó a superar los 300 millones, podemos hacernos una idea del salto descomunal en cuanto a movimiento de materiales que se ha producido desde el advenimiento de la Revolución Industrial, y muy especialmente en el siglo 20. Esto tiene consecuencias geomorfológicas, pues el grueso del movimiento de materiales que se produce actualmente es de recursos físicos, extracción y transporte de rocas y minerales, no de biomasa, como sucedía en las civilizaciones agrarias.

El movimiento de materiales en el actual capitalismo global es más de mil veces superior al que las sociedades humanas impulsaban hace unos 500 años a escala planetaria, habiéndose disparado por más de 70 en el siglo 20. Y todo esto con efectos acumulativos. Es por eso que el capitalismo urbano-agro-industrial mundial se ha convertido ya en la principal fuerza geomorfológica planetaria.

LA IMPARABLE URBANIZACIÓN

¿A qué se debe esta desmesura? ¿Y qué es lo que la ha hecho viable? Indudablemente, la desmesura es consecuencia directa de la expansión global del sistema urbano-agro-industrial, pero muy especialmente de la imparable dimensión metropolitana de su expresión territorial, cada vez más amplia y extendiéndose como mancha de aceite, y de la explosión de transporte motorizado que la ha acompañado.

Y lo que principalmente ha hecho viable todo esto ha sido la utilización masiva del petróleo como energía clave que impulsa el metabolismo del sistema urbano-agro-industrial, y que especialmente mueve los requerimientos de materiales que lo sustentan. Ese metabolismo se ve garantizado también por otros combustibles fósiles, carbón y gas, y en menor medida por otras energías (nuclear, hidroeléctrica y otras renovables), pero el transporte motorizado depende en más de un 95% de los derivados del petróleo.

En el siglo 20 la población urbana mundial pasó de unos 250 millones de personas viviendo en áreas urbanas en 1900 -con unas 10 metrópolis con más de un millón de habitantes- a unos 3 mil millones de personas viviendo a finales del siglo en núcleos urbano-metropolitanos, con bastante más de 400 metrópolis “millonarias”, unas 80 de ellas con más de 10 millones de habitantes y unas 5 superando los 20 millones, articulándose algunas en gigantescas megalópolis, verdaderos monstruos urbano-metropolitanos, con una huella directa cada vez más difusa sobre el territorio.

Esto significa que los llamados “usos destructivos” del territorio ocupan ya una extensión del 2% del territorio emergido mundial, cifra verdaderamente impresionante para cuya plasmación (construcción de infraestructuras, edificios, etc.) ha sido preciso un movimiento de materiales sin precedentes. No en vano tres cuartas partes en peso de todo el trasiego mundial de materiales se relacionan con la construcción. Y la edificación del espacio urbanizado conlleva una fuerte demanda de materiales de alto impacto territorial en sus lugares de extracción y un elevado consumo energético en su elaboración (acero, aluminio, cemento, vidrio y plásticos).

La creación del sistema urbano-metropolitano implica también otras importantes afecciones territoriales indirectas (canteras, presas, infraestructuras interurbanas y otros servicios), que suponen también una alta demanda de cemento. Quizás la evolución del consumo de cemento en el mundo indique mejor que nada la impresionante actividad constructora que se ha llevado a cabo en los últimos 50 años del siglo 20, cuando la industrialización de la construcción favorece también el abandono de otros materiales autóctonos. El funcionamiento diario del sistema urbano-metropolitano comporta asimismo una bulimia sin freno de recursos energéticos, manufacturados y bióticos -principalmente alimentos-, con sus correspondientes huellas ecológicas.

TRANSPORTE HORIZONTAL VS. VERTICAL

El transporte motorizado masivo se convierte en un elemento absolutamente central del funcionamiento del sistema urbano-agro-industrial global, chocando frontalmente con el funcionamiento de la Biosfera, pues Gaia privilegia principalmente el transporte vertical, en vez del horizontal. El transporte vertical es el generado por el intercambio de materia entre el reino vegetal, la atmósfera y el suelo, y por el flujo interno de nutrientes dentro de las propias especies vegetales.

En la Biosfera el transporte horizontal sólo lo realizan los animales, que representan un porcentaje de biomasa muy reducido en comparación con el reino vegetal: el 1% aproximadamente. Además, los animales se desplazan generalmente en pequeñas distancias, economizando el consumo de energía endosomática. El transporte horizontal animal a largas distancias, como es el de las aves migratorias y el de grandes mamíferos terrestres, es una rareza en la Naturaleza, y se relaciona también con la búsqueda de la ingesta de biomasa estacional que les proporcione la necesaria energía endosomática para mantener su existencia y reproducción.

El actual sistema urbano-agro-industrial opera de forma absolutamente contraria a este funcionamiento de la Naturaleza. Y para hacer factible ese desplazamiento horizontal masivo de materiales, manufacturas y personas necesita de potentes e impactantes infraestructuras que lo posibiliten (carreteras, autopistas, aparcamientos, áreas logísticas, líneas y estaciones ferroviarias, puertos y aeropuertos, en algunos casos de enormes dimensiones) que invaden, destrozan y trocean el territorio, afectando a la biodiversidad y a su mantenimiento. Además, ese desplazamiento motorizado exige de una diversidad de vehículos cuya construcción requiere una muy importante demanda de minerales metálicos -el sector de la automoción es el que más minerales consume- para cuya extracción es preciso una gran remoción de materiales no metálicos, con fuerte impacto territorial y efectuado con maquinaria activada por derivados del petróleo. Son los llamados flujos ocultos y las “mochilas ecológicas” correspondientes.

La misma operación de los vehículos de transporte motorizado (motos, coches, camiones, autobuses, trenes, barcos y aviones) está basada igualmente, de forma casi exclusiva, en los derivados del oro negro. Esa fortísima dependencia del petróleo de la movilidad motorizada a finales del siglo 20 ha sido un cambio trascendental.

La movilidad motorizada era muy reducida a principios del siglo 20 y estaba basada casi exclusivamente en el carbón (barcos y ferrocarriles de vapor), siendo el resto tracción animal por carretera, transporte marítimo a vela y, sobre todo, transporte peatonal, y en bastante menor medida, en bicicleta. El transporte de personas por medios eléctricos, metro y tranvías, era muy residual y sólo estaba presente en las principales ciudades centrales.

LA EXPLOSIÓN DEL TRANSPORTE MOTORIZADO

La movilidad motorizada explota a lo largo del siglo 20, sobre todo en su segunda mitad, y muy especialmente en sus dos últimas décadas, tras la crisis de los años 70. Es a partir de entonces cuando estalla el comercio internacional de materiales y alimentos, que implica un crecimiento especialmente intenso en el transporte por carretera, pero también en el marítimo y aéreo, como resultado de la expansión del nuevo capitalismo global. Mientras, el ferrocarril, aunque crece bastante en la primera mitad del siglo, se estanca en gran medida desde entonces.

Esta explosión de la movilidad motorizada es particularmente aguda en los espacios urbano-metropolitanos, en paralelo a su crecimiento irrefrenable. De hecho, tres cuartos de todo el petróleo mundial se consume en estos territorios, a pesar de que a lo largo del siglo se crearon en muchas metrópolis mundiales importantes, y en algunos casos muy importantes, sistemas de transporte colectivo a tracción eléctrica (trenes, metros y tranvías), al tiempo que se disparaba también en estos territorios el transporte vertical eléctrico por ascensores. Pero la movilidad motorizada por carretera desbordó con mucho a todos estos medios.

El transporte motorizado es el que ha permitido el incremento de la capacidad de carga del territorio, junto con una tecnología de extracción de materiales de la corteza y la superficie terrestre cada vez más compleja. Sin esto hubiera sido inviable la tremenda concentración poblacional mundial en los espacios urbano-metropolitanos. De hecho, si estos espacios hubiesen tenido que construirse y sobrevivir con los recursos físicos y bióticos -entre ellos los alimentos- de los territorios cercanos, simplemente no lo hubiesen podido hacer, y hubieran visto frenado su crecimiento. El petróleo es el que ha hecho factible este “milagro”: tanto la capacidad de extracción como el transporte motorizado. Y ha generado islas territoriales de “orden aparente”, mientras que generaba “océanos de desorden” creciente a su alredor y en territorios cada vez más alejados a escala planetaria.

Los espacios urbano-metropolitanos, en especial en los territorios centrales, no pueden sobrevivir sin el transporte a larga distancia. Es curioso como en el transporte de larga distancia el volumen principal lo ocupan los combustibles, seguidos de los productos agrícolas, minerales y manufacturas, que ocupan un volumen similar.

EL PLANETA CONVERTIDO EN UNA GRAN MINA

Es preciso recordar que la extracción de minerales (energéticos y no energéticos) implica la remoción de gran cantidad de materiales (gangas). De esta forma, el impacto de los espacios urbano-metropolitanos se deja sentir no sólo en sus entornos más o menos inmediatos -de donde provienen gran parte de los materiales de construcción-, sino en los mundos rurales cercanos, lejanos y muy lejanos -de donde provienen los alimentos-, así como en muchos territorios mundiales que actúan como minas para satisfacer la sed insaciable de recursos no bióticos de dichos espacios. Esto está convirtiendo el Planeta de Metrópolis en una Gran Mina.

En el mundo van proliferando cada vez más las extracciones de materiales en yacimientos a cielo abierto, especialmente en los espacios periféricos, que en algunos casos llegan hasta 1.5 kms de profundidad. También se perforan minas hasta 3 kms en el interior de la corteza terrestre, que tiene unos 40 kms de grosor. Hasta casi las mismas entrañas de la Tierra llega la insaciable demanda de minerales del sistema urbano-agro-industrial, gracias a la utilización de los combustibles fósiles, y a consecuencia también de ellos.

La extracción de minerales y energía no se lleva a cabo, en general, sin resistencias sociales. Sobre todo si en los territorios donde se realizan están habitados, y más aún si las poblaciones afectadas dependen de los recursos naturales existentes en esos territorios, como en el caso de poblaciones campesinas e indígenas. De hecho, el siglo 20 se abre con importantes levantamientos indígenas en Tampico, México, como contestación al inicio de la explotación de petróleo. Y esa tendencia va a estar presente, en mayor o menor medida, a lo largo de todo el siglo, conforme se va expandiendo y configurando la actual Gran Mina Global.

Sin embargo, estas resistencias, aunque importantes y hasta muy importantes en ocasiones, no han logrado frenar el avance imparable de la actividad extractiva, aunque a veces la han condicionado. Quizás el principal problema que se han encontrado esas resistencias ha sido la falta de apoyos en las poblaciones urbano-metropolitanas, incapaces de vislumbrar que sus formas de producción y consumo, sus formas de vida, determinadas por el capitalismo global, son las responsables de la destrucción y desarraigo que ocasiona la extracción de los inputs biofísicos necesarios para mantener y expandir la Sociedad Industrial.

Los impactos se perciben tan “remotos”, si es que la Aldea Global se digna a hablar de ellos, aunque sea de forma manipulada, que no suscitan la mínima atención. Y así, la derrota de esas resistencias se ha podido llevar a cabo con importantes dosis de represión en muchas ocasiones, pero también dividiendo a las propias comunidades afectadas, y seduciéndolas con pequeñas concesiones (construcción de escuelas, nuevas viviendas, etc.). A finales del siglo, esas resistencias se intensificaron en muchos de los territorios periféricos mundiales, en paralelo al cada vez mayor despliegue de la Gran Mina Global.

PERDEMOS LA PRIMERA PIEL DEL PLANETA

La Primera Piel planetaria, su cubierta natural, la Biosfera, no hace sino mermar y degradarse a pasos agigantados, modificándose además profundamente el paisaje originario, que se ve también crecientemente alterado y artificializado, de forma cada vez más industrializada, para satisfacer la demanda en ascenso de productos bióticos (alimentos, madera, etc.). Así, el diálogo de siglos entre los núcleos urbanos pre-industiales y sus entornos naturales inmediatos, que había generado en muchos casos paisajes culturales de enorme belleza, diversidad y complejidad, ha sido reemplazado por el Monólogo Metropolitano, profundamente autista y altamente destructivo de sus entornos inmediatos y del mundo entero. Así procede actualmente la Segunda Piel urbanizada, que se expande aceleradamente, haciendo retroceder y degradando la Primera Piel natural.

Los sistemas urbano-metropolitanos, en concreto los de los espacios centrales, no sólo son gigantescos sumideros de energía y recursos, que provocan profundas huellas ecológicas, locales y globales. Actúan también como efervescentes volcanes de residuos y emisiones de toda índole, que impactan igualmente sobre la Biosfera (en suelos, recursos hídricos y atmósfera), alterando y desbordando su capacidad de absorción y regeneración. Lo mismo podríamos decir de los sistemas industriales y agroindustriales, insaciables demandantes y consumidores de energía fósil, y muy impactantes sobre el medio natural a causa de su metabolismo contaminante.

RESIDUOS Y CONTAMINACIÓN:
LADO OCULTO Y OSCURO DEL METABOLISMO

El impacto territorial y ambiental de las demandas de materiales y energía que requiere el metabolismo urbano-agro-industrial permanece en muy gran medida oculto en el enfoque económico dominante, en las estadísticas oficiales y, sobre todo, a los ojos de la ciudadanía que habita en las metrópolis, principales “beneficiarias” de su consumo y, a la vez, subyugadas por la Sociedad de la Imagen y la Aldea Global. Además, porque las poblaciones urbano-metropolitanas se encuentran lejos de los impactos de los inputs biofísicos de su propio metabolismo, pues éstos en general se manifiestan en territorios distantes o muy distantes.

Las secuelas de residuos y contaminación que genera el otro lado del metabolismo urbano-agro-industrial, una vez realizado éste, sus outputs biofísicos, permanecen aún más recónditos, se menosprecian o simplemente no se quieren ver. Se cierran los ojos ante las crecientes consecuencias indeseables de la degradación ambiental que está afectando ya al mantenimiento de la vida. En muchas ocasiones tienen menor visibilidad física (gran parte de las emisiones a la atmósfera, ríos, océanos y suelos) y aquejan principalmente a los territorios más periféricos y empobrecidos y se manifiestan con menor intensidad en los espacios centrales.

Esto sucede por dos razones: porque cada vez más se exportan las actividades más contaminantes y los residuos a la periferia, y porque hay ciertas regulaciones y medidas correctoras que se tomaron a lo largo del siglo 20 en los espacios centrales que se presentaron como la panacea para hacer frente a sus efectos. Y no lo fueron.

El tratamiento de este lado oscuro del metabolismo ha consistido prioritariamente en meter la “basura bajo de la alfombra” o alejarla lo más posible, para no verla. Tan sólo se ha resaltado -y no sin tensiones- en el caso de las emisiones de CO2, causantes del efecto invernadero. Pero la “basura” se resiste a desaparecer y a hacerse invisible. Crece de forma exponencial en forma de residuos sólidos, líquidos y gaseosos, en muchos casos contaminantes. Ha acentuado esto el hecho de que en la segunda mitad del siglo 20, especialmente en sus últimas décadas, hemos entrado de lleno en una civilización consumista basada en el “usar y tirar”, lo que ha dificultado aún más el cierre de los ciclos de materiales y ha agravado las consecuencias de la contaminación urbano-agro-industrial.

La “basura” sale por la ventana del capitalismo global hacia la Naturaleza y como la Naturaleza es incapaz de asimilarla y metabolizarla, está entrando ya, otra vez, con todas las de la ley, por la puerta principal, desbaratando cada vez más la fiesta. Y eso que sólo ha llegado plenamente hasta el hall de entrada y todavía no ha alcanzado plenamente los salones principales, donde la fiesta continúa, aunque algo más mermada en la actualidad por la llegada de la Crisis Global. O quizás, mejor dicho, porque no ha adquirido la visibilidad necesaria en los salones centrales, para hacer conscientes a los que allí todavía disfrutan, de que las consecuencias del metabolismo de su muy desigual jolgorio no afectan sólo a los desheredados o a los territorios lejanos.

LA EXPLOSIÓN IMPARABLE DE BASURAS

La explosión de los residuos sólidos, tanto urbanos (domésticos, industriales y terciarios) como agroindustriales, muchos de muy difícil reciclaje y de carácter tóxico, se ha acelerado en la segunda mitad del siglo 20. Por la intensificación de los procesos de metropolización y también por el fuerte incremento de la producción industrial.

Los residuos de muchos sectores de la actividad terciaria son indudablemente menores, pero para nada es ésta una actividad inocua. De hecho, la importante expansión que experimentó la gran distribución comercial en las últimas décadas del siglo 20 ha contribuido decisivamente a la proliferación de residuos sólidos, debido al sobre-embalado y sobre-empaquetado de los alimentos preparados industrialmente y transportados a largas distancias. Igualmente, el fuerte crecimiento de la producción y distribución a gran escala, ha hecho inviable -por falta de rentabilidad- retornar y reutilizar los envases, que antes eran de vidrio, y recorrían distancias cortas, experimentando una evolución espectacular el uso de envases de plástico, no retornables y difícilmente reciclables.

Todo esto ha comportado ahorros considerables para el productor y el distribuidor, pero ha cargado sobre los contribuyentes las cuentas del costo de la recogida de unos residuos urbanos en ascenso imparable, mientras que otros grandes actores empresariales hacen negocio con su recolección y tratamiento, actividades que antes realizaban pequeños actores, que ayudaban al reciclaje y al cierre en gran medida de los ciclos de materiales. El hecho de que los kilómetros recorridos por los residuos sean crecientes, debido a la expansión de las metrópolis, es otro factor más que contribuye al encarecimiento de la recogida y tratamiento de residuos. Los vertederos cercanos se colman o dejan de ser asumibles por la “opinión pública”, mientras que se acometen programas de incineración de residuos con el fin de reducir drásticamente su volumen y ayudar a su “valorización” energética, nuevo eufemismo que implica más aporte energético fósil para llevarlo a cabo. Esta “valorización” lo que hace es transformar el grueso de esos residuos sólidos en residuos gaseosos, algunos altamente peligrosos (dio¬xi¬nas, furanos), pero invisibles. En suma, se renuncia en gran medida al reciclaje, al tiempo que se incrementa la contaminación. Incluso la muy “ecológica” Unión Europea promueve ya descaradamente esta “solución”.

CONVIVIMOS CON MILES DE VENENOS

En los últimos 50 años del siglo 20 asistimos a una expansión verdaderamente impresionante de la industria química, que ha generado, además de un estallido de la producción de plásticos (petroquímica), muy difíciles de reciclar, una enorme variedad de sustancias sintéticas de carácter tóxico y persistente. En la actualidad circulan libremente por el mundo unas 140 mil sustancias químicas de carácter más o menos nocivo. Sustancias que se han sacado al mercado y se han comercializado sin ninguna o con mínimas medidas de seguridad. El principio de precaución brilla por su ausencia y desconocemos la peligrosidad de muchas de las sustancias químicas con las que convivimos.

Esto ha provocado que las enfermedades por exposición ambiental a las sustancias químicas se hayan disparado en el mundo. El cáncer muy especialmente, pero también enfermedades de índole reproductiva (infertilidad, malformaciones), alteraciones hormonales (diabetes, problemas tiroideos), disfunciones inmunológicas (alergias, dermatitis) y problemas neurológicos (de aprendizaje, autismo, hiperactividad, Alzheimer, Parkinson). Algunas han alcanzado ya cifras epidémicas, siendo niñas y niños los más especialmente vulnerables a la exposición a dichas sustancias tóxicas, sobre todo a este cóctel de miles de sustancias químicas cuyos efectos nocivos vamos conociendo ya desde hace años.

La primera voz de alarma la dio Rachel Carson en su libro La Primavera Silenciosa (1962), alertando de los peligros del DDT. Pero esta primera voz que clamaba en el desierto se producía cuando la industria química, y sobre todo la petroquímica, estaba sólo en el principio de su despegue a escala global. Y cuando las consecuencias de su actividad se sufrieron en los territorios centrales. Más tarde su impacto alcanzó al mundo entero, aunque con diferente intensidad, siendo cada vez más manifiesta en los territorios de la Periferia por la ausencia de regulaciones.

Quizás el primer desastre de la industria química que tuvo una repercusión verdaderamente global fue la explosión de la fábrica de Union Carbide en Bhopal (India), en 1984. La nube de gases tóxicos, y muy tóxicos, así como los metales pesados que se generaron, acabaron con la vida de unas 20 mil personas, sus efectos alcanzaron a otras 600 mil y de ellas gravemente a 150 mil. Una catástrofe química sin paliativos, la mayor de la historia, en la que todavía sus víctimas no han recibido ni un centavo de Union Carbide. El gobierno indio ha sido el que se ha hecho cargo mínimamente de las consecuencias de esta devastación, con una “ayuda” absolutamente testimonial de la transnacional, que abandonó la zona dejando miles de toneladas de productos contaminantes, que todavía hoy afectan a sus acuíferos.

La lucha internacional para procesar a Union Carbide ha sido imposible de materializar, pues no existe ningún tribunal mundial que permita juzgar estas tragedias humanas y ambientales. Y esta lucha se ha vuelto casi imposible una vez que Union Carbide fue absorbida en 2001 por Dow Chemical, la mayor transnacional química del mundo. Aunque no se han producido desde entonces desastres químicos de esa magnitud y repercusión internacional, no significa que no se produzcan de tanto en tanto “mini-bhopales” con graves repercusiones en las localidades, tanto del Centro como especialmente de la Periferia, donde acontecen. Además, la contaminación diaria por metales pesados, consecuencia de toda la industrialización del siglo 20 no hace sino diseminarse por el entorno e introducirse crecientemente en la cadena alimentaria.

VIVIMOS EN LA SOCIEDAD DEL RIESGO

Otra tremenda sacudida del lado más oculto del metabolismo de la Sociedad Industrial fue la explosión de la central nuclear de Chernobil (Ucrania), en 1986, tan sólo dos años después de Bophal. La explosión precipitó el hundimiento de la URSS y provocó decenas de muertos en los primeros días, implicó el desplazamiento de más de 200 mil personas de sus hogares y las defunciones posteriores por cáncer han alcanzado a miles de personas, con consecuencias que afectan en mayor o menor medida a centenares de miles. La radiactividad generada por el accidente llegó a afectar con diferente intensidad a casi todo el territorio europeo.

El llamado “Telón de Acero” fue incapaz de contener el impacto del accidente en el Este. La atmósfera no respeta fronteras geopolíticas. Este accidente nuclear superó con mucho a otro también muy importante, pero de menores dimensiones, que se produjo en la costa este de Estados Unidos: el colapso del reactor de Three Mile Island en 1979. Los dos accidentes frenaron en seco la expansión de la industria nuclear, muy costosa asediada por una gran protesta ciudadana en Occidente.

Éstos y otros accidentes y peligros de la llamada Sociedad Industrial llevaron a Ulrich Beck (1994) a caracterizarla, sobre todo en su dimensión más contemporánea, como la Sociedad del Riesgo, ampliada a finales del siglo 20 al planeta entero, como resultado del comercio internacional de residuos peligrosos del Centro hacia la Periferia, en auge creciente desde los años 70 a pesar de su teórica prohibición a escala internacional. Residuos que muchas veces se vierten en alta mar de los océanos del Sur, para después acabar en costas africanas o asiáticas, como ocurrió a consecuencia del tsunami de 2004 en el Océano Índico.

EL IMPACTO AMBIENTAL DE LAS ARMAS

Es importante resaltar la contaminación química, biológica y radiactiva provocada a lo largo del siglo 20 por la guerra y la industria militar. El armamento químico y biológico se utilizó de forma significativa en la Primera Guerra Mundial, con efectos humanos tremendos. Por eso, los países occidentales decidieron en 1923 en Ginebra no recurrir a este tipo de armas. Sin embargo, se han utilizado ampliamente contra los movimientos de liberación nacional en territorios bajo dominio colonial en el período de entreguerras.

En la Segunda Guerra Mundial su uso fue “contenido”, pues cada bando temía que si lo utilizaba masivamente, el bando contrario respondería de la misma forma. Japón fue quizás el que más recurrió a este armamento. Pero su producción y almacenamiento siguió creciendo, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, durante la Guerra Fría. En Vietnam fueron utilizadas estas armas por Estados Unidos. También fueron empleadas ampliamente en la Guerra Irak-Irán en los años 80, siendo proporcionadas a Saddam Hussein por países occidentales. No llegó a prohibirse hasta después de la caída del Muro de Berlín y el colapso de la URSS. Fue entonces, 1993, cuando en el marco de Naciones Unidas se firmó la Convención sobre Armamento Químico y Bacteriológico que prohíbe -en teoría- su producción y almacenamiento, pasando a considerarse estas armas “de destrucción masiva”.

La producción y empleo de estas armas a lo largo de todo el siglo 20 ha tenido importantes impactos ambientales, todavía por determinar con exactitud, pues el secretismo militar lo impide. Lo mismo podemos decir del armamento nuclear y de las múltiples pruebas nucleares realizadas en muchas partes del mundo por las potencias nucleares en las últimas décadas (Nevada, Argelia, Polinesia, Siberia…) tras las bombas contra Hiroshima y Nagasaki, que abrieron la carrera nuclear mundial.

También conviene subrayar el grave impacto radiactivo que las armas con uranio empobrecido ha tenido en las actuaciones militares contra Irak o en la guerra contra Serbia. Los impactos humanos de estos conflictos cada vez son más conocidos y denunciados, pero sus repercusiones ambientales reales permanecen en gran medida ocultas.

EL MIEDO COMO ARMA
Y EL ECOCIDIO COMO META

Las resistencias sociales a los impactos medioambientales y humanos del lado más sombrío e “invisible” del metabolismo urbano-agro-industrial -incluida su dimensión militar-, sus outputs biofísicos, han sido en general menores que las resistencias a los impactos de sus inputs biofísicos. Sin embargo, el advenimiento a finales del siglo 20 de la llamada Sociedad del Riesgo a escala global, en la que este riesgo se intensifica en determinados territorios periféricos, hace que el riesgo pase a ser considerado como una forma más de facilitar la gobernanza política del capitalismo global.

La activación del miedo de masas ante presentes o futuros riesgos y, sobre todo, el tratamiento mediático de los riesgos que proliferan en la Periferia, hace que la población valore la mayor “normalidad” de los territorios centrales, en donde “esas cosas” que “allí” acontecen “aquí” no pasan gracias al buen hacer político-empresarial.

A finales del siglo 20 la contaminación era ya un problema cada vez más global, como el propio capitalismo, cuando a inicios del siglo la contaminación, aunque grave y hasta muy grave en algunos casos, era un problema puramente local de territorios industriales y ciudades concretas. La Sociedad Industrial capitalista -claramente ya la única existente y de proyección mundial, tras la crisis y el colapso del Socialismo Real, la otra versión de la Sociedad Industrial (en este caso de Estado), que sucumbió, provocando un ecocidio- está caminando todavía de la mano de Occidente, aunque cada vez más apoyada por sus nuevos y potentes países emergentes, hacia su forma particular de ecocidio.

MIEMBRO DE ECOLOGISTAS EN ACCIÓN. INGENIERO Y URBANISTA. PROFESOR UNIVERSITARIO.

ESTE TEXTO (Y LOS QUE LE DAN CONTINUACIÓN, QUE PUBLICAREMOS EN PRÓXIMOS NÚMEROS)
ES EL NÚCLEO DE UN LIBRO QUE ELABORA SOBRE LA CRISIS DEL CAPITALISMO GLOBAL
Y EL PREVISIBLE COLAPSO CIVILIZATORIO.

Imprimir texto   

Enviar texto

Arriba
 
 
<< Nro. anterior   Nro. siguiente >>

En este mismo numero:

Nicaragua
Entre fantasmas

Nicaragua
Noticias del mes

Nicaragua
“Retrocedemos a los años 80, la autonomía municipal está más amenazada que nunca”

Nicaragua
Una nicaragüense en la OMC

México
200 años de Independencia, 100 años de Revolución

El Salvador
Mauricio Funes camina con éxito sobre una cuerda floja

Internacional
El antropoceno: la crisis ecológica se hace mundial (1): La primera piel del planeta está gravemente herida
Envío Revista mensual de análisis de Nicaragua y Centroamérica