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Universidad Centroamericana - UCA  
  Número 157 | Marzo 1995

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Nicaragua

El Nemagón en el banquillo: acusan los bananeros

¿Es posible producir banano orgánico? Hasta ahora, el banano que se ha producido en las bananderas de la Standard Fruit, rocidas abundantemente con Nemagón sólo ha traido miseria y graves enfermedades a los trabajadores.

Raquel Fernández

En la corte del distrito judicial 212 del condado de Galveston, Texas, Estados Unidos, se sigue una causa que está impresionando a la justicia estadounidense por la magnitud y gravedad de las acusaciones. Más de 16 mil trabajadores de las plantaciones bananeras de Asia, Africa y América Latina acusan a la Shell Oil Company, a la Dow Chemical Company y a la Occidental Corporation y a otras corporaciones por haberles producido daños irreversibles en su salud al exponerlos en su trabajo a la sustancia química DBCP o Nemagón.

De los miles de afectados por el DBCP, varios centenares son nicaragüenses. Es difícil establecer con precisión su número, pues los efectos pueden tardar años en aparecer y cada mes se conocen nuevos casos. Cuando en 1993 en el mundo se habían contabilizado 16 mil 398 afectados, en Nicaragua había 195. Actualmente, las investigaciones y análisis en Nicaragua hablan de más de 800 afectados y la cifra crece. Entre otras cosas, porque los demandantes son sólo los afectados y no las afectadas. Hasta ahora, a las mujeres no se las contaba porque, oficialmente en las bananeras trabajan sólo hombres.

Pecado original: su peligrosa toxicidad

Nemagón es el nombre comercial del DBCP o 1.2-dibromo-3-chloropropane, un nematicida cuya toxicidad es bien conocida por sus fabricantes, aunque nunca informaron a quienes lo aplicaban de los peligros que corrían. La agricultura mundial necesitaba de algún producto que pusiese bajo control a los nemátodos, pequeños gusanos que parasitan en las raíces de los vegetales y arrasan los cultivos y cuya repentina multiplicación ha llegado hasta a cambiar en algunos momentos el curso de la historia. Dos compañías estadounidenses, la Shell y la Dow, iniciaron por separado las investigaciones y en la década de los 50 tuvieron listo el DBCP, que llegó al mercado con el nombre de Nemagón. Antes de ponerlo a la venta, y por llenar el expediente, la Shell se vio obligada a realizar algunas pruebas de toxicidad en laboratorio.

Los ratones de los experimentos fueron expuestos a diferentes dosis: 5 unidades de tóxico por millón, 10 por millón y 20 por millón. Los ratones sometidos a 5 unidades crecieron más despacio, tuvieron daños en diferentes órganos y sus testículos quedaron más pequeños. En el segundo grupo, los ratones que sobrevivieron desarrollaron los testículos hasta la mitad de su tamaño normal. Los del tercer grupo resultaron todos estériles y, según un informe interno de la Dow fechado en 1958, "podían esperarse efectos en el hígado, los pulmones y los riñones". En 1961, otro informe interno de la Shell recomendó mantener las concentraciones del preparado por debajo de una unidad por millón y el uso de ropa impermeable protectora si había la posibilidad de que hubiese contacto con la piel, pues el producto podía tener consecuencias indeseables en la reproducción humana. Pero un alto funcionario de la transnacional, cuyo nombre se conserva para la historia, Louis Lykken, tras señalar que la indicación era impráctica, ordenó secamente al autor de las orientaciones: "Elimine toda especulación sobre posibles efectos dañinos en el hombre. Esto no es un tratado sobre seguridad en el uso".

De las Banana Republics al mundo

El Nemagón se comercializó. Al principio poco a poco, hasta que en 1969, la Standard Fruit Company empezó a utilizarlo masivamente en sus plantaciones bananeras de Centroamérica. Nadie dijo nada sobre la toxicidad del producto. Ni siquiera se hacía una llamada de atención a los obreros analfabetos. Nada.

Desde Centroamérica el químico saltó al resto del Tercer Mundo. Donde había una bananera de la Standard Fruit, había Nemagón almacenado, utilizado, lloviendo finamente sobre los trabajadores desde las torres de aspersión, saltando a la cara del operario al tropezar con piedras o raíces, cercano a las viviendas donde se alojan las familias campesinas, contaminando ríos y arroyos, impregnándolo todo.

El Nemagón se utiliza de diferentes formas. Una, muy frecuente, consiste en introducirlo directamente en el suelo, lo más cerca posible de las raíces, con una especie de enorme jeringa. Este sistema es muy eficaz y muy económico, porque casi no se pierde nada, pero tiene un inconveniente: si el chorro de nematicida choca con algún obstáculo raíces enmarañadas, piedras , lo que es muy frecuente, salta en cualquier dirección salpicando al operario, que muchas veces no utiliza ropa protectora para su trabajo. Ni siquiera utiliza ropa: se adentra en plantaciones que rezuman tóxicos llevando encima los restos de un pantalón viejo y sólo a veces una camisa con muchos agujeros. Pero aunque el operario utilizase ropa adecuada, no se salvaría de la agresión del nematicida, porque éste penetra no sólo por la piel sino por las vías respiratorias, causando los mismos estragos.

El Nemagón también se usa añadiéndolo al agua de riego que sale por las torres de aspersión. Un obrero explica que el producto se aplica así cuando el suelo está seco y no sopla viento. Con estas dos condiciones se riega la plantación con agua durante media hora, otra media hora con el preparado de Negamón y otra hora con agua sola para garantizar la penetración "Pero vea dice , cuando aplicábamos así el Nemagón, el olor se sentía hasta a dos leguas de distancia (unos 11 kilómetros)".

Mientras se aplica el pesticida por este procedimiento, no siempre hay trabajadores en la plantación, porque el riego dificulta las actividades. Suele hacerse al final de la tarde para que las raíces se impregnen durante toda la noche. Pero muy temprano, decenas de trabajadores, semidesnudos y descalzos, entran de nuevo a las bananeras y cuando el sol sale y calienta la tierra, convierte las fincas en ollas de vapor venenoso donde los obreros se van cocinando a muerte lenta. Y así durante años. Las hojas del banano, anchas, largas y entrecruzadas forman un techo casi impenetrable a la ventilación. Esto ocurre en las bananeras de Filipinas en Asia, en las de Burkina Fasso y Costa de Marfil en Africa, en Centroamérica, en América Latina y el Caribe, donde se construyeron infiernos de los que nadie desconfiaba porque venían del "paraíso" estadounidense.

Venderle el alma al diablo

En todo el mundo el trabajo en las bananeras es muy duro. Las fincas bananeras se caracterizan por unas relaciones laborales prácticamente de esclavitud. Las jornadas de trabajo son agotadoras, de hasta 16 horas diarias. La alimentación, si corre por cuenta del patrón, es mala y escasa y si depende del trabajador no puede ser buena ni abundante porque los salarios raramente llegan a los 2 dólares por día trabajado.

Para no perder tiempo, es frecuente que los trabajadores vivan en pequeños poblados junto a las fincas, en terrenos del patrón, en chocitas del patrón. Se considera que el derecho a la subsistencia en esas chozas es parte del salario del trabajador. Si hay agua, está contaminada con pesticidas. Si hay luz, sólo sirve para apreciar mejor lo negra que es la noche. No tienen sistema de drenaje sanitario ni hay letrinas suficientes. ¿Por qué en todo el mundo el cultivo del banano se desarrolla en condiciones tan espantosas? La respuesta está en el origen del "negocio", en los procedimientos implementados tradicionalmente por las transnacionales del banano para establecerse en un país.

Cuando se habla de las fincas de la Standard Fruit se comete un error. La Standard Fruit no es dueña de un palmo de tierra en todo el mundo. La Standard Fruit no compra tierras, sino conciencias, que es más barato y rentable. Cuando la Standard encuentra tierras aptas para el banano, hace un préstamo al propietario para que empiece a producir. Si el propietario se resiste, busca otro que sí esté dispuesto a colaborar y le da una "ayudadita". En cualquiera de las dos alternativas el propietario deja de serlo en cuanto acepta el préstamo que es tanto como venderle el alma al diablo , porque a partir de ese momento, no podrá decidir nada sobre su finca: ni cuándo ni cuánto, ni qué ni dónde sembrar, ni qué tratamiento dar o no dar a los cultivos. Todo viene ordenado y mandado por la Standard.

Pero los propietarios no están en capacidad de devolver golpe por golpe, así que se guardan lo que reciben y las pérdidas las pasan a los obreros agrícolas en forma de míseros salarios. Les conviene mantener un régimen de esclavitud: si los trabajadores tuviesen un poco de respiro comprenderían que las complejas tareas que desempeñan en las fincas son altamente especializadas y demandarían mejores salarios, con lo que el precio del banano se dispararía y se terminaría el negocio. En lo esencial, esta situación se repite desde Filipinas al Ecuador, pasando por Africa.

Alerta: el Nemagón produce cáncer

El Nemagón se regaba por las fincas bananeras de todo el mundo llevando prosperidad a la Standard y a unos cuantos terratenientes y miseria a miles de trabajadores. En 1975, la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos determinó que el DBCP era un posible agente cancerígeno. Se realizaron análisis en los 114 empleados que fabricaban el Nemagón en la planta química de California y se demostró que 35 de ellos habían quedado estériles. La Agencia de Protección Ambiental prohibió el uso del producto en todo el territorio de los Estados Unidos, excepto en el lejano Hawai, en donde se exigieron muchas medidas de seguridad.

Pero la Agencia no prohibió la exportación de Nemagón a otros países. Las dos empresas fabricantes tenían en almacén cantidades importantes. La Dow Chemical consideró más oportuno suspender la fabricación hasta conocer el dictamen definitivo de la Agencia de Protección Ambiental y así se lo hizo saber a la Standard Fruit. "Si detienen el envío de nuestros pedidos firmes, lo veremos como un incumplimiento de contrato", amenazó la transnacional. Finalmente, la Dow se dejó convencer cuando la Standard se comprometió a indemnizarla si surgían demandas por daños causados por el Nemagón.

El Nemagón se utilizó en las bananeras de Nicaragua hasta 1985. Un día dejó de usarse, pero no hubo explicaciones. Para entonces, ya eran muchas las parejas en conflicto: el tóxico causaba esterilidad en los hombres. En septiembre de 1992 Alvaro Ramírez, Presidente de la Asociación Nicaragüense de Juristas Democráticos, fue invitado a San José, Costa Rica, para participar en el primer Seminario sobre Servicios Legales Populares, Derechos Humanos y Administración de Justicia, donde conoció de la demanda que los trabajadores costarricenses del banano habían entablado contra la Standard por daños y perjuicios sufridos por el tóxico. A su regreso a Nicaragua, Ramírez puso la Asociación de Juristas al servicio de esta justa causa e inicio contactos con la Federación del Banano de la Asociación de Trabajadores del Campo (ATC). Asimismo, se establecieron relaciones con bufetes de abogados de los Estados Unidos para entablar la demanda. Esta es la primera vez que trabajadores extranjeros hacen un reclamo de estas características en los Estados Unidos, lo que ha generado gran expectación entre juristas de todo el mundo.

Son cuatro las irregularidades cometidas por la Shell con el Nemagón, una vez que este producto fue prohibido en los Estados Unidos: producirlo, transportarlo, comercializarlo y aplicarlo. Para desarrollar cada una de estas tareas, la transnacional tenía cuatro filiales. Actualmente están demandadas las cuatro.

¿En cuánto indemnizar a estos hombres?

Pero no fue fácil demandar a la Shell. La poderosa transnacional se debatió como serpiente atrapada. Primero, intentó que la demanda se llevase a cabo en cada uno de los países afectados y no en los Estados Unidos, donde el peso de tantos trabajadores demandando desde tantos países, llamaría seguramente la atención de los medios de comunicación y afectaría la imagen de la empresa. Además, esperaban poder reducir sustancialmente las indemnizaciones si el juicio era en los países afectados. Pero los jueces estadounidenses llegaron a la conclusión de que el "foro más conveniente" ámbito que más favorece al demandante para juzgar del caso eran los Estados Unidos.

Cuando se definió esto, la táctica cambió. Representantes de la Shell ofrecieron a cada uno de los demandantes cantidades que empezaron siendo de 10 mil dólares y que fueron subiendo hasta los 20 mil, para que los trabajadores retirasen la demanda. Las cantidades pueden parecer importantes pensando en trabajadores maltrechos que, en muchos casos, tienen uno o dos años en el desempleo total, pero para los daños causados y para la empresa eran sumas irrisorias. Los trabajadores de las plantas productoras de Nemagón en California que habían sufrido daños recibieron indemnizaciones de hasta un millón de dólares.

A pesar de las dificultades por las que atraviesan, miles de demandantes han resistido las ofertas y sólo unos 20 aceptaron el dinero. En un primer momento, se pensó que las indemnizaciones que se podían solicitar para los afectados del Tercer Mundo tendrían que ser mucho menores que las de los estadounidenses, teniendo en cuenta la diferencia en los niveles de vida, consumo y costumbres, pero tras algunas discusiones, ganó terreno otro criterio: es precisamente la convicción de que las vidas y la salud de los ciudadanos del Tercer Mundo valen menos que las de los estadounidenses lo que hace posible que se produzcan situaciones como la generada por el Nemagón.

Si en 1993, cuando los demandantes eran 16 mil 398 en todo el mundo, se hubiese logrado una indemnización promedio para cada uno de 300 mil dólares cantidad adecuada, aunque algo conservadora a juicio de expertos la Shell hubiera tenido que desembolsar unos 5 mil millones de dólares. Desde entonces, el número de los demandantes se ha multiplicado. Y es que los efectos dañinos no aparecen inmediatamente, se van manifestando a lo largo de los años. Personas que hace tres o cuatro años se sentían mal, pero no sabían a qué atribuirlo, ahora ya lo saben y buscan al culpable y exigen una indemnización por sufrir de esterilidad, dolores testiculares, abdominales y oculares y un elevado riesgo de terminar muriendo de cáncer. Males físicos que tienen hondas repercusiones sicológicas y sociales.

Quizá los estadounidenses no pueden imaginar lo que la capacidad de engendrar significa en los países pobres. Hombres pobres, sin capacidad económica para casi nada, tienen el poder de generar vida en las entrañas de una mujer y eso los convierte en personas respetables y respetadas en la comunidad. La capacidad de engendrar vida es muy valorada socialmente y la incapacidad de hacerlo origina un sinfín de problemas sicológicos y sociales. Es ese único poder el que les arrebató la Shell.

¿Y a estas mujeres?

Oficialmente, las mujeres no van a la plantación, porque allí se realizan trabajos que no son apropiados para ellas. Sólo trabajan en el área de empacado, acomodando los bananos en las cajas que viajan en barco hacia los fríos países del Norte. No es un trabajo fácil ni falto de riesgos. Las trabajadoras manipulan sin protección los frutos rociados de tóxicos, los lavan. Mientras, su piel absorbe los químicos y sus pulmones respiran un aire envenenado. Son jornadas en las que se preparan diez mil y más cajas cada día, según los pedidos.

Los salarios son mínimos y una jornada agotadora en el área de empacado no garantiza ni la comida. Y como no siempre hay embarques, es necesario conseguir dinero en otras actividades. Esto lleva a las mujeres a entrar resueltamente a trabajar en "la chácara", la plantación de bananos. A veces trabajan en la chácara a continuación de trabajar en las empacadoras. A veces, es éste el único trabajo que hacen las mujeres. En los primeros tiempos de las bananeras en Nicaragua, eran jornadas enloquecedoras de 96 horas consecutivas. "Nos daban unas pastillas y ahí nos tenían trabajando cuatro días seguidos, sin descansar recuerda Tomasa Varela, que trabajó en las bananeras durante 28 años . Luego nos mandaban dos días a casa y regresábamos para otros cuatro días".

En Nicaragua: tres etapas

Las bananeras llegaron al Occidente de Nicaragua en la década de los 60, poco después que el algodón y casi a las mismas tierras. La mayoría se ubicó en el noroccidente de Chinandega. El banano llegó justo a tiempo para absorber la mano de obra que sobraba del algodón y de la caña, con una ventaja sobre estos dos cultivos: en el banano siempre hay trabajo.

En Nicaragua, los trabajadores de las bananeras han vivido tres etapas. En la primera, las bananeras como en el resto del mundo eran como campos de concentración. La segunda etapa se abre con la revolución. La Standard Fruit se fue de Nicaragua y el gobierno sandinista tratando de conservar el trabajo de los cinco mil obreros del banano y los ingresos tradicionales del rubro consiguió nuevos mercados en Europa para el producto de estas empresas, que pasaron a ser estatales.

Las espantosas condiciones de vida de los trabajadores del banano fueron expuestas por ellos mismos ante el Consejo de Estado en 1980 y el gobierno revolucionario mejoró notablemente la alimentación, que fue gratuita. Pero no eliminó los tóxicos. Cuando la mayoría de los hombres se movilizaron para la guerra, las mujeres tuvieron que asumir prácticamente todas las tareas, aún las más duras.

La tercera etapa comenzó en 1990, con el gobierno Chamorro. La política neoliberal trajo despidos masivos en nombre de la rentabilidad y recortes en los gastos sociales en nombre de la competitividad. Las mujeres fueron las primeras en ser desempleadas, cuando ya habían dejado 15, 20, 25 y más años de su vida en las bananeras y fueron despedidas sin indemnizaciones. El Instituto Nicaragüense de Seguridad Social no las tiene en sus listas de beneficiarios. Y cuando las tiene, las pensiones no llegan ni al equivalente de 40 dólares mensuales. Al igual que los hombres, también ellas están enfermas.

"A nadie le importamos"

"Yo quedé con malestares en la cabeza, luego me salieron en las vías respiratorias", explica Rosita Rubí, que ha trabajado 22 de sus 45 años en las bananeras. "Ahora me dio gastritis y no puedo pagar el tratamiento porque es muy caro. A nadie le importamos". También tuvo problemas en un pecho y se lo tuvieron que cortar. Le repitieron en el otro, se le inflamaron los ganglios, no tuvo dinero para curarse ni para recibir quimioterapia y soportó dolores espantosos sin ningún alivio médico. Pero, aún en medio de su desgracia y su pobreza, como no podía concebir decidió adoptar un niño.

Rosario Núñez, después de trabajar por 22 años en las bananeras, quedó sin trabajo y con una úlcera gástrica. El frasco de una de las medicinas que necesita para su alivio le cuesta el equivalente a 80 dólares. ¿Cómo comprarlo si no tiene ni pensión ni ninguna ayuda? A Mercedes Valladares, de 52 años, de los que ha trabajado 28 en las bananeras, la despidieron con una indemnización de 100 córdobas (12 dólares). En las bananeras abortó dos hijos por causa de los tóxicos. Nidia Quezada, de 45 años, sufre desde hace 7 de unos extraños hongos en las piernas que le producen unas llagas tremendas que se curan muy difícilmente y se agravan en cualquier momento. Como única vía de curación los médicos sólo le ofrecen cortarle las piernas pero ella no se deja. "Me quieren desgraciar más todavía".

Hay trabajadoras que no quieren ni dar su nombre, porque su malestar les da vergüenza. Tienen hongos y quemaduras en sus genitales. Se enfermaron al orinar, agachadas a poca distancia de un suelo impregnado de químicos. Hay mujeres que padecen de sigatoca. Es inimaginable lo que este hongo, plaga de las plantas puede hacer sufrir al ser humano. El hongo les ha penetrado hasta el útero y más adentro aún, anulando su capacidad reproductora y generándoles sufrimientos sin límite a la hora de las ya casi imposibles relaciones con sus esposos, que han buscado otra compañera, añadiéndoles otro motivo más de sufrimiento.

Hacia la muerte, contra la vida

Muchas de estas mujeres no pueden concebir. Las que lo logran, abortan con frecuencia. Y si el embarazo llega a su culminación, el bebé nace con problemas respiratorios agudos o con la piel como quemada o con epilepsia en familias sin antecedentes o en los casos más graves, con malformaciones congénitas monstruosas: bebés con dos cabezas, con un solo ojo, con varias orejas. Cuando estábamos en Chinandega, nació un niño con un tercer brazo en medio de la espalda, con dedos que se movían y que tenían uñas, un bracito perfecto. No se facilitó información a los medios de comunicación porque el niño manifestó buenos signos vitales y parecía relativamente fácil someterlo a una operación quirúrgica que le devolviera la normalidad.

Chinandega es el Departamento de Nicaragua con mayor concentración de agroquímicos por habitante. En Chinandega nace un niño monstruoso por cada 500 nacimientos vivos, lo que es una cifra infinitamente superior a la norma mundial. Si a ellos se añaden las "malformaciones aceptables" como el labio leporino o los seis dedos, la cuenta del horror se multiplica. Y no sólo quienes trabajan directamente en las bananeras reciben el impacto deformador del veneno. También herederos de importantes terratenientes han nacido con malformaciones congénitas. La diferencia es que sus poderosas familias recurren a los avances de la ciencia médica de Estados Unidos o Europa para lograr una dudosa normalidad y los deformes hijos de los pobres no llegan a vivir mucho.

Los pesticidas no sólo destruyen la vida en el nacimiento. También llaman a la muerte. En Chinandega el suicidio ha tomado características de epidemia y ya se conoce que el Nemagón afecta también la mente, provocando inclinaciones suicidas. Hay médicos chinandeganos que sospechan que la presencia de pesticidas en el ambiente, y del Nemagón en particular, destruye el deseo de vivir. El sicólogo Ramiro Pomares está iniciando una investigación multidisciplinaria para probar la veracidad de esta hipótesis. Y para conocer si la tendencia suicida se produce con mayor frecuencia en la segunda generación expuesta al tóxico, como parecen indicar los primeros pasos de su estudio.

En Chinandega se vive el círculo vicioso del Nemagón: una persona toma su porción de tóxico cuando bebe agua "potable" y respira cada día granitos submicroscópicos de tierra impregnada con tóxico. Se baña con agua contaminada de Nemagón para quitarse el Nemagón que se le ha adherido a la piel junto con la tierra infectada de Nemagón y cuando cree ponerse ropa limpia, esa ropa tuvo que ser lavada con agua con Nemagón y cuando se come una fruta la lava con agua contaminada de Nemagón para quitarle el Nemagón que la fruta lleva adherido a su piel.

El pesticida ha aparecido en muestras de cabello de chinandeganos que no trabajan en las bananeras ni en ningún otro cultivo peligroso, sino en oficinas supuestamente alejadas de la contaminación. Al analizar la leche de las mujeres chinandeganas, ésta tiene concentraciones de agroquímicos diez veces por encima de los límites tolerables para la salud humana. El Nemagón es un tóxico de larga permanencia. Pasarán muchos años hasta que sus efectos sean totalmente eliminados. ¿Tendrá la Shell y sus filiales dinero suficiente para pagar una sóla lágrima de las muchas que ha hecho derramar?

¿Y el banano orgánico?

La última y principal pregunta: para producir banano industrialmente, ¿es necesario recurrir a productos tan agresivos contra el ser humano y contra el medio ambiente? Las trabajadoras bananeras y Roberto Ruiz, coordinador de los trabajadores del banano de la ATC en Chinandega aseguran que no. Que es posible cultivar el banano por procedimientos orgánicos, aunque es muy difícil hacerlo en Chinandega, donde la tierra está muy contaminada. De hecho, en Costa Rica ya existen experiencias con bastante éxito. Y en el mundo ya todos saben que crece el mercado de quienes prefieren consumir productos orgánicos. También bananos orgánicos.

En Nicaragua no existen todavía experiencias de producción orgánica de banano industrial. Aunque, de hecho siempre se ha cultivado banano de forma orgánica en los patios de las casas y en las pequeñas parcelas. Es un banano mucho más sabroso. Por las experiencias industriales conocidas hasta ahora, parece que el banano orgánico pierde un poco de su apariencia. Ya no parece una fruta "de oro", su piel tiene menos color. Pero, a cambio, gana en aroma, en sabor y en la salud del que lo come. Las trabajadoras consideran que sería necesario desarrollar una amplia campaña explicativa en los países consumidores para que no rechacen la fruta por su cambio de aspecto.

Los terratenientes no parecen muy interesados en realizar experimentos riesgosos para sus bolsillos. Ni están en capacidad de hacerlo, hipotecados como están con la Standard Fruit, que no encuentra ventajas en los cultivos orgánicos: ¿qué va a hacer con sus gigantescas fábricas de insumos agropecuarios?

Los trabajadores están interesados en probar este camino, pero no tienen financiamiento. De hecho, como todos los cultivos orgánicos, el del banano necesitará también de más mano de obra, pero en un país con desempleo masivo como Nicaragua eso sería una ventaja.

Hoy, enfermos, sin dinero y sin tierra, los trabajadores tienen muy difícil la aventura de ser pioneros en un experimento en el que, sin embargo, hay luz y hay futuro.

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