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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 234 | Septiembre 2001

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Nicaragua

Áreas protegidas, recursos naturales: ¿con la gente o sin la gente?

Proteger la biodiversidad requiere respetar la sociodiversidad. Cuanto más conozca y utilice la gente los recursos naturales, más se preocupará por conservarlos. Defender nuestros bosques y nuestros recursos requiere de creatividad, de un nuevo enfoque que dé participación a la gente.

Túpac Barahona

En 1983, el gobierno sandinista decretó la creación de una Reserva Natural en el complejo volcánico San Cristóbal-Casitas, con la intención de proteger lo que quedaba de bosques en sus faldas. Reservas del mismo tipo fueron establecidas también en los volcanes Cosigüina y Mombacho, y en el Concepción y el Maderas en la isla de Ometepe.

Protección: ¿ni capacidad ni recursos ni interés?

Ha pasado el tiempo y hoy cerca del 85% de las tierras de la Reserva en el volcán San Cristóbal son de un dueño particular. El gobierno sólo controla, y en teoría, un 15% del área protegida, bajo la categoría de "tierras nacionales". En la práctica, aquí y en los otros lugares, los campesinos sin tierras y los grandes hacendados cafetaleros y ganaderos se van apropiando, poco a poco, de las llamadas tierras nacionales. El gobierno no tiene ni los recursos ni el interés para detener la apropiación privada de estas tierras de nadie.

En 1991, el gobierno de Violeta Chamorro decretó la creación de Bosawás, una inmensa Reserva de Recursos Naturales que cubre 8 mil kilómetros cuadrados de territorio boscoso en el norte del país. En aquel momento, los pobladores mayangnas y mískitos que habitaban la Reserva ni siquiera sospechaban que estaban viviendo en un área protegida. El gobierno no les consultó la decisión de crear Bosawás. Después, cuando los indígenas se percataron del nuevo decreto y de sus implicaciones, sintieron amenazados sus derechos tradicionales de pescar, cazar y cultivar en el bosque. Apoyados por diversas ONGs, los indígenas mayangnas emprendieron una iniciativa para delimitar los territorios que han explotado históricamente y reclamar títulos colectivos de propiedad sobre ellos.

Siempre ocurre lo mismo. Cada vez que el Estado establece por decreto un área protegida, con la supuesta intención de salvaguardar los recursos naturales de la voracidad humana, se encuentra con diversos grupos sociales que habitan o explotan esos bosques desde hace mucho tiempo. Hoy, cuando se arrancan las últimas páginas del calendario del 2001 y se aproxima la llegada al poder de un nuevo gobierno surgen muchas preguntas sobre el papel del Estado en el manejo de los recursos naturales. ¿Tendrá el nuevo gobierno capacidad para proteger eficazmente las reservas? ¿Las áreas protegidas deben manejarse con o sin la gente que las habita? ¿En realidad, sirven de algo las áreas protegidas? ¿De qué manera podría el Estado involucrar a la población en las actividades de manejo y conservación de las reservas? Los políticos en campaña ignoran el tema o lo tocan tangencialmente, evitando sus aspectos más espinosos. La coyuntura electoral es, sin embargo, una oportunidad para poner sobre el tapete la compleja problemática del manejo de nuestras riquezas naturales.

Reservas de la biosfera: inmensas e intocables

Aproximadamente, tres cuartas partes de los bosques nicaragüenses han sido convertidos ya en áreas de cultivo y pastizales para alimentar ganado. En nuestro país quedan muy pocas áreas de bosque extensas y compactas y la mayoría de las áreas de bosques que hay son pequeñas manchas dispersas sobre el mapa nacional. Con la intención de proteger los pocos bosques extensos que nos quedan, a principios de los años 90 se crearon dos grandes áreas protegidas: la Reserva de Recursos Naturales Bosawás en el norte, y el sistema de conservación SI-A-PAZ en el sureste, donde destaca la gran Reserva Biológica Indio-Maíz.

El diseño de estas dos grandes reservas se inspira en el modelo de Reservas de la Biosfera promovido por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), que a su vez se basa en el modelo de área protegida propuesto por el norteamericano R. Noss para la creación de grandes reservas en el sureste de Estados Unidos. Según este modelo, existe una zona central o "área núcleo" de la reserva donde la intervención humana está totalmente prohibida, con el objeto de garantizar la máxima conservación de los ecosistemas prístinos. Rodeando el área núcleo se encuentran una serie de bandas concéntricas donde el grado de protección es menos intenso a medida que se alejan del centro. Estas bandas son las llamadas "zonas de amortiguamiento". En las zonas de amortiguamiento se permite la explotación de los recursos naturales de manera regulada, limitando el tipo de actividades permitidas y la intensidad con que se explotan los recursos. Al mismo tiempo, se exige un plan de manejo que asegure la renovación del bosque, la persistencia de la fauna, la calidad de las aguas y demás valores ambientales.

Válvulas de escape de conflictos sociales

Pero el modelo de áreas núcleo protegidas por colchones de amortiguamiento sólo funciona en la teoría. En la práctica, campesinos, madereros, empresas mineras y otros actores sociales aprovechan los recursos naturales tanto de las áreas núcleo como de las zonas de amortiguamiento con muy poca o ninguna regulación. Se sabe, por ejemplo, que los campesinos nicaragüenses del centro del país avanzan paulatinamente hacia la vertiente atlántica en busca de tierras, y ya han invadido el área núcleo de Bosawás y el de la Reserva Indio Maíz. Según el ingeniero ambiental Byron Walsh -gran conocedor de la zona-, en 1996 había 23 familias campesinas asentadas en el área núcleo de Bosawás, número que aumentó a 70 en 1999. Estas familias han deforestado cerca de 400 manzanas para cultivar los granos que necesitan para subsistir. Los límites de la Reserva Indio-Maíz tampoco fueron respetados. Se estima que entre 100 y 200 familias campesinas han invadido la Reserva por el lado del municipio El Castillo para establecer pequeñas parcelas de cultivo en medio del bosque.

Proyectos de cooperación internacional que trabajan en las zonas de amortiguamiento de estas dos reservas han sugerido que estas familias campesinas deberían ser retiradas de estos lugares y reasentadas en otros de menor valor ambiental, pero el gobierno no se ha atrevido a expulsar a los campesinos por las consecuencias políticas que implicaría. La historia demuestra que los bosques del Atlántico siempre han funcionado como una válvula de escape para que los campesinos sin tierra se establezcan en nuevas parcelas a un costo mínimo y evitando conflictos. Decidirse a evitar este avance asignándoles tierras en otros lugares significaría reestructurar toda la tenencia de la tierra en el Pacífico y Centro del país mediante una intervención activa del Estado. Pero las palabras Estado y Reforma Agraria han quedado fuera del diccionario político nacional en el modelo neoliberal que impera en nuestros días.

Quetzales y monos congos necesitan el bosque

El diseño de grandes reservas con un núcleo intocable se ha promovido con la intención de salvar los últimos reductos de ecosistemas poco alterados donde persisten especies que son cada vez más raras. Las selvas brumosas de las montañas del norte de Nicaragua son el hábitat preferido de una de las aves más vistosas y simbólicas de Centroamérica, el quetzal. Sin el bosque, los quetzales desaparecen, pues no son capaces ni de vivir ni de volar grandes distancias a través de terrenos deforestados. Lo mismo ocurre con los monos congos, que todavía pueden verse en los parches de bosque que aún quedan en la región del Pacífico, en Chacocente, en algunas fincas bien protegidas en la Meseta de Carazo, en el volcán Maderas, en el Mombacho y en los volcanes de la cordillera de los Maribios que todavía conservan un manto forestal en sus faldas.

Los monos congos son tan sensibles a las alteraciones causadas por el hombre que bandadas de estos trapecistas del bosque salieron en estampida cuando a principios de 1999 se abrió una nueva carretera que penetra la reserva de Chacocente, en la costa caraceña. Para los quetzales y los monos congos, extremadamente sensibles a la desaparición de los bosques, los de Nicaragua son como islas verdes en medio de un "océano" de deforestación. Fuera de estas islas no podrán sobrevivir. Cuanto más grandes sean estas islas, más espacio tendrán para moverse, alimentarse y reproducirse. El problema es que las islas de bosque que le quedan a nuestro país son cada vez menos prístinas. Hasta en el lugar más recóndito de Nicaragua, hasta en la selva más virgen o en el ecosistema más puro nos topamos con la huella humana. En una foto aérea del volcán San Cristóbal observamos una masa compacta de bosque en su falda occidental. Un bosque primigenio, a simple vista. Pero si llegamos hsta allá descubriremos que bajo ese manto forestal se esconden fincas cafetaleras que datan de mediados del siglo XIX. Igual en la reserva de Bosawás, que contiene la masa boscosa compacta más grande del país -y de Centroamérica-, que ha estado habitada por los indígenas mayangnas y mískitos durante siglos. Y los indígenas han dejado sus huellas en el ecosistema, cazando, pescando y practicando una agricultura de roza y quema. Ante estas realidades, el desafío es lograr una convivencia pacífica entre la gente y los ecosistemas ricos en diversidad natural que todavía poseemos.


ÁREAS PROTEGIDAS EN NICARAGUA



Elaborado en base a archivos del Ministerio Agrícola y Forestal.

Mosaicos de bosques y cultivos: con equilibrio y sin equilibrio

En el Centro y el Pacífico de Nicaragua las manchas de bosque que quedan son mucho más pequeñas que las del Norte y el Atlántico y están muy mezcladas con áreas agrícolas y ganaderas, formando un mosaico de pequeños parches de verde oscuro forestal que se mezclan con grandes parches de tonos pardos, las tierras agrícolas y los pastizales. En ciertas zonas, el mosaico del paisaje está bastante equilibrado. La agricultura y la ganadería no han desplazado totalmente al bosque, sino que conviven y se combinan con él. Un buen ejemplo de mosaico de vegetación es el paisaje de la zona sur de Masaya, rumbo a Catarina, Niquinohomo, Masatepe y demás pueblos de la meseta cafetalera de Carazo. Al andar por los caminos de esta región se observan pequeñas parcelas agrícolas rodeadas de árboles frutales, pequeños rodales de árboles maderables, platanales, cafetales y toda una variedad de cultivos permanentes. Es una zona donde los seres humanos han encontrado maneras de convivir armoniosamente con la Naturaleza, sacando provecho de ella pero sin destruirla.

Si nos movemos hacia el Occidente del país el mosaico deja de ser equilibrado. El contraste entre las inmensas planicies que se dedicaron al algodón en León y Chinandega, casi totalmente descubiertas de árboles, y los remanentes de bosque que todavía quedan en las tierras más altas de las faldas de la cordillera volcánica, es brutal. En lugar de un mosaico donde el bosque salpica el paisaje agropecuario, lo que encontramos en esta extensa región del país son fronteras tajantes: una mitad de mundo donde sólo vemos maíz y pasto, y otra mitad de mundo donde el bosque se refugia acorralado por el avance de la frontera agrícola. Desde la década de los 50, cuando estalló el boom algodonero, los chinandeganos se comieron el bosque de las planicies, obsesionados por beneficios económicos que el tiempo demostró eran efímeros. Hoy, cuando los precios internacionales del algodón han caído y la época del "oro blanco" pertenece a la historia, algunos pequeños campesinos de la zona intentan reconstruir poco a poco el mosaico de bosques y cultivos en sus tierras, añorando los tiempos en que Chinandega era conocida como "la ciudad de las naranjas".

En los parques del papel: la victoria del camarón

Ante la fuerza arrolladora del dinero y del poder, las normas y medidas gubernamentales de protección de las reservas son como hojas que se lleva el viento. La incapacidad del Estado para brindar un cuido efectivo a las áreas protegidas ha hecho que las reservas sean conocidas como parques de papel, áreas que sólo son protegidas en el papel del decreto o ley que las creó, pero que no tienen ninguna protección verificable en la realidad. A principios de los 80, el río Estero Real, incluyendo sus afluentes y márgenes llenos de lagunas naturales, fue declarado área protegida con el objeto de salvar los bosques de manglares y toda la fauna que en ellos vivía.

Diez años después, a mediados de los 90, comenzaron a instalarse en este lugar granjas camaroneras que talaban los manglares y los sustituían por piscinas artificiales donde se sembraban y criaban los camarones. Actualmente, la mitad del área protegida ha sido entregada en concesiones a granjas camaroneras que explotarán los recursos del Estero Real por períodos de por lo menos 20 años. La mitad de los bosques de manglares ya han sido eliminados y ya han desaparecido las lagunas naturales donde el camarón se criaba naturalmente. ¿Dónde quedó la protección? El camarón es una industria floreciente y representa un rubro de exportación importante y los intereses económicos pasan por encima de cualquier decreto de protección ambiental. El papel del decreto ha sido reciclado para usos menos ecológicos.

De corrupciones y mordidas

La corrupción en torno al manejo de las áreas protegidas funciona en grande y en chiquito. Es más escandalosa cuando se destapa alguna concesión de explotación de recursos naturales a empresas de gran capital, como las camaroneras del Estero Real o la empresa maderera SOLCARSA, a la que se le dio luz verde para extraer maderas preciosas en Bosawás. Pero también existe un tipo de corrupción más subrepticia, protagonizada por los trabajadores-hormiga que se encargan de vigilar las reservas. El mismo sistema de mordidas que se ha institucionalizado en la policía de tránsito está permeando otras áreas del servicio público, particularmente la administración de los pocos parques naturales que todavía reciben visitas de turistas extranjeros y público nacional.

Quien visita el Parque Nacional Volcán Masaya o la Reserva Natural La Flor al sur de Rivas debe prepararse para una "mordidita". Además de pagar el boleto de entrada al parque -que debería incluir todos los servicios de la visita- siempre habrá un oficial del ejército o un guía del parque, -cuyos salarios de planta son irrisorios o inexistentes- listo para insinuarle que necesitan alguna ayuda para mal sobrevivir. En La Flor, el tríptico informativo que explica la importancia de esta hermosa playa donde, entre agosto y noviembre, ponen sus huevos las tortugas paslama, se vende aparte. Cada uno de los servicios de la visita al parque se concibe por separado y debe pagarse. Al final de la visita, el visitante se va maravillado con la belleza de la playa y el espectáculo del desove de las tortugas, pero sale con la extraña sensación de haber sido mordido por todos lados, y no precisamente por los cangrejos.

Si el Estado, limitado en presupuesto y recursos humanos, no puede por sí solo proteger los parques de papel, ¿quién puede hacerlo? La única forma viable es que el Estado o las entidades privadas que decidieran administrar las áreas protegidas busquen alianzas con quienes podrían sacar un provecho económico de los recursos de las reservas. Ya se han comenzado a hacer esfuerzos en este sentido. La Fundación Cocibolca, encargada de administrar la reserva La Flor, está tratando de involucrar a las familias campesinas de los alrededores en el cuido de la playa y de las tortugas que llegan a desovar. Uno de los medios de subsistencia de estos campesinos es precisamente la venta de los huevos de tortuga. Entendiendo que es muy difícil evitar que los campesinos extraigan huevos, la Fundación ha diseñado un sistema de racionamiento: se asigna una cuota de 10 docenas de huevos por familia. Al mismo tiempo, busca que los campesinos cuiden la reserva para que personas de fuera de la comunidad no entren a robar huevos. En medio de todas las dificultades y las imperfecciones del sistema, la iniciativa es interesante porque trata de sumar a la gente del lugar a la protección de un recurso natural que el país debe conservar y del que ellos dependen para sobrevivir.

La sociodiversidad también cuenta

Cuando se habla de conservar los recursos naturales se da mucha importancia a la diversidad biológica o biodiversidad, a esa gran variedad y riqueza de plantas y animales que viven en un espacio determinado. Poca atención se presta, sin embargo, a lo que podríamos llamar la sociodiversidad, a la diversidad de actores sociales que dependen económicamente de los recursos naturales de las reservas. Si el Ministerio de Recursos Naturales y del Ambiente (MARENA) y las organizaciones ambientalistas pretenden involucrar a la gente en el manejo de las reservas, es importante conocer quiénes son estos actores sociales, qué interés tienen en el uso de los recursos naturales, y cuáles serían los mejores mecanismos para motivarlos a participar en su conservación.

En la Reserva Natural de los volcanes Chonco, San Cristóbal y Casitas encontramos una gran variedad de actores sociales que poseen tierras forestales dentro de los límites del área protegida. (Mapa pág. 41). Por un lado están los grandes y medianos hacendados cafetaleros, que poseen tierras en las partes más altas de las faldas de los volcanes. La mayor parte del bosque maduro que todavía existe dentro de esta reserva se encuentra dentro de sus fincas. Estos productores se preocupan por conservar el bosque porque los árboles le brindan al café la sombra y el clima fresco que necesita. Algunos de ellos hasta pagan cuidadores para que vigilen la finca e impidan que personas de fuera se metan a robar leña, madera, plátanos y frutas. De esta manera protegen el bosque indirectamente. Así, los cafetaleros son excelentes aliados para cualquier estrategia de conservación.

Por otro lado, muchas familias campesinas poseen pequeñas parcelas agrícolas al pie de las faldas del San Cristóbal y el Chonco. La mayoría tienen muy poco bosque en sus tierras, aunque algunas también poseen tierras forestales en las tierras más altas de las faldas. Una comunidad campesina en particular, El Pellizco, se está encargando de cuidar unas 300 manzanas de bosque en las partes altas del San Cristóbal. Se trata de un parche de bosque en tierras nacionales sin dueño específico, donde el gobierno municipal de Chichigalpa y la comunidad campesina han aunado esfuerzos para protegerla.

A cambio, se permite a las familias campesinas extraer de allí la leña que necesitan para cocinar y la madera que ocupan para reparar sus casas. Experiencias como la de El Pellizco podrían replicarse involucrando a otras comunidades campesinas que viven al pie de la reserva. Los campesinos aprovecharían el bosque más cercano a su comunidad y lo cuidarían.

Alianzas variadas, también con turistas

El MARENA podría aliarse con cafetaleros, campesinos y gobiernos municipales -como sucede en Chichigalpa- para promover juntos la conservación de los bosques en esta reserva. Los cafetaleros siempre se quejan de que el MARENA no les permite extraer leña y madera de sus fincas. En vez de prohibir, las autoridades nacionales y locales podrían involucrar a los cafetaleros en el diseño y la implementación de planes de manejo que les permitan explotar sus bosques para obtener madera, leña y otros bienes, a la vez que aseguran las prácticas de manejo necesarias para que nazcan nuevos árboles, planes que podrían ser elaborados con la participación de los cafetaleros. En el caso de los pequeños campesinos, el MARENA y la Alcaldía de Chichigalpa podrían firmar un acuerdo que permita a los campesinos de comunidades como El Pellizco contar con un instrumento legal para reclamar derechos de usufructo sobre los bosques que están protegiendo.

Existen otros actores interesados en la conservación del bosque que no pertenecen al mundo local de los productores que viven en las inmediaciones de las reservas. Se trata de personas de la ciudad o de turistas extranjeros que quieren disfrutar de un encuentro con la Naturaleza, alejándose del estrés de la vida urbana para gozar de la sensación de libertad que da la playa, el bosque o la cima de un volcán. Las alcaldías de Chichigalpa y Chinandega están pensando cómo atraer visitantes a las faldas del volcán San Cristóbal. Una posible ruta turística en esta zona sería: visita al bosque que se encuentra en la antigua hacienda Las Brisas -hoy administrado por el gobierno local de Chichigalpa- para conocer la riqueza de especies arbóreas de la región, seguida de una subida a caballo hasta la "mancuerna" o punto de unión entre el San Cristóbal y el Casitas. Una ruta alternativa sería subir a la mancuerna entre el San Cristóbal y el Chonco para después visitar la hacienda cafetalera Las Rojas, donde el bosque convive armoniosamente con el cafetal. El turista más atrevido podría optar por una caminata hasta la propia cima del San Cristóbal, acompañado por Don Chente, un campesino de la comarca La Bolsa que colabora con los vulcanólogos que estudian el San Cristóbal y sube con frecuencia a la cresta de su cono. Todos éstos son proyectos que andan flotando como sueños en la cabeza de los funcionarios de las alcaldías, y que valdría la pena se hicieran realidad.


DUEÑOS DE BOSQUE
EN LA RESERVA NATURAL CHONCO-SAN CRISTÓBAL-CASITAS





Seres humanos: ¿enemigos de la Naturaleza?Siempre que se habla de la destrucción ecológica se señala a los seres humanos como los principales depredadores. El avance de la frontera agrícola y ganadera ha barrido con los bosques del Centro de Nicaragua y ya está listo para limpiar el manto forestal que todavía cubre grandes extensiones de la vertiente atlántica. La extracción de leña para alimentar los fogones de las cocinas de las familias que viven en el Pacífico ha conducido a la sobrexplotación y casi agotamiento de ciertas especies, preferidas por sus cualidades combustibles, como el quebracho. Las granjas camaroneras han devastado los bosques de manglares de la cuenca del Estero Real. La deforestación causada por el desarrollo ganadero en el lado costarricense de la cuenca del río San Juan ha provocado el arrastre de sedimentos que se acumulan en el lecho de este caudal y reducen paulatinamente su anchura.

La lista de daños ecológicos causados por la mano humana es interminable, prosigue y puede continuar. Pero, ¿los seres humanos tienen que ser siempre enemigos de la naturaleza? No tiene que ser siempre así. También encontramos casos en que la mano humana, en vez de destruir la riqueza natural, ha contribuido a enriquecer el acervo de especies de los ecosistemas. El manejo que se da a ciertos cafetales es el más conocido de los ejemplos. Incluso, hay que tener en cuenta que, en ciertas condiciones ecológicas, una conservación del bosque "en estado puro" hace que el ecosistema se envejezca y sólo las especies de árboles más aptas para tolerar la sombra de los otros árboles logren sobrevivir. Es lo que ocurre en las manchas de bosque más viejas del volcán Chonco, donde los árboles de ojoche dominan el rodal sin dar oportunidad a otras especies. En los cafetales, la mano humana, la de los productores, ha eliminado parcialmente los ojoches, abriendo así claros en el bosque donde han podido nacer el cedro, el roble, el cortés, el guanacaste y un sinnúmero de especies. La intervención humana puede enriquecer el bosque en vez de deteriorarlo.

Entre el co-manejo y la privatización

La necesidad de involucrar a la sociedad civil en el manejo de las áreas protegidas es cada vez más evidente y urgente. En el Taller Nacional sobre el Manejo de Áreas Protegidas celebrado en marzo de 2000, el MARENA, ONGs ambientalistas como FUNCOD y la AID de Estados Unidos discutieron la posibilidad de que las áreas protegidas sean administradas por fundaciones privadas, bajo el marco regulatorio definido por las leyes y el MARENA. Es la fórmula que se conoce como co-manejo, lo que significa una administración conjunta de las reservas con la participación del Estado y de la iniciativa privada.

Este esquema abriría las puertas para que fundaciones ambientalistas y empresas turísticas sean las que administren los parques nacionales. No es difícil imaginar un futuro cercano en que el boleto de entrada al Parque Nacional Volcán Masaya lo cobre un empleado de una fundación particular y no los funcionarios del MARENA. De hecho, ya existe una experiencia de co-manejo con la Fundación Cocibolca, encargada de administrar las áreas protegidas del volcán Mombacho y la playa La Flor. La Fundación ha organizado un recorrido alrededor del cráter del volcán, con explicaciones sobre las especies que se encuentran en el bosque nuboso y el "bosque enano" del lugar. Los guías del parque son jóvenes campesinos de los alrededores que han sido entrenados para recibir a los visitantes. De esta manera, se involucra a la población local en el manejo de las reservas. Otra experiencia en la misma línea es la inauguración de la reserva privada Domitila, ubicada en la orilla del lago Cocibolca, frente al Parque Nacional Isla Zapatera. Esta pequeña reserva alberga 300 hectáreas de bosque tropical seco, y su administración es responsabilidad de la familia propietaria. El MARENA sólo fija las normas generales para su manejo, siguiendo los criterios del Reglamento General de Áreas Protegidas (Decreto 14-99, año 1999), donde por primera vez se crea la figura jurídica de las reservas privadas.

Aunque los esquemas de co-manejo abren una importante oportunidad para la participación ciudadana en el manejo de las reservas, a largo plazo el peligro de la paulatina privatización del sistema de áreas protegidas es que el Estado se olvide de su función regulatoria y de control, dejando en manos privadas todo el poder de decisión. Así, el disfrute de la Naturaleza podría volverse, con el tiempo, un privilegio de quienes pueden pagar por el acceso a una reserva privada.


Mucho ya ha sido privatizado

En Nicaragua está ocurriendo una acelerada privatización espontánea de los sitios turísticos. Playas como Las Peñitas, al costado de la conocida playa de Poneloya en León, son ya completamente privadas. La gente de dinero ha construido sus casas a lo largo de toda la playa bloqueando cualquier acceso al mar. No se puede llegar hasta la playa a menos que uno brinque cercos y tapias de una de estas casas privadas. El único camino de acceso está donde comienza la playa y luego sigue un par de kilómetros de casas privadas pegaditas unas con otras, sin dejar una hendija para que los pobres mortales puedan llegar al mar. El mismo fenómeno ocurre en la Laguna de Apoyo, cuya costa está plagada de casas particulares. Al tres veces ex-ministro José Antonio Alvarado no le bastó con tener una casa a orillas de la laguna, sino que quiso construir un muro que se adentraba más de tres metros dentro del agua y aunque el MARENA le obligó a derribar el muro, la casa quedó con una muralla que impide el paso de la gente a través de su propiedad y que él denominó cínicamente "terraza ecológica". Otros políticos de ayer y de hoy, como Mónica Baltodano y Martha McCoy también han construido casas en Apoyo.

El caso más escandaloso se da en las Isletas de Granada, sobre el Gran Lago Cocibolca, donde cada islote ya tiene su dueño, y donde cada dueño se ha construido una suntuosa casa. El encanto natural de las isletas ha sido sustituido por el lujo de muros artificiales, casas de colores pastel y antenas de radio y televisión. Además de los extranjeros adinerados que han pagado precios de saldo por alguna isleta, figuran entre los dueños de las islas políticos de los últimos gobiernos: José Marenco Cardenal, Ministro de Gobernación; Roberto Rivas, Presidente del Consejo Supremo Electoral; René Marín, embajador de Nicaragua en Perú; Duilio Baltodano, Procurador de Justicia en tiempos de Doña Violeta; y naturalmente Arnoldo Alemán y su familia. Gran paradoja: la clase política puede comprarse un islote privado, pero el Estado no puede garantizar un solo rincón público para disfrute del resto de los mortales.

Turismo: propuestas electorales

En su propuesta para fomentar la inversión en turismo, el candidato presidencial del PLC, Enrique Bolaños, plantea facilitar la llegada de cruceros a Corinto y San Juan del Sur, e instalar grandes cadenas internacionales de hoteles y resorts en todas las playas del Pacífico, con la meta de convertir playas todavía modestas, como El Velero o Pochomil, en lujosos centros al estilo Montelimar. En este diseño, los protagonistas de la inversión turística son siempre grandes empresas que desarrollan obras monumentales, mientras el Estado será, en el mejor de los casos, un mero facilitador de este tipo de inversiones. Por una vez y en este punto, cabe desear que la promesa electoral no se cumpla. El Estado debe conservar su papel de regulador y protector de espacios públicos para un turismo más equilibrado donde no exista una división entre los turistas extranjeros con dinero y los visitantes nacionales que no podrán saltar el muro que los separa de las playas. Los candidatos del FSLN y del Partido Conservador no han hablado nada todavía de este tema, aunque, por las señales, llegada la hora de gobernar probablemente tampoco tendrían la capacidad de desarrollar un Estado con un papel inteligente y beligerante en el manejo de los recursos naturales.

Lo que no conocemos y apenas sospechamos

La Naturaleza encierra misterios que apenas sospechamos. Por eso estamos tan interesados en conservarla, para aprender. Sin embargo, las modas de la conservación, enturbian a veces nuestra capacidad de conocimiento con datos y términos que flotan en el aire teórico sin ningún asidero concreto. Un término de moda importado, -como es usual, de los Estados Unidos- es el de los corredores ecológicos. Un corredor ecológico se define como una franja que conecta diferentes reservas y permite el flujo de especies entre ellas. Se dice que las áreas protegidas de Centroamérica -parches boscosos desde Guatemala a Panamá- forman el Corredor Biológico Mesoamericano, conocido antes como El Paseo de la Pantera, ya que se suponía que mamíferos de gran tamaño -panteras y monos- utilizaban este corredor para desplazarse libremente. A pesar de este bautizo, no hay estudios serios que prueben que estos animales utilicen realmente el corredor. Una prueba de que el corredor existe como concepto y como hipótesis, pero no sabemos cómo funciona en la realidad.

Otro ejemplo en que usamos el membrete científico para ocultar nuestra falta de conocimientos es el cálculo de la deforestación anual en Nicaragua, tal como nos lo han vendido desde principios de los 80. Se acostumbra afirmar que en Nicaragua se pierden entre 100 mil y 150 mil hectáreas de bosque al año. Son cifras basadas en estimaciones hechas hace tres décadas y que nadie ha actualizado midiendo lo que se deforestó en los 80 y en los 90. Tampoco se ha calculado cuánto bosque se ha recuperado en las tierras ganaderas que quedaron abandonadas en la región central durante la guerra de los 80. Realmente, no tenemos hoy un balance neto de la deforestación: un saldo entre el bosque que se ha recuperado (cuenta positiva) y el bosque que se ha talado (cuenta negativa). La información acerca de la deforestación se maneja con un sentido fundamentalmente político, buscando dar un grito de alarma en nombre de nuestros bosques.

Desde el punto de vista científico, la estimación más exacta que podemos hacer es la que escuchamos a un experto: ¡Hemos perdido un cachimbo de bosque en los últimos años!
El vacío de conocimientos ecológicos que existe en Nicaragua también influye en la manera cómo se desarrollan los programas que apuntan a recuperar nuestra riqueza natural. Tomemos el ejemplo de los proyectos de reforestación. En Nicaragua y en los países centroamericanos se ha promovido la reforestación con unas pocas especies de árboles, muchos de ellos importados: leucaena, madero negro, teca, pochote, eucalipto y otros. Estas especies han sido sembradas en plantaciones homogéneas de una sola especie, alineando todos los árboles como soldaditos agrupados en un pelotón militar. Mientras uniformamos los bosques, hemos prestado poca atención a numerosas especies de árboles nativos: ñámbar, cedro, guapinol, mora, chocuabo, tololo, genízaro y muchos otros, que también tienen un potencial interesante para la reforestación. El error está en el conocimiento, o en la falta del mismo: conocer la "sicología" de cada árbol permitiría poderlos plantar en combinaciones de varias especies que formen un rodal más semejante a un bosque natural, que es siempre "una sociedad pluralista", que no es nunca "una sociedad militarizada".

Una riqueza engavetada

La diversidad biológica es como un tesoro encerrado en una gaveta para la que no tenemos llave. La única manera de desengavetar esta riqueza es estudiando la ecología de las especies y descubriendo los diversos usos que podemos darles. En Nicaragua por ejemplo, la industria maderera aprovecha un número muy limitado de las especies que tienen un potencial maderable, concentrándose en la explotación del pino, el cedro real, el laurel, el guanacaste, el coyote y alguna más. Los esfuerzos del extinto laboratorio de la madera del MARENA -financiado por la cooperación sueca en los años 80- destinados a promover el uso de maderas alternativas, ha dado pocos frutos. Los constructores y productores de muebles siguen utilizando las maderas tradicionales, y sólo algunos, forzados por la escasez, comienzan a probar poco a poco otras maderas.

Paradójicamente, cuanto más utilicemos los recursos naturales, más nos preocuparemos por conservarlos. Si sabemos que sólo unas cuantas especies de árboles tienen valor maderable, todas las otras especies nos parecerán superfluas y no tendremos ningún reparo en eliminarlas. Pero si cada planta de nuestro jardín tiene un valor -medicinal, estético, maderable o de cualquier otra índole- nos preocuparemos por cuidar la mayor cantidad de variedades posibles.

Con un poco de suerte e ingenio, la biodiversidad puede caminar de la mano con la sociodiversidad. La gente puede participar en el cuido de las áreas protegidas y los seres humanos pueden enriquecer al resto de los seres vivos, animales y vegetales, con su presencia y su trabajo. La gente puede también, como hormigas bien coordinadas, ir imponiendo su criterio sobre el manejo cuidadoso de la Naturaleza a los políticos, que han dado la espalda a un tema tan crucial.

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